Cada vez que en los medios limeños se acusa a políticos y empresarios de vivir desconectados de la realidad, desde las regiones no nos queda más que esbozar una sonrisa incómoda. Esa desconexión también atraviesa al propio periodismo capitalino.
Por: Jorge Turpo Rivas
Cada vez que en los medios limeños se acusa a políticos y empresarios de vivir desconectados de la realidad, desde las regiones no nos queda más que esbozar una sonrisa incómoda. Porque esa desconexión también atraviesa al propio periodismo capitalino. No es una exageración ni un arrebato regionalista, es una constatación diaria de agenda, enfoque y prioridades.
En Lima, desde hace días, los noticieros y los podcasts informativos concentran sus coberturas en dos temas: 1) el crimen contra la deportista Lizeth Marzano, atropellada por un conductor irresponsable, un hecho grave que exige justicia, no cabe duda. 2) el análisis y reanálisis del nuevo gabinete ministerial. Paneles, especiales, mesas de análisis, perfiles, antecedentes, escándalos reciclados. Horas y horas de pantalla. Y ahora se suma el sismo de magnitud 5.0. Lo que para nosotros es un simple temblorcito, para ellos adquiere características de un cataclismo.
Mientras tanto, en las regiones ocurren tragedias reales, urgentes y palpables que apenas reciben 20 o 30 segundos al final del bloque informativo.
En Arequipa, por ejemplo, la emergencia por lluvias ha dejado seis fallecidos y centenares de familias que lo han perdido todo.
Seis muertos. Pero para el centralismo mediático parecen no existir. No hay enviados especiales permanentes, no hay debates en horario estelar, no hay especiales dominicales que indaguen responsabilidades o soluciones. Apenas menciones de paso, como si se tratara de notas de relleno.
Esta desproporción no es casual: responde a una lógica de mirada corta que reduce el país a los distritos de siempre: Miraflores, San Isidro y La Molina. Como si allí terminara el Perú. Desde ese ombligo geográfico y simbólico se decide qué es noticia nacional y qué es “regional”.
Lo “regional” casi siempre es tratado como accesorio, periférico, secundario. Como si el dolor fuera menos dolor cuando ocurre fuera de la capital.
El problema no es solo de cobertura, sino de comprensión del país de los colegas. Cuando hablan de noticias regionales dicen: “ahora vamos a provincias”. O lo que es peor: “vamos al interior del país”. Eso delata una visión jerárquica: Lima como centro y el resto como periferia difusa. ¿Interior de qué?, ¿provincia de quién? Somos regiones con historia, con dinámicas políticas propias, con conflictos sociales que muchas veces anticipan lo que luego ocurre a escala nacional.
El ejemplo más claro lo vivimos hace pocos años. La irrupción de Pedro Castillo no fue un rayo caído del cielo limeño, fue el reflejo de procesos políticos incubados en regiones largamente ignoradas.
Algo similar ocurrió en Arequipa con el fenómeno de candidatos antisistema y desorbitados como Cáceres Lilca que muchos medios de la capital desestimaron como anécdotas locales. Cuando el periodismo se desconecta de la realidad regional, luego se sorprende por los resultados electorales que esa misma desconexión ayudó a gestar.
Hoy sucede algo parecido. Mientras Lima debate la idoneidad moral de ministros, en Arequipa la campaña electoral está prácticamente congelada. Nadie habla de mítines ni de propuestas porque la gente está ocupada sobreviviendo a la emergencia: limpiando barro, buscando a sus muertos, tratando de reconstruir lo perdido. Esa es la agenda real del país profundo, pero no la agenda dominante en los sets de televisión o de medios digitales capitalinos.
Nadie discute que el crimen contra la deportista merece justicia y cobertura exhaustiva. Lo que se cuestiona es la incapacidad de mirar más allá de la capital para entender que, simultáneamente, existen otras tragedias que también son nacionales. El periodismo debería ser capaz de sostener varias urgencias a la vez, no de elegir una sola según su proximidad geográfica o su impacto en redes sociales.
Porque cuando los medios limeños se miran demasiado el ombligo, terminan construyendo un país ficticio. Uno donde las crisis se concentran en la capital y donde las regiones aparecen solo como escenarios esporádicos de desastres o folclore.
Ese Perú recortado no explica el malestar acumulado, ni la desconfianza hacia las instituciones, ni la constante aparición de liderazgos disruptivos que luego desconciertan a la propia prensa que los ignoró.
El centralismo informativo no es solo una falla editorial; es un problema político. Alimenta la sensación, cada vez más extendida, de que hay ciudadanos de primera y de segunda categoría según su código postal. Esa percepción erosiona la idea misma de nación compartida.
Si el periodismo de Lima quiere realmente contribuir a entender el país, tendrá que dejar de hablar únicamente desde Lima y empezar a escuchar en serio a las regiones. No como corresponsalías ocasionales, sino como parte central de la agenda. De lo contrario, que no se sorprendan cuando el Perú vuelva a votar contra el Perú que se ve en sus pantallas.
Porque mientras algunos estudios televisivos siguen debatiendo nombres y escándalos de gabinete, en Arequipa hay familias que aún duermen sobre el barro y seis muertos que casi nadie recuerda. Un país que no se mira en todos sus espejos corre el riesgo de no reconocerse nunca.









