
El estrecho resultado electoral dejó como reto fortalecer la gobernabilidad y el respeto institucional.
Por: Karola Lara Manchego. Doctora en Comunicación y Desarrollo
Las elecciones presidenciales de 2026 dejaron mucho más que una victoria ajustada. Dejaron una lección política que merece ser comprendida con serenidad, sin triunfalismos ni discursos de victimización. La democracia no solo se fortalece cuando los ciudadanos votan; se consolida cuando quienes participan en ella saben interpretar correctamente el mensaje de las urnas.
Los resultados son elocuentes. En la primera vuelta, Roberto Sánchez obtuvo apenas el 12.06 % de los votos válidos. En la segunda vuelta alcanzó el 49.865 %, un incremento de 37.80 puntos porcentuales. Keiko Fujimori, por su parte, pasó del 17.06 % al 50.135 %, convirtiéndose en la presidenta electa del Perú.
La pregunta inevitable es: ¿ese 37.80 % adicional pertenece realmente a Roberto Sánchez? La respuesta política parece evidente: no.
Ese crecimiento extraordinario no representa una conversión masiva de ciudadanos a la propuesta ideológica de Juntos por el Perú. Refleja la naturaleza propia de una segunda vuelta, donde confluyen votos de muy distinta procedencia: ciudadanos que respaldaron a otros candidatos en primera vuelta, electores que votaron por descarte, sectores que priorizaron impedir el triunfo del adversario, votantes independientes e incluso personas que nunca compartieron plenamente el programa del candidato al que finalmente apoyaron.
En otras palabras, Roberto Sánchez no recibió únicamente votos de adhesión; recibió, sobre todo, una enorme responsabilidad política. Confundir ese respaldo circunstancial con un respaldo absoluto sería interpretar equivocadamente el mensaje ciudadano.
Precisamente por ello, resulta preocupante que, tras el proceso electoral, el discurso continúe orientándose hacia la confrontación permanente, el cuestionamiento constante de las instituciones y la profundización de las divisiones políticas. El Perú necesita una oposición firme, pero también democrática; crítica, pero responsable; vigilante, pero comprometida con la estabilidad institucional.
Ha llegado el momento de que Roberto Sánchez marque distancia de los estilos políticos que durante los últimos años alimentaron la polarización nacional. El liderazgo democrático no consiste en mantener viva la confrontación ni en convertir cada diferencia política en un enfrentamiento entre peruanos. Gobernar desde la oposición exige altura, prudencia y capacidad para construir consensos.
El país ya experimentó las consecuencias de una política basada en la descalificación permanente, el enfrentamiento entre poderes del Estado y la narrativa del «ellos contra nosotros». Esa lógica debilitó la confianza ciudadana, erosionó las instituciones y profundizó una fractura social cuyos efectos aún persisten.
Quien obtuvo casi la mitad de los votos válidos en una elección presidencial no puede limitarse a representar únicamente a su núcleo político. Tiene la obligación moral de representar también la esperanza de millones de ciudadanos que, sin compartir necesariamente su ideología, depositaron en él un voto condicionado por las circunstancias del momento. Ese respaldo demanda responsabilidad, no confrontación.
La democracia también se mide por la capacidad de perder con dignidad. Los grandes líderes aceptan los resultados cuando estos han sido definidos por las instituciones competentes, ejercen una fiscalización rigurosa cuando corresponde y continúan defendiendo sus ideas dentro del marco constitucional. La legitimidad de una oposición no se construye sobre la sospecha permanente, sino sobre la fortaleza de sus argumentos.
El 37.80 % que permitió a Roberto Sánchez disputar la Presidencia no constituye un patrimonio político propio. Es un préstamo democrático otorgado por millones de peruanos con expectativas distintas e incluso contradictorias. Administrarlo como si fuera una adhesión incondicional sería desconocer la esencia misma de ese voto.
Hoy el Perú necesita menos líderes que alimenten resentimientos y más dirigentes capaces de reducir la distancia entre quienes piensan distinto. La confrontación permanente produce aplausos inmediatos, pero nunca construye gobernabilidad. En cambio, el respeto por las instituciones, la moderación del discurso y la capacidad para reconocer al adversario político fortalecen la democracia.
Es momento de actuar con la serenidad que exige la historia. Roberto Sánchez tiene la oportunidad de demostrar que puede ejercer un liderazgo democrático ejemplar: firme en sus convicciones, respetuoso del resultado electoral y comprometido con un debate político que priorice las ideas antes que los agravios.
Porque, al final, el verdadero triunfo de una democracia no consiste únicamente en elegir autoridades. Consiste en que quienes no alcanzaron el poder también contribuyan a preservar la estabilidad del país. Esa es la diferencia entre hacer política y construir un mejor país.
CITA
«Ese 37.80 % adicional no representa una adhesión absoluta al proyecto político de Roberto Sánchez.»
DATO
Roberto Sánchez pasó del 12.06 % en primera vuelta al 49.865 % en la segunda, un alza de 37.80 puntos.
DATO
En una segunda vuelta convergen votos por afinidad, estrategia, descarte y rechazo al candidato rival.








