Subversónico | Taxonomías ilusorias en la música y la política: ni salseros ni rockeros, ni izquierdistas ni derechistas

La analogía con el gusto musical se vuelve entonces inevitable, del mismo modo que el oyente puede afirmar que le gusta el rock mientras consume pop, balada o electrónica, el ciudadano puede declararse de izquierda y sostener posiciones económicas conservadoras.

Por: Víctor Miranda Ormachea

La oposición entre salseros y rockeros ha sobrevivido como una ficción cultural útil para simplificar el mapa social, del mismo modo que la oposición entre izquierdistas y derechistas persiste como atajo cognitivo para clasificar posiciones políticas que, examinadas con rigor, carecen de coherencia interna. Ambas dicotomías operan como etiquetas de baja resolución, herramientas lingüísticas que permiten ordenar la conversación cotidiana sin describir con precisión la realidad que pretenden capturar. Cuando esas etiquetas se toman como identidades sustantivas, surge una ilusión clasificatoria que transforma diferencias difusas en bloques supuestamente definidos, aun cuando la evidencia empírica disponible apunta en sentido contrario: ni las preferencias musicales de las masas ni sus posiciones políticas constituyen sistemas estructurados, estables o conceptualmente articulados.

El problema comienza con la propia noción de lo que es un género musical. La investigación sobre percepción y uso de etiquetas musicales muestra que los oyentes comunes no manejan categorías con precisión ni comparten criterios estables para identificarlas. El estudio “Perceived Utility of Musical Genre Labels for the Evaluation of Musical Tastes” (Romain Brisson y Renzo Bianchi, 2021) examinó a cientos de estudiantes y concluyó que la fiabilidad de las etiquetas de género para describir gustos musicales es limitada, ya que los participantes no podían evaluar sus preferencias con claridad usando esas categorías. Investigaciones posteriores sobre identificación de géneros en adolescentes, como “Musical Genre Identification in Adolescents: An Exploratory Study” (Romain Brisson, 2023), confirmaron que reconocer estilos musicales resulta una tarea difícil para la mayoría y que la capacidad depende fuertemente del contexto social y del entrenamiento musical, lo que vuelve engañosa cualquier clasificación basada en géneros. Esta dificultad no es marginal, sino que implica que la categoría misma carece de estabilidad perceptiva en el público general, el oyente común no distingue con precisión estructuras armónicas, patrones rítmicos, timbres o genealogías estilísticas, y por ello la etiqueta que emplea no describe rasgos técnicos sino asociaciones difusas, recuerdos mediáticos o hábitos de consumo.

La literatura sobre percepción musical refuerza esta idea desde otro ángulo; experimentos con oyentes sin formación muestran que la discriminación de altura, ritmo y organización tonal se modifica significativamente con el entrenamiento, lo que implica que la escucha analítica no es una capacidad universal sino una habilidad adquirida, como expone “Musical Pitch Perception and Categorization in Listeners With No Musical Training Experience” (Jie Liang, Fen Zhang, Wenshu Liu, Zilong Li, Keke Yu, Yi Ding, Ruiming Wang, 2024). Otros estudios sobre expertise estilística indican además que la percepción temporal y la sincronización auditiva se vuelven más precisas únicamente cuando el oyente ha desarrollado familiaridad con un estilo concreto, lo que sugiere que la comprensión de los rasgos distintivos de un género depende de aprendizaje prolongado y no de intuición espontánea, como demuestra “Does It Sound Familiar? Genre-Specific Experience Modulates Temporal Perception and Micro-Timing Synchronization” (Anne Danielsen, Kjetil Nymoen, Martin Torvik Langerød et al., 2022). El resultado es una brecha entre la clasificación técnica y la clasificación cotidiana, mientras el musicólogo distingue arquitecturas sonoras, el oyente promedio responde a impresiones globales, a veces incapaces de diferenciar estilos que para el especialista resultan divergentes, en ese escenario, declararse salsero o rockero describe más una identificación cultural que una preferencia auditiva rigurosamente delimitada.

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La política de masas presenta una estructura sorprendentemente similar. El estudio clásico “The Nature of Belief Systems in Mass Publics” de Philip Converse (1964) demostró que la mayoría del público no posee sistemas ideológicos coherentes y que las opiniones políticas cambian de forma inestable, con escasa conexión lógica entre temas distintos; en su análisis de encuestas longitudinales, solo una minoría empleaba principios abstractos para organizar sus posiciones, mientras el resto respondía con patrones inconsistentes que variaban incluso en intervalos breves. La implicancia de esto es contundente: la población no piensa en términos de izquierda y derecha con la coherencia conceptual que esas categorías suponen, y eso sucede porque las etiquetas ideológicas pertenecen a élites políticas e intelectuales; el público las adopta de forma fragmentaria, mezclando posturas incompatibles sin advertir la contradicción, consecuentemente, la ideología, en la práctica, funciona como una identidad superficial más que como un sistema doctrinario.

Investigaciones posteriores como “The Changing Nature of Mass Belief Systems: The Rise of Concept and Policy Ideologues” (Martin P. Wattenberg, 2019) han matizado pero no revertido ese diagnóstico y estudios contemporáneos indican que el número de votantes ideológicamente coherentes sigue siendo reducido y que las preferencias políticas suelen organizarse alrededor de identidades partidarias, emociones o percepciones de interés inmediato. La psicología cognitiva ha reforzado esta lectura al mostrar que los individuos utilizan atajos mentales para formar opiniones políticas complejas, fenómeno documentado en “The Rationalizing Voter” (2013), de Milton Lodge y Charles Taber, donde se evidencia que los ciudadanos no razonan ideológicamente sino que justifican intuiciones previas mediante razonamiento motivado, en la misma línea, la neurociencia, en “The Political Brain” (2007), de Drew Westen mostró mediante estudios de neuroimagen que las decisiones políticas activan circuitos emocionales antes que regiones asociadas al razonamiento analítico, lo que sugiere que la ideología declarada suele ser posterior a la reacción afectiva.

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La analogía con el gusto musical se vuelve entonces inevitable, del mismo modo que el oyente puede afirmar que le gusta el rock mientras consume indistintamente pop, balada o electrónica, el ciudadano puede declararse de izquierda y sostener posiciones económicas conservadoras o adoptar demandas redistributivas mientras defiende políticas restrictivas en otros ámbitos, no se trata de incoherencia individual sino de la estructura misma del pensamiento de masas, donde las creencias no forman sistemas sino mosaicos contingentes, este fenómeno se intensifica cuando se observa el comportamiento de los propios artistas y actores políticos, las bandas que se autodefinen dentro de un género no necesariamente exhiben rasgos formales que justifiquen esa adscripción, y las organizaciones políticas que se proclaman ideológicamente definidas rara vez sostienen doctrinas consistentes. La etiqueta funciona como estrategia de posicionamiento más que como descripción analítica y la historia del mercado musical está llena de agrupaciones que adoptaron denominaciones convenientes en momentos específicos, del mismo modo en que los partidos se alinean con etiquetas ideológicas según la coyuntura y conveniencia, por su parte, el público, sin herramientas para evaluar esas afirmaciones, reproduce la clasificación sin cuestionarla y se convierte en un circuito de retroalimentación donde la etiqueta produce la identidad que en realidad debería describir.

Estudios sobre gustos musicales, como “You Don’t Know a Person(’s Taste) When You Only Know Which Genre They Like” (Siebrasse y Wald-Fuhrmann, 2023), confirman que las preferencias individuales no se ajustan a bloques cerrados, los estudios basados en escalas estandarizadas muestran que los oyentes combinan estilos heterogéneos y que conocer el género preferido de una persona resulta insuficiente para describir su comportamiento musical. El consumo contemporáneo, mediado por plataformas digitales, refuerza esa mezcla, las playlists algorítmicas diluyen fronteras estilísticas y exponen a los oyentes a repertorios diversos, reduciendo aún más la plausibilidad de identidades musicales puristas, así, la figura del individuo exclusivamente salsero o exclusivamente rockero pertenece más a la retórica cultural que a la práctica cotidiana.

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La política repite esa misma lógica híbrida. Los votantes combinan posiciones según experiencias personales, influencias mediáticas o percepciones coyunturales, la adhesión ideológica rígida exige un nivel de lectura, interpretación y coherencia conceptual que rara vez se encuentra fuera de círculos especializados, el ciudadano promedio no ha leído textos doctrinarios ni los necesita para decidir su voto; del mismo modo, el oyente promedio no analiza estructuras armónicas para elegir una canción, en ambos casos, la decisión se rige por heurísticas simples: familiaridad, simpatía, utilidad emocional, identificación social, por lo que la ideología y el género musical aparecen después como etiquetas justificativas.

En consecuencia existe una simetría conceptual entre ambas dicotomias; salseros y rockeros, izquierdistas y derechistas, funcionan como categorías de simplificación que reducen la complejidad del comportamiento humano a oposiciones binarias, la evidencia empírica demuestra que las masas no operan con esas estructuras, sus preferencias musicales son mixtas, sus posiciones políticas son fluctuantes, y su comprensión de las categorías que emplean es limitada, la insistencia en esas divisiones responde más a la necesidad cultural de ordenar la conversación que a la existencia de identidades reales y cuando se examina el comportamiento concreto, las fronteras se diluyen hasta volverse irreconocibles.

Todo lo dicho, finalmente, no debe interpretarse como una afirmación de que los géneros musicales o las ideologías carezcan de significado, sino de que su función principal es descriptiva y no ontológica, sirven, básicamente, para organizar discursos especializados, para estructurar análisis académicos o para orientar estrategias de mercado. En la vida cotidiana, su uso es apenas aproximativo, la mayoría de las personas no es salsera ni rockera, ni de izquierda ni de derecha, en sentido estricto, todos somos oyentes y votantes que combinamos influencias, adoptamos etiquetas de manera provisional y modificamos nuestras preferencias según el contexto; la consabida dicotomía solamente persiste porque simplifica una realidad que, observada sin ese reduccionismo, se revela esencialmente heterogénea.

Frase

La oposición entre salseros y rockeros ha sobrevivido como una ficción cultural útil para simplificar el mapa social, del mismo modo que la oposición entre izquierdistas y derechistas persiste como atajo cognitivo.

Frase

Los votantes combinan posiciones según experiencias personales, influencias mediáticas o percepciones coyunturales, la adhesión ideológica rígida exige un nivel de lectura, interpretación y coherencia conceptual.

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