El debate presidencial del 31 de mayo generó más cuestionamientos que certezas. Aunque los candidatos abordaron temas clave como seguridad, economía, salud y educación, gran parte de sus intervenciones estuvo marcada por ataques y acusaciones mutuas. La ausencia de propuestas detalladas y soluciones concretas dejó a muchos ciudadanos con dudas sobre el rumbo que plantean para el país.
Lic. Jonathan A. Bárcena Carpio. Periodista
El debate presidencial del último 31 de mayo entre Roberto Sánchez y Keiko Fujimori debía representar una oportunidad para que los ciudadanos conocieran con mayor profundidad las propuestas de gobierno de quienes disputan la Presidencia de la República del Perú en la segunda vuelta electoral. Sin embargo, el balance general deja una sensación de insatisfacción: predominó la confrontación política, los ataques personales y las acusaciones cruzadas por encima de la exposición de soluciones concretas a los problemas que afectan al país.
A lo largo de los cuatro bloques temáticos —seguridad ciudadana, fortalecimiento del Estado democrático, educación y salud, y economía y empleo—, ambos candidatos dedicaron una parte importante de sus intervenciones a cuestionar la trayectoria, las alianzas y las responsabilidades políticas de su adversario.
Sánchez acusó a Fujimori de representar a los sectores que controlaron el Congreso y de tener responsabilidad política en la crisis institucional de los últimos años. Por su parte, Fujimori vinculó a Sánchez con figuras cuestionadas de la izquierda radical, como Antauro Humala, y lo responsabilizó de representar un modelo político que, según ella, podría conducir al país hacia escenarios de inestabilidad.
El intercambio de acusaciones se convirtió rápidamente en el eje del debate. Las frases orientadas a desacreditar al oponente tuvieron más protagonismo que las explicaciones detalladas sobre cómo financiar programas sociales, combatir la criminalidad o impulsar la recuperación económica. En varios momentos, el debate pareció una confrontación de narrativas políticas antes que una discusión técnica sobre políticas públicas.
Este fenómeno no es nuevo en el Perú. Cuando las campañas se desarrollan en escenarios altamente polarizados y con márgenes estrechos de intención de voto, los candidatos suelen privilegiar estrategias de contraste y deslegitimación del adversario antes que la presentación exhaustiva de propuestas.
Lo más preocupante es que temas fundamentales para el futuro del país quedaron insuficientemente desarrollados. Problemas estructurales como la corrupción, las economías ilegales, la crisis ambiental y la reforma del Estado recibieron poca atención o fueron abordados de manera superficial. Incluso, diversos observadores habían advertido previamente que varios asuntos estratégicos no estaban ocupando un lugar central en la campaña electoral.
El debate presidencial dejó algunos anuncios y propuestas puntuales, pero será recordado principalmente por los “puyazos” políticos y las acusaciones mutuas. Los ciudadanos esperaban conocer con mayor claridad cómo cada candidato piensa resolver los problemas de inseguridad, pobreza, salud y empleo que afectan al país. En lugar de ello, presenciaron un enfrentamiento marcado por la polarización y la confrontación.
A una semana de la elección definitiva, el reto para ambos candidatos sigue siendo demostrar que poseen no solo capacidad para cuestionar a su adversario, sino también liderazgo, solvencia técnica y una visión concreta de gobierno para el Perú.
CITA
“El intercambio de acusaciones terminó desplazando la discusión sobre políticas públicas”.
DATO
El debate presidencial se desarrolló en cuatro bloques temáticos definidos por el JNE.









