Cuando se habla de la Bienal de Venecia, es frecuente que el nombre remita casi exclusivamente al festival cinematográfico, a sus estrenos, sus premios y al desfile de estrellas por la alfombra roja, sin embargo, el Festival Internacional de Cine es solo una de las actividades de La Biennale di Venezia, institución cultural fundada en 1895 que también organiza las exposiciones internacionales de arte y arquitectura y festivales de música, teatro y danza, estas otras áreas tienen sus propias trayectorias, programas y circuitos de reconocimiento, aunque su presencia en la conversación pública resulte mucho más discreta. Una de ellas, el Festival Internacional de Música Contemporánea – conocido como Biennale Musica – celebró en octubre de 2026 su septuagésima edición (nació en 1930, dos años antes de la primera edición del Festival de Cine), bajo la dirección artística de la compositora italiana Caterina Barbieri y ofrece este año una ocasión especialmente significativa para detenerse a revisarlo: el León de Oro a la trayectoria ha recaído en Keiji Haino, músico japonés cuya obra, desarrollada durante más de medio siglo entre la improvisación radical, el ruido y la experimentación sonora, ocupa una posición singular dentro de la música contemporánea, esta decisión merece atención más allá de la carrera individual del premiado, pues afecta a la manera en que una institución histórica define aquello que considera relevante en la música contemporánea.
Haino trabaja con guitarras, voz, percusión, electrónica y una variedad de instrumentos que incluye la zanfoña, pero este inventario apenas explica lo que sucede en unas interpretaciones donde la distorsión adquiere densidad física, la voz se somete a registros extremos que abandonan las funciones expresivas convencionales y el volumen en conjunto con el bucle producen tensiones que alteran la percepción misma de la duración. Su música exige una escucha atenta a la transformación del timbre, a la acumulación de energía y a las relaciones que surgen durante la improvisación, y la Bienal ha reconocido precisamente esa trayectoria por desarrollarse entre el noise, el free jazz, el blues, el rock, la experimentación electroacústica y el drone sin que ninguna de esas filiaciones alcance a contenerla por completo.
La dimensión institucional del León de Oro hasta hace algunos años era inequívoca, el galardón ha distinguido a figuras referenciales de la academia contemporánea como Pierre Boulez, György Kurtág, Sofia Gubaidulina, Steve Reich, Kaija Saariaho, pero en las últimas décadas ha expandido su canon formal hacia fronteras periféricas reconociendo por ejemplo la heterodoxia de Keith Jarrett, distinguido en 2018 como figura fundamental del jazz y de la improvisación y por un recorrido que atravesaba repertorios distintos, o Brian Eno, en 2023, reconocido por sus aportaciones a la música electrónica, la composición generativa y la utilización del estudio como instrumento. Estos antecedentes impiden describir la historia del premio como una fortaleza académica que Haino haya sido el primero en franquear, pero su elección posee una singularidad propia al situar en el centro de la ceremonia a un músico cuya práctica procede de circuitos extremos y underground y cuya obra difícilmente podría confundirse con la tradición de la música de concierto.
La importancia de este acontecimiento se entiende mejor cuando se distingue la destreza musical de sus manifestaciones más reconocibles, pues el dominio instrumental, la precisión de una ejecución y la complejidad de una partitura son criterios legítimos pero insuficientes para valorar la totalidad de las prácticas musicales. En la improvisación radical intervienen exigencias distintas que obligan a administrar la intensidad, reconocer las posibilidades tímbricas de un instrumento, responder a los cambios que introduce otro intérprete y sostener una forma temporal sin depender de una partitura convencional. Nada de ello convierte cualquier acumulación de ruido en una obra valiosa; la experimentación también produce fórmulas, ocurrencias y resultados fallidos. Haino se distancia claramente de estas deficiencias; su obra merece ser escuchada por lo que hace con sus materiales, por cómo construye tensión y transforma el sonido, y no por una presunta superioridad de lo radical sobre lo académico.
La historia de la vanguardia ofrece antecedentes suficientes para situar esta práctica, especialmente desde que John Cage cuestionó las fronteras entre sonido musical, silencio y azar, o desde que Morton Feldman alteró las expectativas sobre el desarrollo formal mediante la repetición, la duración y una atención extrema a la textura. La improvisación libre, la música concreta, la electrónica experimental y las distintas tradiciones del drone ampliaron después las posibilidades de organizar el material sonoro, instaurando un territorio al que Haino pertenece y que no puede explicarse únicamente desde la evolución de la composición escrita, aunque mantenga relaciones con ella; su reconocimiento institucional otorga visibilidad a esa historia y a sus criterios de elaboración, los cuales durante mucho tiempo circularon principalmente en sellos independientes, espacios alternativos y redes de músicos especializados.
La edición de 2026 de la Bienal reconoce también a Sarah Davachi con el León de Plata, una compositora y organista canadiense que lleva década y media desarrollando una obra centrada en el timbre, la duración, la afinación y la percepción. Sus composiciones se sostienen en órganos, instrumentos electrónicos analógicos y conjuntos acústicos mediante transformaciones armónicas que pueden desarrollarse con tal lentitud que la escucha debe adaptarse a sigilosas diferencias mínimas en su desarrollo. La Bienal ha destacado su investigación de las relaciones entre las dimensiones acústicas y electrónicas, así como su diálogo con el minimalismo y la música antigua, trazando un panorama donde Haino y Davachi se expresan desde extremos sonoros diferentes: la fricción, la amplificación y la intensidad dominan la experiencia del primero, mientras que la resonancia y los cambios graduales de la segunda requieren una concentración sostenida que demuestra que la experimentación no corresponde a una estética única.
La elección de Haino y Davachi no se encuentra aislada de lo ocurrido en la edición anterior; en 2025, la Biennale Musica concedió el León de Oro a la legendaria Meredith Monk, cuya trayectoria integra composición, exploración vocal, movimiento y performance, para ampliar las posibilidades expresivas del cuerpo; en tanto que el emergente Chuquimamani-Condori recibió el León de Plata, gracias al desarrollo, recientemente visibilizada por la crítica, de una obra que combina producción electrónica, sampling, ritmos de baile y referencias a su herencia aymara, un reconocimiento sumamente relevante para la discusión sobre la apertura del canon, debido a que su trabajo introduce tradiciones indígenas y experiencias culturales específicas en una institución internacional sin reducirlas al papel de materiales folclóricos incorporados a un lenguaje occidental, ligando la experimentación contemporánea a la tecnología, la memoria cultural y la transformación de formas heredadas.
La curaduría de Caterina Barbieri ha dado continuidad a esta tendencia durante sus dos ediciones como directora artística, organizando para 2026 un programa titulado “A Child of Sound” que reúne a 130 artistas en más de cuarenta eventos con 23 obras nuevas y 18 estrenos mundiales. El programa atraviesa música de distintas épocas, composición contemporánea, electrónica, improvisación, repertorios vocales y música de baile bajo un título que propone una escucha abierta a sonidos que todavía no han sido acomodados a expectativas estilísticas previas; esta idea, que Barbieri relaciona con la capacidad infantil de explorar y jugar, puede resultar demasiado idealizada si se interpreta como una escucha libre de historia o prejuicios – puesto que ningún oyente llega a la música sin hábitos culturales – pero encuentra una expresión concreta en la diversidad de encargos, artistas y formatos reunidos en el festival.
Pero la apertura del festival no comenzó con Barbieri, ya en 2023 la edición “Micro-Music” reunió música electrónica, arte sonoro y experimentación digital con artistas como Autechre, Robert Henke, Morton Subotnick, Loraine James y Kode9, a los que siguieron en 2024 creadores como Tim Hecker, Sam Barker y Cecilia Tosh. En 2025 la programación incluyó a Actress, Suzanne Ciani, Fennesz, William Basinski, Rafael Toral, Nkisi, Moor Mother, Ecco2K y Lucy Railton, lo que prueba que no es una sola persona la que ha decidido la incorporación de estas prácticas experimentales al festival, en todo caso Barbieri ha dado continuidad a esa línea y a la convivencia programática de lenguajes que suelen circular por instituciones, escenas y públicos muy diferentes.
El caso de Kali Malone permite observar esa convergencia a través de “Trinity Form”, obra de 2023 para órgano, violonchelo y guitarra acústica tocada con arco, presentada en la Bienal junto a Lucy Railton y Stephen O’Malley, miembro de la banda de drone metal Sunn O))). La composición aprovecha la resonancia de un espacio religioso y desarrolla variaciones armónicas y tímbricas de gran lentitud, una línea que Sunn O))) prolongó en 2025 con el lanzamiento del EP “Eternity’s Pillars b/w Raise the Chalice & Reverential”, en donde las guitarras sobreamplificadas instigaron la duración y la presión sonora, y que también se hizo patente en “Blue Veil”, el trabajo solista para violonchelo de Lucy Railton del mismo año.
La edición de 2026 extiende esa diversidad hacia otras escenas como la vanguardia sonora y el ambient experimental con la participación de Kara-Lis Coverdale, Marta De Pascalis, Grand River, KMRU, Phew, Laraaji, Joy Guidry y Alif Hilal (antes conocida como Lyra Pramuk), propuestas que relacionan técnicas vocales electrónicas, percusión, música devocional y tradiciones instrumentales diversas. Por su parte, la sección de música de club global, que incorpora a figuras del techno underground como DJ Nobu junto a exponentes fundamentales de la batida de Lisboa (Nídia, DJ Firmeza, Helviofox) y del vertiginoso singeli tanzano (Jay Mitta y DJ Travella), amplía la idea de música contemporánea más allá de los auditorios y las partituras, reconociendo que las culturas de baile de la periferia global también producen lenguajes musicales con historia, técnicas complejas y criterios estéticos propios. Asimismo el festival incluye “Música Libera”, un proyecto realizado con mujeres encarceladas de la prisión de Giudecca junto a los cinco jóvenes artistas seleccionados por convocatoria para el Biennale College Musica; los talleres, coordinados por la mentora y artista Moor Mother (poeta, música y artista del colectivo Black Quantum Futurism) han desarrollado escritura, palabra hablada, escucha colectiva, grabaciones de campo e improvisaciones con sintetizadores, guitarras y cajas de ritmos cuyos resultados se presentaron como una instalación sonora activada mediante una interpretación en vivo dentro del centro penitenciario, apostando por un proceso colectivo de creación e intercambio.
La programación reciente de la Biennale Musica permite situar estas decisiones en un espectro musical amplio, en el que conviven fenómenos estéticos y circuitos de recepción bastante diferentes. Desde hace aproximadamente dos décadas se ha producido cierto auge de la música neoclásica y de determinadas formas de composición instrumental vinculadas con el posminimalismo, representadas por figuras como Max Richter, Ludovico Einaudi, Ólafur Arnalds o Nils Frahm, que han conseguido acercar estas propuestas a públicos numerosos. El festival veneciano, sin embargo, ha preferido a artistas como Suzanne Ciani, Laurie Spiegel o Christian Fennesz, así como a compositoras de generaciones posteriores, como Sarah Davachi, Kara-Lis Coverdale y Marta De Pascalis, cuyas obras comparten, en grados variables, el interés por el timbre, la repetición, la electrónica y la expansión temporal del sonido, aunque se desarrollan en territorios que abarcan desde la composición experimental hasta el ambient y la investigación electroacústica. Estas elecciones permiten examinar las distintas vertientes de la composición contemporánea que la institución incorpora a su programación, sin reducirlas a una corriente estética única ni atribuir su presencia al éxito comercial de otros compositores.
Ahora bien, aunque ciertas músicas instrumentales y electrónicas han ganado terreno, existe una gran brecha en la recepción de otras corrientes contemporáneas, el mercado es capaz de transformar lo inusual en una marca atractiva, pero lo hace filtrando los elementos que facilitan su difusión, como consecuencia, el éxito comercial de un compositor de bandas sonoras o de una pieza atmosférica no se traduce en una aceptación equivalente para propuestas como el ruido, la improvisación radical o la vanguardia. La trayectoria de muchos de los artistas mencionados en esta disertación, plantea una dificultad distinta: su reconocimiento por una institución de prestigio obliga a considerar cómo se valora una obra cuya importancia no depende de que su lenguaje se vuelva familiar para públicos amplios, y, al mismo tiempo, la legitimación institucional tampoco suprime las objeciones dirigidas contra determinadas expresiones del arte contemporáneo. En este flanco, los escarnios articulados en torno a calificativos como “hamparte” – neologismo viral popularizado por el youtuber Antonio García Villarán – evidencian una flagrante indigencia teórica, al reducir la experimentación formal a un simulacro fraudulento, perpetrado supuestamente por la mera ausencia de oficio técnico; esta descalificación no solo trivializa el debate, sino que funciona como un mecanismo de clausura intelectual. Al cancelar a priori cualquier tentativa de exégesis, dicha postura revela su propia futilidad, evitando el examen riguroso de las obras concretas, la especificidad de sus procedimientos y la naturaleza de los criterios estéticos con los que cabría ponderar sus alcances.
También cabe esperar que la consagración institucional provoque recelos entre sectores de la propia cultura experimental, pues cuando un músico asociado a circuitos independientes recibe un premio de una institución prestigiosa, puede ser acusado de comercializarse, de haberse vendido o de perder su radicalidad, la sospecha tiene una historia reconocible en la entrada a los museos, festivales y circuitos oficiales que puede alterar la recepción de una práctica y convertirla en un signo de prestigio, aunque la marginalidad tampoco garantiza independencia estética ni calidad, y el reconocimiento no modifica retroactivamente décadas de trabajo. El núcleo del análisis consiste en advertir qué consecuencias tiene esa legitimación: si abre espacios para otros artistas, amplía los criterios de programación y permite nuevas formas de escucha, o si termina utilizando la experimentación como una etiqueta que da a la institución una apariencia de modernidad.
La elección de artistas como Keiji Haino, junto con los premios a Meredith Monk, Chuquimamani-Condori y Brian Eno o Sarah Davachi, permite hablar de una ampliación significativa del campo que la Bienal – y lo académico – reconoce como música contemporánea, por supuesto esta transformación no elimina las diferencias entre academia, electrónica, improvisación y escenas independientes, ni convierte esas prácticas en equivalentes, sino que su importancia se encuentra en que ninguna de ellas necesita imitar a las demás para ser considerada digna de atención. Que Haino reciba el León de Oro no garantiza que su música vaya a dejar de desconcertar al público; tampoco hace falta que ocurra, pues basta con que una institución histórica reconozca que ese desconcierto puede ser parte de una experiencia musical elaborada y de una trayectoria artística sustancial.
La elección de Haino y Davachi no se encuentra aislada de lo ocurrido en la edición anterior; en 2025, la Biennale Musica concedió el León de Oro a la legendaria Meredith Monk.
La programación reciente de la Biennale Musica permite situar estas decisiones en un espectro musical amplio, en el que conviven fenómenos estéticos y circuitos de recepción bastante diferentes.
El candidato de Ahora Nación recibió el respaldo de representantes de pescadores artesanales de la…
La carretera ejecutada por la Municipalidad de Santiago pasó de costar S/5,6 millones a elevarse…
La planta de tratamiento de aguas residuales fue pagada al 100%, pero nunca cumplió su…
Investigadores de la UNAMAD identificaron especies de peces en cuerpos de agua formados por la…
Los trabajadores de Sedapar tramitaron órdenes de servicio y conformidades después de que la empresa…
La Secretaría Regional-Provincial de Arequipa expresó su indignación porque el senador arequipeño votó a favor…