julio 8, 2026
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Sorprendido y halagado, se acomodó el libro de aritmética contra el pecho. Creía que por fin su severidad había sido apreciada por la tropa de ignorantes incapaces siquiera de resolver ecuaciones de primer grado.

Por: Jorge Condorcallo

El profesor era tan cruel que se había ganado la antipatía de sus alumnos; lo odiaban aún más cuando los resondraba por cualquier minucia y vociferaba duros apelativos, verdaderos coscorrones en las cabezas de sus discípulos: «inútil, bueno para nada, burro». Con cada palabra que tronaba, su dedo índice, como un puñal, picaba la frente del reprendido hasta encontrar la vergüenza.

Por eso le prepararon aquel regalo que nadie —menos él— esperaba.

—Es para usted, de parte de todos —dijo el estudiante, entregándole una caja brillante con un moño de organza en la tapa—. ¡Feliz día, profe!

Sorprendido y halagado, se acomodó el libro de aritmética contra el pecho. Creía que por fin su severidad había sido apreciada por la tropa de ignorantes incapaces siquiera de resolver ecuaciones de primer grado.

«Por lo menos reconocen el esfuerzo por enseñarles la disciplina que sus padres no saben inculcarles en casa», se ufanó.

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—¿Qué es? —esbozó una sonrisa zafia, abrió los ojos y preguntó por debajo de sus gafas.

—No sé —respondió el jovencito con un gesto de alzar los hombros y fruncir el entrecejo de su rostro ovino; y, en honor a la verdad, no lo sabía.

Los autores del plan lo habían convencido para que fuera él el mensajero del obsequio que armaron para su broma.

El tutor de tercero levantó la tapa para escudriñar el cariño de sus hijos. La alegría no cabía en su rostro y percibió con el tacto, sin alcanzar a comprender aquello, el cosquilleo de la mecha encendida.

«Será la vela de chispas de mi torta favorita: vainilla con mermelada de fresa», imaginó con emoción.

Qué pasaba por la cabeza de los chiquillos. Quizá, en su entendimiento afectado por los videojuegos y los retos de Instagram, no podía ocurrir un acontecimiento de tal dimensión… o quizá lo midieron con las entrañas y sí querían darle la peor lección de su vida.

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—Que lo abra, que lo abra… —cantaban en coro y sin malicia cuando…

¡Kabooom!

La fuerza de la detonación lanzó al hombre como un barril contra la puerta, que se combó. Con pasmosa reacción recogió la manga empapada, hecha jirones.

En una exhalación brotó la pregunta autoritaria, que se quebró por el miedo de que el inverosímil accidente no fuera solo una pesadilla por la comida pesada de la cena.

—Malditos, ¿qué hicieron? —gimió—. ¿Dónde está mi mano? ¿Dónde?

Los alumnos, en sus carpetas —culpables y cómplices—, no se movieron, porque eso que buscaba el profesor con desesperación había volado al dintel, a convivir con el cuadro del Corazón de Jesús.

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Desde allí, la parte odiada con el alma, o lo que quedaba de ella, señalaba con el dedo reventado lo que la mala broma había ocasionado.

—¿Dónde está? —reclamó el mutilado en un chillido.

Ante el llamado, la mano se despegó del marco y cayó para golpear la cabeza del profe en un gesto del azar que completaba la venganza de los escolares.

Solo entonces, la delegada de la clase vomitó el grito de auxilio imposible de escuchar porque en cada salón del colegio se celebraba con ruidosa algarabía el Día del Maestro.

Cita

En una exhalación brotó la pregunta autoritaria, que se quebró por el miedo de que el inverosímil accidente no fuera solo una pesadilla por la comida pesada de la cena.

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