Por: Jorge Condorcallo
Existe un santuario de fango que ha modelado la mano de la naturaleza, el sitio de los ritos está junto a un molle chamuscado. En este lugar de encantamiento se congregan los gatos del pueblo para mirar enajenados un charco que, por las filtraciones de las acequias, jamás se seca.
Las colas de los fieles de esta secta se balancean atentas a los preceptos y sus caderas de terciopelo ocultan el misterio de sus inverosímiles reuniones; los vecinos los dejan hacer con respeto y pasan de largo, algunos se persignan y echan un padrenuestro con dirección al templo de los franciscanos.
Me cautivó su orden e intenté sorprenderlos para descubrir lo que veían en la claridad del agua que los convocaba, pero ellos, al percibirme cerca de su reunión, saltaban, corrían y la magia, si había una, acababa en el chapoteo.
No me rendí, así que, con paciencia y sigilo, durante semanas, fui avanzando al círculo y los felinos asustados postergaban sus tratos y me mataban con sus ojos de candela por interrumpir sus invocaciones. Seguía tras ellos con perseverancia y en el mes de la Santa Virgen de la Asunta aceptaron que hiciera la guardia a su asamblea, aunque percibía sus miradas de reojo llenas de menosprecio.
“Es el momento”, pensé en el último sábado de octubre, di un paso más, el decisivo, y huyeron, entre maullidos y maldiciones. Me hubiese rendido por el tiempo que había perdido, pero los gatos y yo teníamos algo en común que nos emparentaba: la curiosidad, la innata curiosidad.
No volví a desobedecer y sobrepasar el límite que establecieron, respeté el permiso que me habían otorgado para observarlos a distancia, esperé el consentimiento con el estoicismo de monje tibetano hasta que noviembre tocó el calendario. Un año entero en pos de su secreto.
Aquella noche ocupé mi posición para ver las nueve colas pendulares, en trance, otra vez, ronroneaban la cábala de sus ancestros. Sin desatender lo que miraban, se juntaron más sus nueve cuerpos de algodón sobre elásticos músculos hasta dejar un espacio para mí, una vacante en su sociedad lunar.
Me aceptaron.
Avancé con emoción indescriptible, me arrodillé, me junté a ellos y me asomé para ver los fascinantes enigmas revelados en el agua transparente.
¡Nada!
¡Qué decepción! No había otro mundo en esa ventana mística que oteaba y olfateaba ansioso.
Era solo un charco como cualquier otro que esa noche eterna brillaba por la luz de la luna que giraba en el cielo. El agua era un espejo trémulo en el que se reflejaban las cabezas redondas, de orejas puntiagudas, de diez gatos bigotudos.
Cita
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