Como cada fin de semana en el centro, por la iglesia de San Francisco, los hijos y las hijas de este pueblo orgulloso y diverso en su origen y esencia blandían el ánimo de la fiesta que vibraba en el corazón.

Por: Jorge Condorcallo
Hoy que hay viento de mayo correteando por los pasillos del colegio, te quiero contar una historia que evoca mi memoria e imaginación cuando hablo de mi ciudad natal, Arequipa. Otros profesores, con la confianza que da la amistad, me han confiado que ellos también la utilizan en sus clases. Algunas veces, para alentarlos cuando están en las últimas horas de la jornada escolar y los vence el agotamiento, y el sueño de después del almuerzo se enseñorea en las filas de carpetas. Otros, para transportarlos al universo de la literatura fantástica. Y no faltan aquellos románticos que, como yo, la emplean para inquietarlos con lo sobrenatural y despertar en ellos el magnífico y saludable acto de contar historias de fantasmas.
Las noches de agosto son más hermosas en la Ciudad Blanca. La luna, redonda como una moneda nueva, alumbraba y vestía con su luz ámbar las antiguas construcciones hechas con sillar. Por las calles grises, que alguien me contó que son las páginas de la historia, se movía una mujer que llevaba puesto un vestido blanco y largo, tan largo como su cabello. Cualquiera podría afirmar que se trataba de una aparición de mal agüero, de esas que aprietan el corazón de quien tiene el infortunio de cruzarse con su andar y su pena, si no hubiera visto en su rostro de reina mestiza un par de ojos ígneos que convocaban al deseo puro; preciosa como ninguna, aunque en su boca de rosa pálida no se había formado jamás la flor de una sonrisa.

Como cada fin de semana en el centro, por la iglesia de San Francisco, los hijos y las hijas de este pueblo orgulloso y diverso en su origen y esencia blandían el ánimo de la fiesta que vibraba en el corazón. Las esquinas estaban repletas; eran puntos de encuentro de amigos y las graderías del templo, antesalas del local adonde dejarían el alma en euforia colectiva. Y nadie se fijaba en ella, a pesar de su excéntrica apariencia: combinación elegante de una moda ecléctica. Ella no caminaba, sus pies no tocaban el suelo; se deslizaba majestuosa como la niebla que sube en los meses de gran frío.
La risa, la broma y el grito eran la lengua franca de esta nación; las canciones, en todos los ritmos e idiomas, resonaban dentro de las calaveras huecas de las casonas con estrépito de música de guerra que ahuyentaba a las palomas que dormían en las cornisas de los edificios públicos. La joven, aún sin nombre, atravesaba las multitudes sin apartarlas; las paredes se agrietaban por respeto, las rejillas se doblaban en reverencia y aparecíó en el centro de la fiesta, en medio del baile que recreaba un acto tribal de hacía miles de años, en petición de la prosperidad que otorgaban los dioses. Y aguardaba los giros y las vueltas del destino, porque esa era su vocación: esperar la sincronía del mundo para que se cumpliera su voluntad.
En el mismo antro, Esteban, sumido en su propia angustia, brindaba en solitario con su sexto trago de ron, vaciaba el vaso y lo ponía de cabeza sobre la mesa en una cuenta atrás hacia el abismo.
—Carajo, salud… —por la maldita mujer que tenía garabateada en lo hondo del pecho, la sinvergüenza que lo coronó.
Y esperaba que la fórmula de quemante licor con cigarro fuera efectiva y desapareciera la pesada rabia acumulada en sus huesos. Y, si no lo curaba la borrachera, lo haría el puente de los suicidas: un salto y adiós al recuerdo, pensaba en la desesperación.
El destino, sea lo que sea, tenía una obcecada afición por lo trágico, así que, en la hora del repique de las campanas de la catedral, Esteban se perdió en el laberinto de luces de colores y contoneos del humo. Abrió los ojos para dar con el demonio disfrazado de ángel que había de gozar enroscada a una columna, de tal insidiosa estirpe que había conseguido que su víctima solo esperaba que la muerte lo liberara de ese dolor crudo que alguna vez llamó amor. Se ahogaba en la confusión; entonces se fijó en alguien que no encajaba en esa ceremonia del éxtasis: una mujer que, más que una persona, parecía un cuadro antiguo y olvidado en una de las paredes de la casona. La luz se alejaba de ella; las sombras, por el contrario, se le ceñían como si fueran las guardas de su reino y, sin embargo, ella cautivaba con una inocencia que contrastaba con las doncellas que batían sus cuerpos por el final del semestre. Era difícil de creer que nadie le hiciera el cortejo, que ninguno de los avispados chicos se acercara para invitarla a bailar y meterle letra. Estaba sola; ni siquiera sola: desolada.
Esteban se yerguió con el cuerpo cansado, tomó una bocanada de aire, se limpió los cabellos de las sobras que aún persistían de esa ingrata cuyo nombre no merecía pronunciarse y avanzó apartando cuerpos que se agitaban y saltaban con frenesí en dirección a la protagonista de nuestra historia. Se plantó frente a ella con desenfado, como si fuera algo ensayado una y otra vez, y le preguntó:
—Hola, ¿cómo te llamas?
Ella lo observó en silencio, con timidez; no podía mirarlo a los ojos, pero, cautivada por el atrevimiento y admirada por la energía en su voz, respondió con las palabras que componen el título de esta obra:
—Mi nombre es Mónica.

De pronto se corrieron los velos del misterio, se disiparon las tinieblas que auspiciaban un asunto de terror por otro cotidiano, o eso aparentaban. Conversaron como si fueran dos amigos que hubieran compartido una parte significativa de la vida. Se contaron historias que los hicieron asombrarse o reír; hablaron de amores, alegrías y grandes tristezas. A medianoche, sin haber bailado, pero con el encanto propio de los cuentos de hadas, supieron que estaban enamorados. Esteban no perdió la ocasión: extendió su mano; Mónica aceptó la invitación con inseguridad, pero sin hacerse de rogar, y bailaron la música lenta que a esa hora de magia tocaban en la discoteca. Los ojos de los jóvenes destellaban en la fascinación que sentían el uno por el otro. Y cuando llegó el final de la melodía que acercaba sus rostros en preámbulo de su primer beso, que sin duda ambos deseaban, ella, cautelosa de sus actos, temiendo que Esteban pudiera confundirlos, apagó el fuego de sus labios. Mónica lo apartó con gesto cariñoso y le dijo que ya era muy tarde y tenía que volver a casa para no preocupar a sus abuelos, que su permiso se acababa.
Él no aceptó el final ni la partida de la princesa. Quería continuar descifrando el arte perfecto de las líneas de sus manos hasta el fin del universo. Y, aunque no lo sabía todavía, así sería.
Para extender el tiempo de su encuentro, le ofreció, con caballerosidad de otra época, acompañarla a su casa. Ella se negó al principio, pero luego aceptó con candorosa inocencia que avivó más el amor de Esteban. Al atravesar el portal, el frío tácito de la madrugada los abrazó con fuerza; se abrigaron con las manos al amparo de un farol intermitente. Bajo la indecisión de las polillas que revoloteaban, sin que ella se lo pidiera, Esteban se desabrochó la casaca y cubrió con ella los ateridos hombros de Mónica.
—¿Dónde vives? —preguntó Esteban con una sonrisa que se balanceaba; era la sonrisa propia de un niño en la víspera de Navidad.
—En la calle Beaterio, ¿sabes dónde es?
—Sí —respondió—, la conozco bien. Llegaremos rápido en mi poderoso vehículo.
Y presentó, como en un espectáculo de feria, la moto estacionada en una zona azul del pavimento.
La motocicleta, a velocidad, estiraba las luces de los postes, que se convertían en finos hilos de oro y plata y, en cuestión de pocos minutos, se estacionaron frente al domicilio de Mónica: una casa colonial mal cuidada. Ella se despidió agradecida por la velada; él no quería decirle adiós y la siguió hasta la gigantesca puerta de madera. Mónica sacó una llave que introdujo en la cerradura y, mientras la giraba, la mano temblorosa de Esteban acarició la piel aterida de su amada, resbaló por su brazo de mármol fino en una caricia.
—Mónica, no me digas adiós, por favor. Sería de mala suerte. Dame esperanza, dime algo para que me vaya feliz y pueda soñar con la idea de verte otra vez.
Ella se volvió hacia él con una devoción que conmovería a Cupido y le dedicó una sonrisa que era más de lo que anhelaba Esteban. Su mirada no hablaba de promesas; hablaba de un amor que amanecía. Qué impresionantes gemas en las que se había empozado la luz del milagro.
—Te quiero, te quiero mucho y espero volver a verte pronto, mi risueño Esteban —le dijo Mónica con ternura infinita.
Y fue suficiente para que Esteban muriera de felicidad en un respiro profundo.
Con la ilusión de un amor casi correspondido, Esteban imploró un hasta luego a la mujer de blanco que se sumergió en la lengua oscura de la entrada. Él se subió a la moto dichoso y, antes de partir, juró por la Virgen bendita de Chapi regresar al día siguiente para reclamar el beso que no pudieron dedicarse. Amén, porque Mónica se despidió arropada con la casaca del intrépido Esteban, que se puso la mano en la boca; no la reclamó para tener el mejor pretexto y volver.

Ni bien clareó el domingo de fiesta de las cruces, Esteban despertó hecho un hombre nuevo. No tenía ningún malestar por la resaca, aunque sí un pedido clamoroso en su corazón: calmar su sed insaciable de Mónica. Arrancó el motor con la alegría a tope por haber cambiado la tristeza que le causó una traidora por la dicha absoluta de haber encontrado a su otra mitad: Mónica, la más bella de las mujeres que había conocido.
Recordó fácilmente la dirección. Se estacionó con porte de héroe medieval que desmonta el corcel y asumió el valor que requería, en un suspiro, para hacer frente a quien lo recibiera. Avanzó con gravedad, golpeó con su puño la madera de siglos. Rogó a Dios que fuera ella misma la que se presentara y que lo saludara con la misma sonrisa y mirada con la que se despidió hacía unas horas y, sin cruzar una palabra, triunfara entre ellos el beso que no pudieron concederse en la vacilación de sus personalidades. Sonó el mecanismo de la cerradura. Para su decepción, quien salió no fue la joven de belleza melancólica, sino un hombre viejo, una ruina con bastón. Lo miró, lo escudriñó con sus ojos cegados por el resplandor de la mañana y lo saludó:
—Buenos días, joven, ¿qué desea?
Él no esperaba su presencia. Se quedó inmóvil pensando; luego reaccionó:
—Buenos días, señor. Mi nombre es Esteban y estoy buscando a Mónica. ¿Podría llamarla?
El anciano arqueó las cejas, se alejó un paso y, con la puerta como escudo, respondió:
—Usted se ha equivocado. Aquí no vive alguien con ese nombre.
El chico insistió con amabilidad, porque también era nieto:
—Sí, señor, aquí vive. Su nombre es Mónica. Le pido, por favor, que le diga que Esteban la busca.
En la franja que dejaba la puerta entreabierta, el anciano se impacientó:
—Le repito que no vive la mujer joven a la que usted dice conocer. Solamente vivo yo, que soy un viejo decrépito, y otra anciana que es mi esposa. Aunque no debe faltar mucho para que nosotros también dejemos este mundo.
El chico hirvió en impaciencia y reclamó con la forzada serenidad que se impone quien sabe que está frente al padre o al abuelo de la mujer de la que está perdidamente enamorado:
—Yo traje anoche a Mónica a esta casa. Olvidé mi casaca, se la presté porque sacudía el frío. Solo quiero que me la devuelva, es un obsequio de mis padres. No tengo otra intención.
Con la maña, pretendía convencer al testarudo anciano.
El viejo mudó el fastidio por preocupación, y la preocupación se tornó larga tristeza; cada cambio solo buscaba persuadir a Esteban y salvarlo de aquello que tentaba con su obsesión:
—Le vuelvo a decir: aquí no vive ninguna mujer llamada Mónica. Váyase.
Esteban, furioso, sintió revolverse su sangre indomable; palmoteó la viga en lugar de echar abajo con su ímpetu la barrera que impedía el reencuentro. Se frotó la cara con la adversa realidad porque percibía que la oportunidad de conquistarla se desvanecía; entendió y recogió la mano sarmentosa y rogó, no, imploró con denuedo:
—¡Ayer la conocí y me salvó, compréndame! La traje aquí y he vuelto porque no puedo dejar de pensar en Mónica. Me enamoré. Le suplico, solo quiero verla aunque sea una última vez. Es todo.
No puedo describirles la emoción que desamparó al hombre mayor; de pronto se asemejó a un parque abandonado, a un campo de geranios marchitos. Los goznes chillaron, dio un paso con dificultad, lo miró con afecto preocupado de padre, listo para sostener con su vejez la vida de Esteban, que iba a escuchar la clave que no sabía ni imaginaba.
—Hijo, te entiendo. Aunque tú no eres el primero. Creí que te irías con mi renuencia, con mi mal trato, pero eres terco; te pareces a mí, a ella. Quizás por eso te escogió entre tantos que ocupan las noches fingiendo que la vida no tiene fin. Sí, aquí vivía Mónica. Ya no vive más, aunque no se ha ido, ¿me entiendes? Ella era mi nieta, era muy hermosa y falleció muy joven en una tragedia que ella te contó, solo que no supiste escucharla. La lloramos mucho, no te imaginas cuánto. Y no sé qué hizo o qué no hizo ante los ojos de Dios, que le cerraron la entrada al reino de los cielos, porque cada cierto tiempo pasa lo mismo; así que ella y nosotros estamos condenados. Llega alguien que dice haberla conocido, que solo piensa en ella, que no puede sacarla de su cabeza; cuando yo les digo que está muerta, no me creen y escapan porque la realidad les es imposible de soportar.
Y es aquí donde mis alumnos dejan de sonreír; sé que esta noche muchos no dormirán sin antes mirar debajo de sus camas.
Esteban solo atendió a una palabra en la revelación: “muerta”, que lo había empalidecido a tal grado que podía ser parte de una colección de esculturas de mármol. Ningún gesto se formó en su semblante.
—Mónica está muerta —repitió el abuelo, que tenía más de ángel que de hombre con la luz a sus espaldas.
Esteban despertó del efecto de la sorpresa y contestó como lo harían ustedes o yo, con urgente sentido común:
—¡Es imposible! ¡Es mentira! Yo la vi, bailé con ella, acaricié sus manos, olí el perfume de su cabello, bebí su aliento. Está viva, más viva que usted, de hecho; y que esta ciudad que se cae a pedazos.
El anciano había experimentado muchas veces esa escena; explicar no era una opción. Entonces cumplió lo que tenía preparado en su libreto cada vez que se reiniciaba el ciclo.
—Joven, compruébelo usted mismo. Pero que su razón sea más fuerte que su corazón. La verdad que busca está donde todos acabaremos: el cementerio.
Le dio la ubicación exacta dentro del Cementerio General La Apacheta, donde aseguraba que descansaba su nieta.
Esteban, sin despedirse, se subió a su vehículo; no conducía sobre ruedas, volaba sobre el asfalto y amenazaba con estrellarse en cada esquina y, aun así, seguía acelerando ante el terror de los peatones, que veían estropeada la tranquilidad matutina del domingo. La moto cayó en la vereda frente al portón abierto del camposanto. Era domingo de misa; mucha gente entraba y salía, pero no le importó. Se enfrentó a la multitud en procesión que se desbordaba en ramos de claveles que llevaban para obsequiar a sus difuntos.
El sueño se volvió pesadilla. Persiguió una sombra de duda por las veredas rotas; se apuró para llegar al pabellón que le indicó ese viejo desconfiado y celoso que creía le tomaba el pelo. Corrió por la senda, rodeado de nombres y fechas; lo despeinaron las ramas sensitivas de los molles, que soltaban sus granos como si fueran las lágrimas rojas y eternas de los fantásticos entes que cuidaban a las miles de almas que dormían en su territorio.
Esteban no podía creerlo, aunque la lección era clara y sencilla. Ni siquiera tuvo que llegar hasta la placa para leer el detalle de la inscripción; a la distancia que marcaban las filas de sepulcros era notorio el balanceo de la casaca que protegió a Mónica del frío, colgada de un clavo que hacía de percha. Al llegar a la auténtica morada de su amada imposible, se rindió; se apoyó en la pared porque se encontraba cara a cara con la mujer que lo cautivó hasta la muerte: su rostro pálido, sus ojos enigmáticos, su sonrisa lánguida y su cabello negro.
—¡Mónica!
No era ella, era su imagen en la foto gastada por el tiempo y las lluvias de tantos febreros, incrustada sobre la lápida tras la cual descansaban los huesos de la maravillosa criatura que conoció en la peor y, luego, mejor noche de su vida.
No hubo una frase conmovedora o sentenciosa en la boca de Esteban; todos sus pensamientos fueron enterrados en la tumba de su pecho. De esa intimidad subió un llanto desesperado que rompió al hombre y que jamás olvidaría el niño que pasaba de la mano de su madre para entender, por primera vez, el significado de la muerte.
Deseo acabar aquí mi relato, darles una enseñanza a mis alumnos y seguir con el tema del día, pero también, a veces, algunos de ellos, llenos de curiosidad o movidos por nuestra primitiva insidia contra quienes rompen las reglas básicas de la comunidad, preguntan:
—Profesor, ¿y qué pasó con Esteban?
Y me veo comprometido a continuar para no dejar al público sin el final correcto. Por honestidad de narrador.
Lamentablemente, para ustedes y para Esteban, la historia no terminaba entre la maleza húmeda del cementerio; él no se recompuso del descubrimiento ni siguió su camino fortalecido por la insólita experiencia. Desde ese segundo hasta el último de su vida escuchó la voz cadenciosa de Mónica, que, como una música, flotaba en cada habitación, en cada iglesia y en cada consulta médica a la que fue para sacarla de su cabeza. La enfermedad se agravó y el sonido tomó forma en la silueta amenazadora de una mujer de cabellos largos que lo vigilaba. Y en la sombra, con el tiempo, nació un rostro que se encaramaba en los espejos y en las ventanas.
Imaginen convivir con un espanto que no daba tregua ni descanso; era el maldito miedo hecho carne. Su comportamiento jovial decayó en síntomas que el especialista analizó en su escritorio para concluir en su diagnóstico, sin metáforas, con un término de manual que aludía a brotes y psicosis. Pusieron, con lenguaje técnico, un nombre a eso que lo devoraba.
Esteban estaba loco.
Mónica era su pesadilla en la vigilia, su única compañía en el sueño. De tanto buscarla, la encontró, y ahora, arrepentido, no quería saber más de ella.
La familia gastó media fortuna en tratamientos ortodoxos que no lo ayudaban. Su problema se acrecentó y lo constataron cuando hablaba con la silla vacía, la pared enmohecida y el reloj insomne. Preocupados por su bienestar, hicieron lo que creyeron correcto, lo que recomendaron los expertos en enfermedades mentales: lo medicaron y, cuando tampoco las medicinas parecían mitigar sus terrores, lo internaron. Y este muchacho sano, de veintidós años, deseoso de vivirlo todo, de amar como nadie, acabó confinado a una habitación del hospital psiquiátrico.

Los cuidadores oían, sin alarmarse, por la costumbre de tratar con las alucinaciones de estos enfermos, a Esteban desgañitarse en el ruego para que lo salvaran de la mujer que venía de la luna, de Mónica. Le daban sus pastillas y sus alimentos. Nadie le hacía caso.
Esteban residía en un plano del infierno. Cada noche corría las pesadas cortinas para poder dormir y una mano invisible las jaloneaba para que él observara la noche absoluta, donde una mujer flotaba en una danza siniestra con su largo vestido de nubes que se envolvía en la esfera lunar. Llegaba en un aleteo de oscuridad, con cautela de colibrí, y tocaba con sus uñas agrietadas el vidrio desde el exterior, llamándolo con golpes secos y una voz que resonaba en todo el edificio:
—Ven, Esteban, te amo y te necesito. Ven, mi amor…
Y en las pupilas de la lívida condena se desbordaba el deseo. Esteban se arrastraba y arañaba el muro de su cárcel para escapar; rendido porque el concreto era irrompible, se ovillaba para suplicar al piso de parqué.
No soportó más.
¿O sí? Tal vez sí, convencido por la dedicación y ansioso por recibir el primer beso de la incansable fantasma que lo amaba. Recuerdan, el beso pendiente de la primera vez. Una medianoche se cumplió. El encuentro sonó a vidrios rotos; los internos de su piso escucharon, asustados, el lamento de un animal y el duro impacto en el patio. No era el primero, lo sabían. Esteban saltó de su habitación y abrazó su locura, o verdad, en el aire helado de agosto.
En el suelo encontraron al pobre Esteban, que había firmado con su cuerpo reventado el final de su historia o leyenda.
El director del sanatorio propuso más seguridad en el cuidado de los pacientes y enrejar las ventanas de los pisos altos. Los familiares reclamaron con sus abogados, que tramitaron sus sentimientos, pero en el fondo agradecían la solución rápida para la demencia de Esteban. La razón habló por todos, aunque no pudo explicar por qué había largos cabellos negros enredados en los dedos del suicida. Especialistas y padres, por superstición, evitaron escarbar en el tema, aunque no lo justificaron con el temor primigenio que albergaban por guardar las formas.
Así acaba la leyenda de amor de Mónica y Esteban. Y mis estudiantes se ven sobrecogidos por mi grave advertencia: si esta noche escuchan golpes en la ventana, procuren no responder…
A tener mucho cuidado. Puede ser que esa chica a la que conozcan en la fiesta sea el amor de sus vidas, el amor de esa noche loca… o Mónica.
Cita
El destino, sea lo que sea, tenía una obcecada afición por lo trágico, así que, en la hora del repique de las campanas de la catedral, Esteban se perdió en el laberinto de luces de colores y contoneos del humo.
Cifra
De pronto se corrieron los velos del misterio, se disiparon las tinieblas que auspiciaban un asunto de terror por otro cotidiano, o eso aparentaban. Conversaron como si fueran dos amigos que hubieran compartido una parte significativa de la vida.









