Las críticas contra Sergio Bolliger Marroquín se intensifican por el reemplazo de adoquines históricos en Yanahuara. Se cuestiona la falta de diálogo y el posible daño al patrimonio en una zona vinculada al Centro Histórico de Arequipa.
Parece que Sergio Bolliger ha decidido hacer de la confrontación su forma de gestión. No se trata solo de una percepción aislada, sino de un patrón: respuestas altaneras, rechazo a la crítica —incluso cuando es técnica o bien fundamentada— y una insistencia que bordea la obstinación cuando se trata de imponer decisiones.
El problema no es menor. Gobernar no es imponer, es escuchar. Una autoridad que no construye consensos termina gobernando contra su propia comunidad. Y eso es precisamente lo que parece estar ocurriendo.
El caso de los adoquines en la zona de La Recoleta lo evidencia con claridad. La decisión de reemplazar piedra histórica por concreto no solo es técnica, también es simbólica. No se trata únicamente de materiales, sino de identidad urbana y memoria colectiva. Argumentar que los adoquines están deteriorados podría ser válido si no existieran ejemplos cercanos que demuestran lo contrario, como el mantenimiento realizado en el óvalo Grau, donde se reutilizó material incluso más antiguo con resultados satisfactorios.
Aquí surge la contradicción: si es posible recuperar y reutilizar en un punto, ¿por qué no en otro?
Más preocupante aún es la forma en que se ejecuta la intervención. Según lo observado, los adoquines han sido retirados sin el cuidado que exige su valor patrimonial, transportados sin criterios de conservación y arrojados en espacios municipales sin protección. Esto no es solo descuido operativo, es desinterés por el patrimonio.
El rol del Ministerio de Cultura también queda bajo cuestionamiento. Su función no es avalar decisiones polémicas sin supervisión rigurosa, sino garantizar que cualquier intervención en zonas históricas respete estándares de conservación. Si hubo autorización, corresponde preguntarse bajo qué criterios y con qué nivel de fiscalización.
Lo más llamativo, sin embargo, es el silencio. Ante la controversia, no hay explicaciones claras, ni rectificaciones, ni intentos de diálogo. Y cuando la autoridad no explica, lo que crece es la desconfianza.
Este no es solo un debate sobre adoquines. Es un reflejo de cómo se toman decisiones públicas: sin transparencia, sin consenso y, en este caso, con una terquedad que puede terminar teniendo consecuencias mayores.
Porque cuando el patrimonio se interviene sin criterio, lo que se pierde no es solo piedra. Es historia.
CITA
“Si no escucha a la ciudadanía, la obra deja de ser progreso y se vuelve imposición”.
CIFRA
3 años de gestión marcados por controversias en decisiones urbanas.
DATO
El óvalo Grau fue intervenido reutilizando adoquines históricos sin reemplazarlos por concreto.









