septiembre 25, 2026
Violencia escolar

La violencia escolar vuelve a poner bajo cuestionamiento la capacidad de colegios y autoridades para proteger a los estudiantes.

Dos casos graves de violencia escolar vuelven a poner en debate la respuesta de colegios y autoridades frente al bullying. El desplazamiento de las víctimas, el silencio institucional y la falta de intervención oportuna pueden agravar el problema. La convivencia escolar exige proteger al estudiante, atender sus denuncias y actuar antes de que las consecuencias sean irreversibles.

Por Sarko Medina Hinojosa. Periodista

Un escolar de 13 años murió en Huancayo tras ser atacado con arma blanca por un compañero; su familia ya había denunciado bullying y el menor había sido cambiado de colegio. Días después, en Lima, diez alumnos del Liceo Naval Almirante Guise fueron investigados por una presunta agresión sexual contra un compañero de 16 años en un bus escolar. Entre enero y agosto, el Minedu registró 11,805 reportes de violencia escolar en el país. Ninguna cifra aquí es abstracta.

La violencia nunca es la respuesta; eso no debería requerir aclaración, pero conviene decirlo antes de lo que sigue. Sin embargo, tampoco lo es la solución más repetida frente al bullying: mover a la víctima, cambiarla de colegio, pedirle que se adapte a un entorno nuevo mientras el agresor conserva su banca, su equipo deportivo, su círculo. El escolar de Huancayo ya había sido cambiado de colegio antes de morir. El desplazamiento no lo protegió; solo trasladó el problema a otro patio.

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En el Liceo Naval, la propia Dirección Regional de Educación confirmó que la víctima ya arrastraba bullying y hostigamiento antes del ataque en el bus. Un familiar denunció que el colegio primero presentó el hecho como una simple «agresión física», y que un caso anterior de violación en un viaje de promoción fue desestimado porque, según el propio centro, «ocurrió en otro país y fuera del establecimiento». Cuando el reflejo institucional es cuidar la reputación antes que la integridad del alumno, el sistema termina defendiendo al agresor, aunque nadie lo firme así en ningún documento.

Y aquí la raíz más incómoda: educamos dentro de un sistema que mide el éxito en dinero y en ranking de colegios, no en la solidez de los valores con que un adolescente trata a otro. El colegio no fabrica esos valores desde cero; los administra y los refuerza en la convivencia diaria. El cimiento se construye en la casa. Un colegio que calla bullying durante años, como denuncian exalumnas del Liceo Naval, no corrompe valores que no existían: falla en su única tarea real, sostener lo que la familia debió sembrar primero.

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El debate político sobre educación se pierde casi siempre en presupuestos y currículas, y muy poco en esta pregunta simple: qué pasa con un menor cuando denuncia y nadie en la cadena, ni la familia que calla, ni el colegio que administra, ni el Estado que audita, responde antes de que sea demasiado tarde. Usted decide cómo educar a sus hijos.

CITA

“La violencia nunca es la respuesta; eso no debería requerir aclaración, pero conviene decirlo antes de lo que sigue».

DATO

Entre enero y agosto, el Minedu registró 11.805 reportes de violencia escolar en instituciones educativas del país.

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