
Las torrenteras y cauces de quebradas son ocupados pese al riesgo que representan durante lluvias intensas en Arequipa.
Por Sergio E. Mostajo C. Periodista
El miércoles 26, cuando las redes se inundaron con dantescos vídeos, fotos y testimonios de la tragedia en Nepal y el Tibet, muchos no le dábamos crédito, no lo admitíamos, creíamos que era producto de la inteligencia artificial o el reel de una película. Poco a poco, y pasadas varias horas, caímos en la cuenta de que esa tragedia era real.
La reacción, además de la inmensa pena, fue compararla con lo ocurrido hace décadas en Yungay, donde un sismo de 7,9 causó el desprendimiento de un glacial del nevado Huascarán que se convirtió en una gigantesca avalancha que se deslizó a una gran velocidad dejando a su paso el doloroso saldo de 70 mil compatriotas fallecidos. La ciudad de Yungay y poblados enteros quedaron enterrados bajo toneladas de tierra, rocas, troncos, maleza, lodo y agua, constituyéndose en la mayor tragedia ocurrida en nuestro país.
¿Aprendimos algo de esa tragedia? Sinceramente, creo que no. Si bien esta tragedia dio paso a la creación del Sistema Nacional de Defensa Civil (SINADECI), no percibo que se esté trabajando adecuadamente en la razón de ser de este sistema, que es la prevención, sino que seguimos siendo reactivos por excelencia.
Si trasladamos esto a nuestra región puedo asegurar que la prevención es una gran tarea pendiente. Arequipa es una zona jaqueada por casi todos los fenómenos naturales existentes. Aquí tenemos desde pequeños hasta grandes sismos (terremotos), tsunamis, oleajes anómalos, lluvias intensas, granizadas, nevadas, tormentas eléctricas, huaycos, deslizamientos, vientos fuertes, heladas, inundaciones y sequías. Solo nos faltan huracanes y tifones.
¿Estamos trabajando en la prevención de estos fenómenos naturales? Poco, muy poco, casi nada. Apenas unos simulacros, por ahí algunas actividades alusivas, conmemorativas de desastres ocurridos, alguna que otra feria en la que organismos especializados o vinculados al tema instalan módulos para repartir volantes o dar fugaces charlas y nada más.
Tuve la suerte de trabajar en el Instituto Nacional de Defensa Civil (INDECI) en sus mejores momentos. Años 2005, 2006, 2007, más o menos. Cuando el Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD) agencia de la ONU, implementó y financió un ambicioso proyecto de capacitación en defensa civil para autoridades, brigadas, docentes, escolares, ingenieros y arquitectos. A estos últimos los formaron como inspectores técnicos.
Contrataron un selecto grupo de profesionales entre docentes, psicólogos, ingenieros, arquitectos, sociólogos y comunicadores sociales. Formaron equipos multidisciplinarios que eran desplazados a regiones, provincias, distritos y poblados en todo el país. Permanecían semanas completas y se retiraban dejando a cada sector con un plan de defensa civil que era una guía para enfrentar un fenómeno natural en el antes, el durante y el después, con amplio énfasis en la prevención.
Por decisiones políticas, desde mi perspectiva erradas, se desactivó. Los capacitadores fueron despedidos y casi todas las funciones del INDECI fueron transferidas a los gobiernos regionales y gobiernos locales. Allí se desnaturalizó el sistema y se retrocedió en todo lo avanzado.
Mientras tanto, seguimos espectando pasivamente la invasión y urbanización de zonas de alto riesgo como: las laderas de los volcanes, los cauces de quebradas secas, los cauces de torrenteras y ríos, cerros y lomas. Tenemos un sistema de represamiento de aguas con represas de vieja data, colmatadas por lodos y paredes inestables que pueden colapsar con un gran sismo y las aguas represadas descender a gran velocidad por el cauce del río Chili hacia la ciudad de Arequipa, como ocurrió en Nepal, arrastrando lodo, arena, rocas, troncos y dejando a su paso muerte y dolor.
¿Puede ocurrir eso en Arequipa? Por supuesto, y no estamos preparados.
CITA
“¿Estamos trabajando en la prevención de estos fenómenos naturales?, poco, muy poco, casi nada”.
DATO
El terremoto de Yungay tuvo una magnitud de 7,9 y provocó el desprendimiento de un glaciar del nevado Huascarán.








