Podría decir que el primer quiebre fue político —su cercanía con figuras como Javier Milei o Rafael López Aliaga—, pero las ideas se respetan. Lo verdaderamente preocupante no es a quién admira, sino cómo gobierna.
JTR Al Día | Bolliger debería dejar la alcaldía


Por: Jorge Turpo Rivas
No escribo estas líneas como una diatriba. Es, más bien, una reacción. Una mezcla de decepción y alarma frente a lo que viene ocurriendo en Yanahuara bajo la gestión de Sergio Bolliger.
No tengo nada personal contra él. Hubo incluso un tiempo en que intenté entender su proyecto. Lo visité en su oficina, lo entrevisté, conversamos por WhatpApp, quise escuchar, pero uno también se distancia cuando las señales empiezan a acumularse. Las señales, en este caso, no son menores.
Podría decir que el primer quiebre fue político —su cercanía con figuras como Javier Milei o Rafael López Aliaga—, pero las ideas se respetan. Lo verdaderamente preocupante no es a quién admira, sino cómo gobierna.
Lo que hemos visto en los últimos días no es liderazgo: es reacción, es cálculo, es ruido.
La obra en la primera cuadra de la avenida Ejército no es solo un trabajo mal planificado. Ha sido una declaración de principios de Bolliger. Cierre de vías sin planificación y al margen de la ley, desprecio por el impacto en la ciudad, y una actitud que bordea la burla cuando se le cuestiona.
Eso es lo más inquietante: la forma. Bolliger no solo responde, descalifica. No solo defiende, se impone. En ese gesto hay algo más profundo que un error técnico, hay una manera de entender el poder.
Pero todo esto ocurre en paralelo a algo más grave, el video que lo vincula con el presunto cobro de una coima.
Es ahí donde el comportamiento de Bolliger empieza a tener otra lectura. Su tono desafiante, su necesidad de mostrarse firme, su insistencia en demostrar que “sigue vigente”, que no es un cadáver político, parecen una defensa y más un intento de distracción. Como si el ruido de la obra buscara tapar el eco del video. Nos quiere atarantar.
En ese intento, ha cometido otro error, el enfrentarse con la memoria de la ciudad. Ha minimizado el valor de los adoquines de piedra. Ha llamado “románticos” a quienes defendemos la historia. La historia no es romanticismo. La historia es identidad, son hechos. Es lo que sostiene a una ciudad cuando sus autoridades fallan. Despreciarla no es solo un gesto arrogante, es una forma de desconexión con la realidad.
También ha optado por el contraste fácil. Se burla de la gestión del alcalde provincial, Víctor Hugo Rivera, como si el error ajeno justificara el propio. No se trata de hacer lo mismo con otro discurso. Se trata de hacerlo mejor. Aquí no ha ocurrido ni lo uno ni lo otro.
Si Bolliger cuestiona el readoquinado de Rivera en el óvalo Grau, pudo haber demostrado que él sí lo puede hacer mejor, pero salió con el cuento de que los adoquines no sirven y la modernidad (su modernidad) se impone.
Por eso creo, y lo digo sin rodeos, que Bolliger debería dejar la alcaldía mientras duren las investigaciones de su video.
No como una admisión de culpa, sino como un acto de responsabilidad.

Porque hoy, cada firma, cada contrato, cada decisión, está bajo sospecha del pago bajo la mesa. Gobernar bajo esa sombra no solo debilita su gestión, debilita a su distrito, debilita a la autoridad municipal.
No sería la primera vez que vivimos algo así. Cuando el exalcalde provincial, Omar Candia Aguilar, enfrentó un proceso judicial, también pedí lo mismo desde las ondas de RPP. Que dé un paso al costado mientras esperaba la decisión final de la justicia. No lo hizo.
El resultado fue una gestión distraída, marcada por obras cuestionables como la ciclovía que iba a ninguna parte o el mamarracho del intercambio vial del Bicentenario, además de una autoridad más preocupada en defenderse que en gobernar. Arequipa no necesita repetir esa historia.
Porque esto ya no es solo un problema de Yanahuara. Es un problema de toda la ciudad. Cuando un alcalde actúa con prepotencia, cuando incumple normas, cuando se burla de las críticas y convierte el diálogo en confrontación, el daño se expande. La ciudad se tensiona, se divide, se desgasta.
Entonces la pregunta deja de ser política y se vuelve ética: ¿hasta dónde debemos tolerar a una autoridad que desprecia la crítica, que relativiza la ley y que parece más interesada en demostrar poder que en ejercerlo con responsabilidad?
Bolliger aún está a tiempo de corregir. Pero corregir no es hablar más fuerte. No es desafiar. No es imponer. Corregir, en este caso, sería dar un paso al costado. Dejar que las investigaciones sigan su curso sin la presión del cargo. Recuperar, aunque sea en parte, la credibilidad perdida.
Si no lo hace, su paso por la alcaldía quedará reducido a una gestión marcada por la prepotencia, por la sospecha y por la incapacidad de escuchar. Un pie de página incómodo en la historia de un distrito que merece algo mejor que el ruido de una autoridad que confunde firmeza con arrogancia. Es mi opinión.
PD. Me genera gran bronca cuando Bolliger maltrata y se burla de mis jóvenes colegas que lo entrevistan. También fui joven y ni Vera Ballón me trató así. Era prepotente el querido “negro”, pero era, y es, respetuoso. Con su estilo, trataba de enseñar y compartir ideas. Vera Ballón, con todo lo que quieran, no se burlaba, respetaba. Me recibió en su casa a pesar de nuestras marcadas diferencias. Siempre hablamos de la práctica política de una manera distinta y alturada. Político de verdad. Bolliger les toma el pelo a mis colegas, los quiere ridiculizar, se siente el dueño de la verdad, los mira como empleados de su poder, los humilla, los grita. Solo falta que los terruquee en vivo. Mi solidaridad con ellos.
Cita
Eso es lo más inquietante: la forma. Bolliger no solo responde, descalifica. No solo defiende, se impone. En ese gesto hay algo más profundo que un error técnico, hay una manera de entender el poder.
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Cuando un alcalde actúa con prepotencia, cuando incumple normas, cuando se burla de las críticas y convierte el diálogo en confrontación, el daño se expande. La ciudad se tensiona, se divide, se desgasta.





