Cultura

Planeta cadáver: Amor sincero

Jorge Condorcallo/Columnista

Miguel y Marta, en su cuarto San Valentín, que también es el tercer aniversario de su idilio, se sentaron uno al lado del otro en la mágica banca en la que se enamoraron con mimos y promesas, la misma que algunas veces está libre y otras, ocupada; en las vacaciones de verano de ella se cuelgan los niños y la alegría es un derroche de risas.

—Mi vida, vamos a contarnos el secreto que no nos hemos dicho aún; confesemos el alma, porque quiero que la honestidad sea la insignia de nuestro amor. —Se juraron verdad, ingenuos.

—Mi amor, entre nosotros no hay ni habrá misterios ni mentiras, jamás; quiero que seamos transparentes como el agua. —Asintieron, se dedicaron un beso grande que ahuyentó a los gorriones de las ramas, para darse valor, y se agarraron de las manos con fuerza de imploración, tan decididos como resignados a su destino.

—Bueno —empezó Marta—. ¿Te acuerdas de ese amigo que me molestaba mucho, con el que me celabas porque hablaba mucho con él y me llamaba por teléfono, el fulano? Pues sí, pasó algo… no fue importante, sucedió y ya; fue en la fiesta de aniversario de mi instituto, tomé un poquito de más, no me recogiste, tenías que trabajar, ¿recuerdas?

El acuerdo que pactaron para la ceremonia consistía en no exigir detalles, y Miguel se quedó pensando en ese “algo” que fue desolándolo en el parque de columpios soleados. Marta, por el contrario, se sentía liberada y se alzó triunfal porque había limpiado su conciencia de esa culpa que algunas noches la inquietaba: qué transparencia.

—Bien —era el turno de Miguel—. ¿Recuerdas a la fulana, la de mi trabajo? Me decías que hablaba mucho de ella; pues sí, me enamoré con locura de esa flaca: me entendía, hablábamos de todo; además, es bonita, todos quieren estar con ella. Le declaré mi amor, iba a dejarte, pero ella tiene flaco y lo quiere; me choteó con roche. Por eso estaba medio depre un tiempo.

Miguel suspiró con pena y comprendió el valor terapéutico de ser franco. El acuerdo, recuerda el acuerdo, y Marta se quedó fingiendo una sonrisa de consentimiento que no encajaba en su rostro. ¡Qué valor!

Los dos se miraron, se examinaron en silencio por un rato, hasta que el alboroto de los infantes que perseguían una pelota de colores los despertó de sus reflexiones.

Él la abrazó sin cariño, sin deseo de tocarla, y ella se acurrucó en su costado con dudas, sin ganas de quedarse ahí una vida.

Se recompusieron de las confidencias, se acomodaron los cabellos, los pliegues de la camisa, la blusa y la cartera. Quedaron en encontrarse más tarde y celebrar el día del amor, de su amor sincero; se levantaron de su reino, se dieron un beso que no era el mismo de ayer ni sería el mismo de mañana y abandonaron la banca de su historia por distintas veredas. La dejaron libre para los niños o para que otro amor la anide.

Claudia Beltran

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