Estaría impresionada con mi personalidad de hombre misterioso, fantaseé mientras escapaba. Iba a doblar la esquina cuando, en mi caminar por las nubes, busqué en mis bolsillos y no encontré mis monedas, ni un sol.

Por: Jorge Condorcallo
Fuimos a comer a un restaurante del centro, donde gasté mis fichas como los grandes. Hablamos mucho y nos faltaron papas fritas para seguir la conversación. Paseamos por la plaza, donde a ella se le antojó un algodón de azúcar; le cumplí el gusto y, antes de las nueve, la llevé a su casa. Pagué su pasaje como el caballero que soy.
Cuando me despedía de mi amiga, me animó su mirada y extraje el lapicero que siempre llevo conmigo y, con inesperado atrevimiento y delicadeza, la cogí del brazo. Ella no se resistió; estaba desarmada por la dedicación con la que dibujaba. Tracé el delicado tallo, la espina suave, dos hojas ovaladas y los pétalos en flor. Escribí debajo del dibujo lo que no me atrevía a decirle con mi boca: “¡Te quiero!”.
Leyó, confundida; no le di oportunidad de reaccionar porque me fui. En fin, solo quería que lo supiera.
Estaría impresionada con mi personalidad de hombre misterioso, fantaseé mientras escapaba. Iba a doblar la esquina cuando, en mi caminar por las nubes, busqué en mis bolsillos y no encontré mis monedas, ni un sol. Lo había gastado todo en esa maravillosa salida.
«¡Dios mío! ¿Qué hago?!», clamé por dentro. Estaba varado en el extremo opuesto de donde vivía.
Me tragué mi orgullo y volví a la carrera con la chica de mi cita. Al verla, la llamé por su nombre; no me escuchó y giró, divertida, para entrar a su casa, poner los seguros y desatender cualquier llamado de afuera por prudencia. Grité como el nadador que, entre manotazos, pide auxilio. ¡Qué vergüenza!, pero tenía que hacerlo porque vivía recontra lejos.
—¡Rosalía, Rosalía, espera, tengo algo que decirte! —hablé con tal energía y determinación que saltaron los perros a ladrar al atrevido, al valiente que volvía para pedir prestado un miserable sol.
Rosalía, emocionada al verme, abrió la reja; sacudió las violetas del jardín con el vuelo de su cabello y se paró frente a mí, que respiraba agitado por la preocupación. Me encaró tan de cerca que sus enormes ojos prometían devorarme de un bocado. Se miró el brazo, me cerró los labios con telepatía y confesó en un suspiro:
—Luis, yo también te quiero, te quiero mucho.
¡Qué sorpresas da la vida! No dijimos una palabra más; no hacía falta, y dimos por inaugurado nuestro amor de primavera.

Nos dimos uno, dos, cinco y diez besos; descansamos, respiramos y nos contamos lo que habíamos callado. Reímos rendidos y nos dedicamos más cariños. No podía creer que mi abrazo contenía a esa criatura a la que solo había podido acariciar en sueños. Estaba en el séptimo cielo cuando ella saltó al notar que era muy tarde y que su papá llegaría pronto del trabajo.
Rosalía parecía una rosa de verdad y yo, en la dicha, olvidé mi problema. “¡Mi pasaje!”, pensé; volvió la gravedad y la realidad del dinero que no tenía al despedirme por segunda vez, pero no me atrevía a decirle la verdadera razón de mi regreso para no estropear nuestro primer recuerdo.
—Buenas noches, Luis, ve con cuidado.
—Buenas noches, sueña conmigo… —hice una pausa, arrepentido—. ¿Le digo? No. «Calla, corazón, por favor», rogué, y guardé su solicitud en el otro bolsillo vacío.
Naturalmente, el perro del paradero, por donde pasó la última combi, no me regaló un céntimo por pena. Me fui a pie y estoy seguro de que ninguna otra medianoche de la historia ha visto a un chico más feliz que yo caminando por sus avenidas infinitas, sorteando peligros y abismos.
Nunca más la luna volvería a ver al más contento de los caminantes nocturnos ir con prisa a la regañina de mamá y a los coscorrones de papá. Qué divino e inocente es el corazón de los jóvenes: en la calle más fea silbé, como cábala de protección, la melodía que anunciaba mi alegría: tengo enamorada y es la niña más linda del mundo.
Cita
No podía creer que mi abrazo contenía a esa criatura a la que solo había podido acariciar en sueños. Estaba en el séptimo cielo cuando ella saltó al notar que era muy tarde y que su papá llegaría pronto del trabajo.









