

Por: Jorge Condorcallo
En aquella mañana otoñal embellecida por la garúa, los colibríes jugaban con las flores como los niños pequeños con las margaritas de cartulina pegadas en las paredes del jardín. Y yo declaraba al cielo, con emoción contenida, que estaba enamorado de la profesora de Matemática. Los chicos de secundaria se reían de la vida que les prometía de todo, hasta que el timbre de formación los arreó al patio central. En medio del corre-corre de los uniformados apareció frente a mí una mujer que preguntó si, por casualidad, era yo el profesor de Comunicación.
—Sí, por casualidad, soy yo —respondí de buen humor.
—¿Por qué a Yerson, mi hijo, le puso B? —me interrogó sin darse cuenta de la beligerancia de sus formas.
Con voluntad de profesor que quiere que su pupilo comprenda en qué falló para que mejore, saqué mi carpeta y encontré el registro. Le expliqué, aunque no era el tiempo ni el lugar, en una didáctica lección de optimismo y amabilidad, por qué había puesto esa nota y cómo podía superarla.
El auxiliar, con agitar de palmas, ahuyentó a los chiquillos que anidaban en el quiosco para comprar los dulces que paliarían la amargura por la tarea no hecha y la reprimenda del maestro.
—Él siempre ha sacado AD. Usted se ha equivocado y debe corregir ese error —no lo sugirió, lo ordenó la madre de su hijo como un capitán a su soldado, y me malogró el día que había marcado para iniciar mi cortejo a Ruth, porque soñaba con ella desde que empezamos el año escolar.
—Es mi error. No es mi hora de atender a los padres. Disculpe usted.
Fastidiado, acomodé mis papeles y me fui, dejándola sin la rendición que ella esperaba, más furiosa todavía.
Caminaba matando culebras y sapos que querían saltar de mi boca llena a las filas de alumnos que escuchaban al director, que daba indicaciones, cuando vi a mi preciosa maestra saludarme con su sonrisa de ángel. Llevaba su uniforme de lunes: era una flor de seda en la galería de profesores ordenados para cantar el himno nacional. Apuré el paso para conformar ese cuadro de honor.
En nuestra hora libre, que el destino había hecho coincidir, bromeamos con el examen de nombramiento e irnos juntos a una escuela rural en el fin del mundo, y le confié lo que me pasó en la mañana. Conversamos sobre cómo el sistema nos había quitado autoridad y cómo los padres se sentían con derecho a demandar, a su antojo, la nota para sus hijos.
—Insoportables, no se cansan de fastidiar como si no tuvieran vida.
Qué bien me sentía dentro de sus ojos perfectos.

Cuánta razón tenía Ruth, porque al día siguiente, y el siguiente, sin faltar uno, durante la semana volvió la señora. Cada vez más autoritaria, y yo cada vez más reacio a escucharla, para exigirme, con cuadernos y libretas de años pasados, que modificara la nota de su vástago, que era un alumno de A para arriba. Y a cada arrebato de la procelosa madre, yo, con delicadeza fingida: no, no y no.
Al fin me atreví, la invité a salir y Ruth aceptó. La pasamos bien en los juegos mecánicos; rogamos al santo patrono de los docentes no encontrarnos con nuestros alumnos, que se partirían de la risa al ver a sus maestros gritando como locos en el barco vikingo. A las diez, ella comía una manzana acaramelada en el paradero y, en un acto de magia, saqué una rosa de mi casaca:
—Para ti.
Me pagó con su sonrisa a media luz y un gracias que acaricié toda la noche.
—Profesor, tiene que cambiar la nota. No es justo, está haciéndole un daño psicológico a mi hijo —reclamó con tal energía que preocupó a los padres que se despedían de sus niños de inicial.
Atravesé el portón como si la quejosa fuera invisible.
Su persistencia hizo que dudara de mí. En el desconcierto me preguntaba si había calificado bien las capacidades de Yerson. Revisé otra vez mis anotaciones: no había error, el muchacho era un innegable B. Confirmé que hacía bien cuando un colega nombrado me advirtió que la señora le hizo un problemón para cambiar una calificación justa. Era su artimaña.
—No la subestimes —me aconsejó Ruth, mi linda profesorita.
—¿Sabes algo que no sepa?
—El año pasado intentó perjudicar a una profesora inventando cosas.
Se preocupaba por mí. El siguiente sábado fuimos al cine. Yo compré las entradas y ella, obstinada, pagó los dulces y las palomitas de maíz. En mi butaca lamenté la elección de nuestra cita porque durante dos horas y pico no pudimos hablar. La miraba de reojo para cerciorarme de su presencia y me contentaba con sentir su risa. Mentí con descaro cuando anuncié que me fascinó la película y, otra vez, ¡chan!, se materializó una rosa que marcó el espacio entre los dos.
—Qué bonita, gracias.
La odiaba cuando se presentó en mi hora de atención a padres. La invité a sentarse con fingida cordialidad para decirle con claridad y ternura que no cambiaría la nota del sistema, es todo. Pero ella, preparada para otro rechazo, expuso sobre mi mesa su amenaza que, por cómo la manifestó, denotaba que era un arma que sabía usar:
—Ahora mismo voy a ir a la UGEL a quejarme. Ellos ya hablarán con usted, ya verá —apuntaló la mujer para quebrar mi voluntad.
Yo me persigné, ya que podría aparecerse el supervisor para sancionarme o despedirme por atreverme a enseñar. Picado por el ataque, ensayé una copla:
—Seño, vaya sin pena. Me avisa qué le dicen, pero esa B se queda.
No disfrutó mi improvisación.
—Ya hablé con varios padres y todos saben cómo trata usted a mi hijo.
—¿Algo más?
La mujer se inclinó sobre mi escritorio.
—Y también se sabe que pasa tiempo conversando con algunas alumnas.
Sentí la sangre agolparse en mi cabeza.
—La difamación es un delito —respiré hondo para controlarme.
—La UGEL sabrá a quién creer, a una madre justa o a un profesor contratado.
Había sembrado su semilla.
La tercera rosa se la entregué al finalizar el corso de aniversario del distrito. El feriado completo lo pasamos mirando las danzas y los carros alegóricos; habíamos coleccionado llaveros y cajas de fósforos a manos llenas. Me miró contrariada y esta vez no agradeció el detalle.
—¿Por qué me las entregas?
—Porque tú…
—Dime.
—Profesor, explíqueme, porque tengo un reclamo contra usted —me interpeló el todopoderoso del colegio.
Expliqué con paciencia cada calificación, los cuadraditos de mi registro; incluso le mostré el trabajo final mal hecho, que él mismo ponderó con sus anteojos y que solo llegaba a B con ayuda. Convencido con las pruebas, se alió a mi causa y, con una confianza que no esperaba de nuestro máximo líder, me reveló su preocupación:
—Ahora yo qué le digo a la mamá.
—La verdad. La verdad es que tú me gustas, me gustas mucho.
Desde mi confesión no volvimos a salir; se juntaron las actividades del mes de la patria. Entre concursos y documentos por subir, apenas si nos saludábamos.
El viernes, antes de salir de vacaciones, le pedí hablar porque no soportaría su ausencia, aunque fueran solo dos semanas. Nos guarecimos del mediodía debajo del toldo del quiosco y estaba tan cerca de ella que mi voz temblaba de amor.

—Ruth… —iba a dar el corazón, así me tirase su maletín en la cabeza, cuando me sobrecogió la mano que me llamaba con rudeza. Giré y descubrí que era la mamá de Yerson, que me encaraba, empoderada, para que le cantara la nota que obtuvo su primogénito en el bimestre.
—Señora, en la entrega de libretas, como todos los demás papás, lo sabrá.
Y me volví hacia mi Ruth.
Hecha un terremoto, manoteó reclamos y «quién se cree este». Volvió a la carga para acusarme de seductor de menores. ¿Yo? Qué escándalo.
—Este profesor está acosando a la alumnita. ¿Dónde está el director? Llamen a la policía, se aprovecha de su cargo… —acusó con tal vehemencia que se amontonaron a nuestro alrededor los alumnos, algunos padres y el mismo director.
Y es que Ruth es pequeña y de un rostro de paloma que cualquiera la confunde con una quinceañera, y más si lleva puesto el uniforme plomo que se consiguió para declamar la Marcha patriótica de Mariano Melgar con otros profes en el programa.
En medio de mi desconcierto y las barbaridades que vociferaba doña loca, Ruth se interpuso con natural autoridad. Saludó con frialdad a mi enemiga y aclaró puntual:
—Primero, yo soy la profesora de Matemática y tutora de tercero. Segundo, el profesor es mi enamorado y tiene todo el derecho a hablarme con afecto donde le dé la gana. Tercero, no lo moleste más, ¿por qué lo acosa?, ¿acaso le gusta?
Con finura resolvió la ecuación.
La profesora me cogió de la mano por vez primera y me llevó a donde ella quiso.
Yerson no sabía dónde esconderse por la vergüenza.
Qué culpa tenía ese muchacho que, al fin, mejoró un montón y acabó el año con A porque entendió que obtener ese podio es cuestión de esfuerzo y dedicación. No volví a ver a su madre. «El profesor es mi enamorado…» era el único himno que cantaba mi pecho ese día de celebración de la independencia del Perú.
Cuando todos se fueron a sus casas, ella y yo caminamos por las calles que rodeaban el colegio. No sabía si lo había dicho para cerrarle la boca o porque me amaba también. Cuando quise preguntarle, me abrazó y nos dedicamos un beso de escolares que remeció las ramas de los árboles del parque donde los chicos jugaban a enamorarse.
Entonces, en el resuello, apareció una rosa apachurrada por los ajetreos de aquel día que coloqué en su mano, y la maravillosa Ruth se volvió otra rosa entre las mías.
Cita
Expliqué con paciencia cada calificación, los cuadraditos de mi registro; incluso le mostré el trabajo final mal hecho, que él mismo ponderó con sus anteojos y que solo llegaba a B con ayuda.







