Durante años, buena parte de la política peruana estuvo marcada por liderazgos personalistas, partidos sostenidos más en redes de influencia que en proyectos de país. Esa forma de hacer política empieza a mostrar un claro agotamiento.

Por: Karola Lara Manchego
Doctora en Comunicación y Desarrollo
Las elecciones generales de 2026 están dejando una de las señales más contundentes de los últimos años: el desgaste político, tarde o temprano, termina reflejándose en las urnas. Los resultados parciales de la ONPE, entre el 74% y 79% de actas contabilizadas al día de ayer, muestran que la ciudadanía está cansada, es más crítica y menos tolerante frente a viejas prácticas de poder ha comenzado a marcar distancia tanto de los liderazgos tradicionales como de las figuras mediáticas que pretendían capitalizar el descontento social.
Durante años, buena parte de la política peruana estuvo marcada por liderazgos personalistas, partidos convertidos en plataformas personales y liderazgos sostenidos más en redes de influencia que en proyectos de país. Esa forma de hacer política -basada muchas veces en el control de estructuras, el personalismo y la lógica del reparto- empieza a mostrar un claro agotamiento. Candidatos como César Acuña y José Luna Gálvez, quienes durante años tuvieron protagonismo nacional y regional, han quedado relegados a votaciones marginales. Más allá del resultado puntual, lo que se evidencia es una pérdida sostenida de legitimidad frente a un electorado que parece haber decidido no seguir premiando prácticas asociadas al clientelismo, al cálculo político y a una representación distante de las verdaderas necesidades del país.
Pero esta elección también deja una enseñanza igual de importante: el rechazo a la política tradicional no significa un cheque en blanco para los outsiders. El malestar ciudadano abrió espacio para candidaturas mediáticas que supieron interpretar el hartazgo, apelar a la emoción y posicionarse como “alternativa” frente al sistema. Sin embargo, los resultados muestran que la ciudadanía fue más prudente de lo que muchos anticipaban.
Ese fue el caso de Carlos Álvarez, candidato de País para Todos, quien construyó una campaña basada en su cercanía popular, su discurso frontal y una narrativa de ruptura. Durante varias semanas fue presentado como una de las sorpresas del proceso e incluso como un posible finalista. Sin embargo, el avance del conteo oficial lo ubicó en torno al 8% y 9%, lejos de la expectativa que generó.
Algo similar ocurrió con Ricardo Belmont, candidato de OBRAS. Su retorno a la escena política despertó entusiasmo en sectores que recordaban su estilo confrontacional y directo. Pero al final, esa visibilidad mediática solo le permitió mantenerse en un nivel competitivo, aunque insuficiente, alrededor del 10%.
Lo más relevante de este proceso es que los ciudadanos han dado una lección de responsabilidad democrática. En medio de la frustración acumulada, de la desconfianza hacia las instituciones y de la tentación del voto emocional, una parte importante del electorado ha optado por ejercer un voto más reflexivo, más exigente y menos dispuesto a dejarse llevar por el espectáculo político. Esta elección no solo expresa hartazgo: expresa también madurez cívica.
El mensaje que empieza a dejar esta elección es complejo, pero significativo: el Perú parece estar enviando una señal de mayor exigencia frente a las formas tradicionales de hacer política, aunque sin resolver todavía su profunda crisis de representación. El voto ciudadano -fragmentado, cambiante y muchas veces condicionado por el temor, la desconfianza o la necesidad de optar por lo “menos riesgoso”- ha marcado un límite frente a candidaturas sostenidas únicamente en la fama, la exposición mediática, el aparato partidario o el discurso fácil. Sin embargo, el eventual paso a segunda vuelta de figuras como Keiko Fujimori, Rafael López Aliaga o Jorge Nieto Montesinos o Roberto Sánchez Palomino, también refleja que una parte importante del electorado sigue apostando por opciones que percibe con mayor estructura, experiencia o capacidad de gobernabilidad, aun cuando estas también carguen con cuestionamientos y resistencias.
En el fondo, estas elecciones no solo hablan de candidatos que subieron o bajaron en las encuestas; retratan el estado de ánimo de un país que vota entre el desencanto y la cautela. Más que una adhesión entusiasta, lo que parece haber primado en muchos casos es una decisión pragmática: evitar saltos al vacío, desconfiar del espectáculo y optar, con dudas, por alternativas que ofrezcan cierta previsibilidad. Esa es quizá la señal más importante de este proceso: los peruanos no han resuelto aún su crisis política, pero sí están mostrando una ciudadanía más atenta, más crítica y menos dispuesta a entregar su confianza de manera automática. En medio de la incertidumbre, el país parece empezar a exigir algo más que carisma, recursos o promesas efectistas: empieza, lentamente, a exigir consistencia, responsabilidad y credibilidad.
Frases
Candidatos como César Acuña y José Luna Gálvez, quienes durante años tuvieron protagonismo nacional y regional, han quedado relegados a votaciones marginales.
Esta elección también deja una enseñanza igual de importante: el rechazo a la política tradicional no significa un cheque en blanco para los outsiders.









