El escenario es de terror: ver el cuerpo del niñito atrapado entre las llantas quita la respiración a cualquiera. A los minutos llega su madre, se desespera, grita, no puede creerlo, no quiere creerlo.

Por: Jorge Luis Quispe
Periodista
No terminábamos de reponernos de la abrupta e injusta partida de nuestro colega Heiner Aparicio, lo que, es más, antes del ritual ceremonial del entierro, otra bomba termina por colapsar el ánimo ya desfallecido de algunos colegas. Un semitráiler apaga la vida de un niño de apenas cuatro años en Apipa, Cerro Colorado. Por una gaseosa. El conductor bajó de su descomunal bestia de fierro para comprarse una gaseosa. Al subir nuevamente, retrocedió su esperpéntica unidad y su llanta trasera acaba con la vida de un infante que apenas estaba empezando a vivir y deja herida a su tía.
El escenario es de terror: ver el cuerpo del niñito atrapado entre las llantas quita la respiración a cualquiera. A los minutos llega su madre, se desespera, grita, no puede creerlo, no quiere creerlo. “¡Dónde está mi hijo! ¡Dónde está mi hijo!”. Otra persona intenta contenerla, la empuja. Pasa la cinta de seguridad, los serenos dicen: “agárrenla a la señora”. Ella destruye su propia voz vociferando: “¡Es mi hijo! ¡Nadie me lo va a impedir! ¡Nadie me lo va a impedir!”.
Intenta luchar con los serenos, quiere reconocer a su hijo, los empuja y cuando lo comprueba, se arrastra y se deshace en lamentos mientras el alma y el corazón se le comprimen y grita: “¡Noooooo! ¡Noooooo! ¡Nooooo!”. Es necesario que dos hombres la sujeten y la contengan. Sus gritos laceran el espíritu de los presentes y quiebran al público.
Una madre que acaba de ser agasajada en el colegio de su pequeño precisamente por el Día de la Madre, se ve obligada a experimentar lo más aterrador, espeluznante y atroz que puede pasar alguien: ver a su pequeñito de cuatro años sin vida atropellado por un tráiler. De solo intentar ponernos en su lugar genera una sensación oscura y lúgubre de la vida, del colegio, de los carros, de la familia, de todo. Es desgarrador pensar siquiera que quien antes estaba, ya no estará más. La madre seguirá viendo los juguetes de su pequeño, su ropita, sus dibujos favoritos, su mochila y sus cuadernos, preguntándose por qué, por qué ella, por qué a ella, por qué ese día, no debí llevarlo… en fin, tantas cosas.
Por ello, necesita ayuda profesional urgente. Su condición no se puede procesar de manera independiente. Y quien debe asistirla es evidentemente la empresa para la cual trabaja el tráiler, o en su defecto, la municipalidad de Cerro Colorado a través de su Gerencia de Desarrollo Social. La entidad tiene la obligación de asignarle acompañamiento frente a todo lo que está sobreviviendo.
La justicia tampoco debe maltratar más a la madre y debe accionar de inmediato todos los mecanismos que eviten la impunidad para el directo responsable. No se ha confirmado aún si esta desmesurada monstruosidad con llantas puede o no ir en retro en esta vía. Los entendidos en el tema aseguran que esta maniobra exige la presencia de otra persona que prevenga de sus movimientos a los peatones.
Estas cosas que parecen salidas de la más repulsiva película de terror no pueden seguir pasando en nuestra ciudad. Ninguna familia debería pasar por este tormento y ello va a comenzar cuando la justicia haga su trabajo y sentencie con la pena más severa a los responsables. Solo así dejaremos de asistir a estas escenas de espanto.
Y como la realidad siempre, siempre supera a la ficción, me despertaba ayer con el despertador radial que me decía: «¡Apura vecino, apura!». Esta vez la muerte se cernía muy cerca de mi casa. En la avenida Villa Hermosa, el irresponsable conductor de un auto atropelló y como consecuencia, mató a un sexagenario corredor matutino. Su cuerpo yacía sin vida, dejando rociado un riachuelo rojo y espeso en la grava de la pista. Llega la familia. Gritan, lloran, sollozan, se abrazan para contener la pena y no derrumbarse. Una hija joven grita al aire que quiere a su padre de vuelta, que lo quiere vivo y su humanidad se descompone en llanto y en resignación. Logro conversar con otro corredor y me cuenta que el llegó a ver el fatal atropello, se acercó y notó que aún se movía, aún se aferraba a la vida. Rápidamente fue a la puerta de la clínica San Pablo que está a unos pasos del accidente y en esta clínica le negaron la atención, ignoraron o no les importó que un hombre se moría en la pista al frente del edificio del hospital y nada. Cuando volvió, el fondista ya había muerto. El actuar oportuno de la clínica seguramente habría podido evitar el desenlace pero no les importó.

Del colega Heiner ya han dicho todo, todos los que tenían que decirlo. El que escribe esto no era íntimo, pero solíamos saludarnos con el aprecio y la moderada y sutil dosis de admiración que le atribuyes a alguien que gusta tanto del buen fútbol como uno mismo. Y ello se vio traducido en la numerosa cifra de colegas y amigos que asistimos primero a su funeral, y luego, los más, a su entierro. La cantidad de gente que lo quería, lo estimaba y apreciaba confirma el talante admirable de la amistad que supo cultivar en vida. Su notable y extraordinario trabajo es un ejemplo de reporterismo gráfico, de valentía y arrojo por la labor bien hecha. Hasta pronto, apreciado colega.









