En las áridas rutas entre el valle de Tambo y Yarabamba, jinetes arequipeños reviven una ancestral peregrinación a caballo hacia el santuario de la Virgen de Chapi. Más que un viaje, es un acto de fe y resistencia que une historia, tradición y devoción en una exigente travesía marcada por el esfuerzo humano y la fe religiosa.
Entre Yarabamba y el Valle de Tambo, la fe tiene su propio lenguaje: no solo se reza, también se cabalga. Es febrero de 2026 y una nueva travesía comienza para un grupo de jinetes decididos a cruzar la agreste geografía arequipeña para llegar al Santuario de la Virgen de Chapi, en Polobaya. Esta peregrinación no es un simple traslado, sino un exigente rito de paso que demanda meses de rigurosa preparación física, tanto para los chalanes como para sus caballos.


Ruta de arrieros y fieles


La travesía comienza en las lomas de Cachendo, en el valle de Tambo. La ruta que siguen es un eco vivo de la historia, ascendiendo por la quebrada de Linga, un antiguo tramo del majestuoso Camino Inca o Qhapaq Ñan.
Al avanzar por estos polvorientos senderos, los jinetes reviven el trayecto de los conquistadores y de los antiguos arrieros tambeños. Aquellos engranajes vitales del comercio del sur que transportaban azúcar, alcohol y otros productos desde el valle de Tambo hacia Arequipa. Pero también la misma que seguían hace muchas décadas los devotos tambeños para acudir a ver la sagrada imagen de la “Mamita de Chapi”.



En medio del paisaje árido, la caravana hace un alto en un sitio cargado de memoria conocido como «India muerta». Allí, junto a una pequeña cruz de antaño, los peregrinos descansan, se hidratan y acompañan el momento de camaradería al ritmo de una banda musical que han traído consigo.
El recorrido continúa atravesando Río Seco y Las Cuchillas, descendiendo nuevamente hacia Linga. Acompañados por melancólicos cánticos a capela que resuenan en la quebrada, los jinetes llegan al campamento. Es el momento de priorizar a los nobles animales: los caballos son estabilizados, descansan y reciben su comida, agua y vitaminas, elementos esenciales para que puedan soportar la enorme exigencia de los días venideros.
Primera parada Yarabamba



La devoción no conoce de horarios. A las 2:30 de la madrugada, envueltos en la total oscuridad y el frío, los jinetes retoman la marcha con rumbo al distrito de Yarabamba. Al amanecer y llegar a su destino, el cansancio se mezcla con la gratitud hacia la población quienes reciben con un gesto de hermandad a los peregrinos, muchos de ellos provenientes de Cabanaconde, en la provincia de Caylloma; ellos asumieron el reto este año de realizar la ruta que realizaban los antiguos pobladores del valle de Tambo rumbo al Santuario de Chapi.
Es en este punto de pausa donde surge un anhelo profundo entre los caminantes: que este camino de herradura ancestral sea reconocido como patrimonio cultural debido a su importancia en la fe a la sagrada imagen de la Vírgen de Chapi y porque se realiza desde tiempos inmemoriales.
Tras una jornada agotadora, hombres y bestias descansan todo el sábado, preparándose para el embate final.
Un rezo a la Mamita


El domingo marca el inicio del último tramo, un trayecto que, como dicen los propios jinetes, exige «el corazón entero». Tras pernoctar en Yarabamba, la meta comienza a dibujarse en el horizonte. En este punto, el agreste camino se transforma en un «solo río de fe», donde se funden peregrinos que llegan desde distintas rutas: Cocachacra, La Punta, Majes y Yarabamba.
El contraste con el pasado es inevitable y conmovedor; los jinetes más veteranos recuerdan las duras sequías de los años 80, cuando apenas unos 10 o 15 caballos lograban hacer el viaje por la falta de recursos. Hoy, con la voluntad de Dios, la lluvia ha bendecido la tierra, brindando pasto y alimento para los animales, lo que llena de regocijo y motivación a los devotos.
Tras varias horas de cabalgata, la extenuada pero feliz caravana alcanza el santuario. El agotamiento se desvanece ante la imponente presencia de la «Mamita de Chapi», quien, en palabras de los emocionados peregrinos, los recibe «con los brazos abiertos».


El ambiente se inunda de gratitud plena. Los jinetes participan de la misa, disfrutan de la quema de los tradicionales castillos y acompañan a la Virgen en su morada sagrada. Como símbolo de esta profunda conexión y devoción, los caballos lucen unas coloridas bandas con la imagen de la Virgen, que llevan grabada la frase: «Recuerdo de peregrinos de Yarabamba 2026».
Así, entre relinchos, fe inquebrantable y tradición, culmina una travesía épica en el corazón de Arequipa.
CITA
“Es una travesía que exige el cuerpo y el corazón entero»
DATO
En los años 80 solo entre 10 y 15 caballos lograban completar la peregrinación.
DATO
La ruta sigue tramos del Qhapaq Ñan, antiguo sistema vial del Imperio Inca, entre Tambo y Arequipa.









