Por: Jorge Condorcallo
Con el carmín de sus labios en mi boca, caminábamos bajo una noche de misterio. Un pedazo de luna nos acompañaba. El frío no había logrado acobardarme; guardaba las manos en los bolsillos y no dejaba de pensar en las ganas que tenía de darle el segundo beso al llegar a la esquina.
Entonces, en un asalto insospechado de su imaginación, me puso en una encrucijada de vida o muerte y, sin darme tiempo para defenderme, dijo:
—Debo confesarte, en esta hora crucial, algo que no te dije: soy un fantasma.
Y se deslizó entre las sombras del ramaje que formaban un arco.
—Piensa: estuviste con un fantasma, una penitencia ardiente que no sabe adónde ir y, peor, no sabe de dónde viene.
A esa hora, y con el alboroto que había en mi cabeza por esa tarde de fiesta, podía creerle todo: que fuera una condenada del más allá o simplemente la chica que me gustaba.
Caminaba con el garbo de sus zapatos altos y su melena despampanante, dueña del largo pasillo de geranios y postes de luz. Cuando un temerario gato se atravesó en su camino, lo hipnotizó con un maullido. Conocía el lenguaje de aquellas mágicas criaturas aliadas de las brujas, y su conjuro melodioso trepó por las paredes hasta las ventanas donde se proyectaban los sueños de los niños inocentes.
—Estoy muerta. ¿No te das cuenta? Mi corazón no late, no respiro, estoy pálida… Muerta de verdad…
Para que su confesión produjera el efecto que buscaba, me tomó de la mano por sorpresa. Sentí su piel de losa y, enseguida, sus labios de hielo rozaron mi mejilla con un beso acusador por la profanación que, sin saber, había cometido. No supe si fue por el vino que habíamos bebido o por el auténtico hechizo que pronunciaba su cuerpo, pero un miedo profundo se clavó en mi pecho.
—Te llevaré conmigo a donde los huesos se cuecen hasta romperse… —dijo con el fervor de las canciones que escuchaba obsesivamente.
Su sonrisa maliciosa partió la oscuridad como una guillotina al caer sobre el cuello de una reina. Parecía flotar sobre la vereda y su sombra se alargaba aún más sobre las paredes pintarrajeadas de groserías del colegio de las Señoritas Inmaculadas.
—¿Me escribirás un poema triste? Uno sobre cómo conociste a una fantasma, la confundiste con una mujer de carne y amaste su cadáver, tan helado en sus entrañas que su aliento de ultratumba congeló tu corazón.
Abanicó provocaciones con sus pestañas. Disfrutaba la travesura y, feliz en su hazaña, quiso alejarse de mí con un salto de sus largas piernas. Pero atrapé su cintura como a una paloma y debió de pensar que me vengaría con el brío de un vampiro sediento de amor. Era mi derecho.
En vez de castigarla en el juego que iniciamos desde que nos conocimos, me incliné ante ella, apoyé una rodilla sobre el asfalto, abrí un estuche fantástico, le ofrecí una sortija invisible. Ella la observó encantada, como si realmente pudiera verla.
Entonces ensayé, por primera vez, la declaración dictada por mi deseo con cuernos:
—Amiga, usted, viva o muerta, real o no… ¿Aceptaría hundirse en el infierno conmigo esta noche?
Se hizo un silencio de un siglo. Nadie habría esperado una proposición semejante.
La palidez se borró de su rostro. Volvieron los colores a su vida. Sus labios se pintaron de asombro, sus párpados de arcoíris y todas las rosas de los cementerios se amontonaron en sus mejillas. Un taxi pasó haciendo una bulla de celebración. Solo él y los demonios que, quizá, habrán de seguirnos por siempre, fueron testigos de aquella escena en la que una fantasma de cuento de terror dejó de serlo y se sonrojó.
Creo que dijo que sí; lo susurró, como quien reza entre las sombras el secreto de su alma.
La abracé y acaricié como si no hubiera un mañana, y huimos hacia donde no pudieran encontrarnos la culpa ni la madrugada. Nos perdimos y nos enredamos en promesas y clamores, como cirios en un templo abandonado.
Me maldijo, me bendijo.
Y doy fe de que aquella mujer sí era una aparición, una visión, un fantasma, porque, al volver el día y la rutina de estudiante, solo podía pensar en ella durante mis clases, en sus ojos negros insondables y en volver a caer en su abrazo, donde se revolvían ángeles y demonios. Solo anhelaba volver a morir juntos por toda una eternidad.
—Amiga, usted, viva o muerta, real o no… ¿Aceptaría hundirse en el infierno conmigo esta noche?
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