Durante los últimos años, distintas cadenas productivas han entendido que ya no basta con afirmar que un producto cumple determinados estándares. Conocer su origen, verificar las prácticas y conservar evidencia son condiciones cada vez más relevantes para acceder a mercados y construir confianza.
El oro no es ajeno a esta evolución. Durante mucho tiempo, su valor se explicó principalmente por su volumen, su ley y su precio. Hoy se suma una pregunta fundamental: ¿podemos demostrar de dónde proviene y bajo qué condiciones fue producido?
La dimensión del desafío se aprecia en la minería artesanal y de pequeña escala de oro (MAPE), que aporta alrededor del 20 % del suministro mundial y sostiene aproximadamente 20 millones de medios de vida. En el Perú, planetGOLD estima que los productores artesanales y de pequeña escala aportan cerca de una cuarta parte del oro exportado.
El desafío de la trazabilidad también está presente en nuestras exportaciones. La brecha entre el volumen de oro exportado y la producción declarada, señalada por el IPE, plantea preguntas sobre el origen del mineral. Esa diferencia no demuestra, por sí sola, un origen ilegal ni permite atribuirla a la MAPE, pero sí refuerza la necesidad de conciliar los registros y contar con información confiable y verificable a lo largo de la cadena.
Aquí debemos distinguir conceptos que suelen confundirse: trazabilidad, legalidad, formalización y sostenibilidad. La trazabilidad permite conocer quién produjo, quién compró, dónde se procesó y qué documentos acompañaron cada etapa. Pero registrar el recorrido del mineral no garantiza por sí solo condiciones laborales, ambientales o sociales adecuadas.
Por eso, la trazabilidad debe complementarse con debida diligencia: contrastar información, identificar riesgos, adoptar medidas y comprobar si funcionan. Para operaciones como las de Soleil Metals, que avanzan en procesos vinculados con Swiss Better Gold y RMI y atienden las expectativas de abastecimiento responsable de la LBMA, la evidencia verificable es fundamental.
Una ruta de formalización sostenible requiere controles, asistencia técnica, incentivos y acceso a mercados formales. Acompañar no significa reducir estándares ni aceptar incumplimientos indefinidamente. Significa establecer responsabilidades, verificar avances y actuar cuando los riesgos no pueden corregirse.
Además, la responsabilidad no recae únicamente sobre el productor. Acopiadores, plantas, comercializadores, compradores y entidades públicas también toman decisiones que pueden fortalecer o debilitar la integridad de la cadena.
Desde sostenibilidad, la pregunta no es únicamente si conocemos el origen del oro, sino qué tan confiable es esa información, qué riesgos revela y qué hacemos frente a ellos. La tecnología puede fortalecer este proceso, pero no reemplaza la verificación ni las decisiones.
Avanzar del volumen al origen significa, finalmente, pasar de registrar información a utilizarla para construir una cadena más transparente, responsable y sostenible. La sostenibilidad integra estas dimensiones en una misma visión de la cadena: legalidad, derechos humanos, condiciones laborales, protección ambiental y viabilidad económica. La trazabilidad y la debida diligencia contribuyen a llevar esa visión a la práctica.
La trazabilidad debe complementarse con debida diligencia: contrastar información, identificar riesgos, adoptar medidas y comprobar si funcionan.
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