Los retos de las manos que tallan la Cuidad Blanca

Mientras Arequipa descansa en su identidad de piedra volcánica, sus artesanos enfrentan un avance constante al olvido, la falta de vitrinas donde exponer sus trabajos, la enfermedad de silicosis que se lleva a los más viejos y un mercado que mira más el turista.

Los estudios geológicos han denominado al sillar como “Ignimbrita Aeropuerto de Arequipa” porque esta roca se encuentra en casi toda la depresión de Arequipa.

Entre las historias que relatan el por qué del nombre característico de nuestra “Ciudad Blanca”, una de las más resaltantes es por el sillar que la sostiene, pero esa blancura ya no brilla como antes. Hoy, los talladores de esa piedra pelean por un espacio donde mostrar lo que nace de sus manos. No hay ferias estables, las plazas cierran sus puertas a los oficios manuales y el arequipeño pasa de largo, mientras el extranjero compra el recuerdo de una cultura que esta urbe parece haber externalizado. 

Detrás de cada figura pulida, unas manos callosas, convierten las piedras ásperas en historias que piden ser escuchadas. La materia prima se extrae bajo un sol que no perdona, entre nubes de polvo silencioso que se cuelan en los pulmones. La silicosis (enfermedad pulmonar) es la sombra que camina con ellos, un tributo invisible. No es un oficio romántico; es un acto de resistencia. Y, sin embargo, de ese esfuerzo nacen piezas que parecen respirar, como si la piedra misma hubiera pedido ser trabajada.

Wilfredo Gómez no nació con un cincel en la mano, sino con un ladrillo. Durante años, el andamiaje y el concreto fueron su paisaje, hasta que buscó otro ritmo. Autodidacta por necesidad, tomó un curso intensivo de un mes que le enseñó el trazo y los cánones; el resto lo aprendió a pulso, golpe a golpe. En 2017, en su primer concurso, estuvo a un paso de abandonarlo. Su obra apenas comenzaba cuando los demás ya avanzaban; pensó en volver a la construcción, donde el día su jornada era pagada a diario.

Wilfredo Gomez, de 37 años, comenzo en la escultura de Sillar a los 25

No obstante, una amiga, como caída del cielo, le devolvió la esperanza, le susurró que el jurado quizás pueda ver lo que él aún no percibía. Regresó. Quedó décimo entre 40, y de ese décimo lugar nació la semilla de sus siguientes premios. Hoy, sus dos hijas que aprecian sus manos que hacen bellas obras, Wilfredo vive del arte. No necesita un título para saber que la paciencia es un cincel más.

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Su historia contrasta con la de Jaime Hullapa Aguilar, quien llegó al sillar tras un desvío académico que cambió su brújula. Estudió Biología, pero la curiosidad por la forma de las cosas lo llevó a la Escuela Nacional de Arte Carlos Baca Flor. La escultura dejó de ser un pasatiempo para convertirse en oficio. Hace diez años pisó la Ruta del Sillar y parece no haber salido de allí. Su formación le dio rigor: domina el desbaste, la anatomía y la proporción, pero es la pasión la que le pone el ritmo.

Jaime trabaja formatos grandes, compite en concursos de arena y piedra y ha aprendido a blindarse del polvo con mascarillas y lentes, consciente de que la silicosis no perdona. “No me imaginé vivir del arte”, confiesa, pero la vida, a veces, responde a lo que el corazón ya había decidido. Su taller no es solo un lugar de trabajo; es un aula donde la piedra y la disciplina dialogan.

Abel Arana Álvarez lleva 22 años escuchando el sonido del sillar. Su camino trazado por un familiar, despegó gracias a su mente inquieta, estudió Mecánica de Producción e intentó la carrera de Arquitectura. Esa mezcla de oficios y técnica lo llevó a mecanizar el tallado, un torno que él mismo adaptó reduciendo jornadas de días a horas.

“Ahora casi el cien por ciento usa máquina”, reconoció. Abel es proveedor y artesano a la vez, Dirige un taller con siete empleados, aprovecha hasta el desperdicio y sueña con abrir «La Casa del Sillar”, un espacio donde no solo se venda la piedra, sino que se entienda. Sabe que la identidad arequipeña se está diluyendo, que la juventud prefiere lo rápido y lo barato, pero su negocio es un puente entre lo ancestral y lo contemporáneo. No vende solo enchapes, vende memoria.

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No es un oficio solo de hombres

En un oficio donde la fuerza suele asociarse a manos masculinas, Maricarla Feria Miranda talló su lugar con una licenciatura en Administración Industrial y la herencia de varias generaciones canteras. Su padre, con más de cuarenta años entre el polvo blanco, residuo del trabajo constante, le enseñó desde los 7 años a mirar la piedra no como un bloque, sino como un lienzo. Durante la pandemia, cuando el mundo se detuvo, ella y su familia giraron el rumbo para pasar de la cantera tradicional al arte y al turismo. 

Maricarla Feria tiene 2 hijas, las cuales ya estan aprendiendo a tallar.

Hoy vive en la Ruta del Sillar, con más de 30 esculturas y un taller que es refugio y negocio. Maricarla sabe que la silicosis se llevó a muchos canteros y que el mercado local duerme mientras el extranjero compra. “Los padres canteros quieren hijos profesionales”, dice, “para que no sufran como nosotros”. Ella logró salir de ese espacio, pero volvió por voluntad propia; no por obligación, sino por convicción. Sus ferias son batallas por visibilidad; mientras que sus piezas se convierten en mensajes que buscan en los ciudadanos de Arequipa reconocer su propio espejo de piedra.

A sus 33 años, Víctor Peña Villalobos es el más joven de este grupo. Su historia pesa casi tanto como las piedras con las que trabaja. Desde los 19, su vida transcurrió entre empresas mineras y de construcción, con las manos curtidas por el concreto. Buscando un horizonte más estable y como bien se dice “papelito manda”, entró a la Escuela-Taller de Arequipa, donde estudia Albañilería y Cantería para la Restauración. Solo lleva dos meses, pero ya se inscribió en un concurso. Aunque no haya ganado se va con la idea de ver a todos los artesanos que al igual que él buscan en el arte un espacio de trabajo.

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Tiene una hija de cinco años y una meta clara, profesionalizarse para ser independiente, fabricar morteros y molinillos, o tallar esculturas. “Quería trabajar en la ciudad, pero sin cartón no te dan oportunidad”, explicó. Víctor no abandona el oficio manual, lo eleva. En sus manos, la cantería deja de ser solo fuerza y espera convertir ello en técnica, patrimonio y futuro.

El sillar, material con el que se elevaron las casonas de la Ciudad Blanca, necesita voces que lo sostengan, que lo tallen. Estos artesanos no trabajan para el olvido, sino para que Arequipa no se vuelva solo un nombre en las postales. Cada respiración que amenaza en convertirse en silicosis, cada feria, cada piedra arrancada de las canteras, es el precio de mantener viva una cultura que se resiste a ser musealizada. 

Citas:

«Día que trabajan, día que llevan algo a casa. Día que no trabajan, día que no tienen nada», Maricarla Feria

«Tratamos de sacar el máximo provecho a cada material; hasta los desperdicios los convertimos en artesanías», Abel Arana Álvarez

«En esta carrera es como ser pintor: casi no tienes trabajo constante, haces tus mejores obras y a veces nadie las compra», Wilfredo Gómez

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