No pude dejar de pensar en eso toda la mañana del miércoles, mi mamá se iba al Santuario de Chapi en Polobaya, sola con mi tía. Obviamente no iba a dejarla ir sola. No lo pensé más y ese mismo día, después del almuerzo, iría yo también, a un lugar que no conozco a una peregrinación que nunca había hecho.

Por: Jorge Luis Quispe
– Me voy a Chapi con mi tía
– ¿Qué? ¿Cómo así?
– Después del almuerzo
– Pero mamá, si nosotros no solemos ir.
– Es que cuando ustedes eran chiquitos no tenía con quien dejarlos
– ¿O sea siempre has querido ir?
– No, pero tengo curiosidad. Y quiero conocer
– Pero mamá, ahí la gente se pierde y hasta termina muriendo.
– No va a pasar nada, mi tía ha ido todos los años.

No pude dejar de pensar en eso toda la mañana del miércoles, mi mamá se iba al Santuario de Chapi en Polobaya, sola con mi tía. Obviamente no iba a dejarla ir sola. No lo pensé más y ese mismo día, después del almuerzo, iría yo también, a un lugar que no conozco a una peregrinación que nunca había hecho. Me pesaba la idea de recibir esa espantosa llamada que ya he visto antes en otras desgracias y accidentes: “Hijito, tú mamá se me ha perdido”, me imaginaba que me decía mi tía. Y yo, presa del pánico, buscándola en un mar de gente indiferente. De manera que el miércoles luego de devorar los incomparables olluquitos de mi madre, compré una botella de agua de tres litros y una bolsa de bizcochos. Alisté mi mochila con chompas y una casaca, otra muda de ropa y un libro: “De dónde venimos los cholos”, de Marco Aviles que este año cumple una década desde que se publicó y cuya lectura hoy más que nunca me parece totalmente necesaria e impostergable.
– ¿Cuál es el trayecto, má?
– Vamos en carro hasta Siete Toldos y de ahí caminamos, me dice mientras veo que se hace de tres bastones de madera, nunca sé de dónde saca algunas cosas. “Vamos a viajar juntos”, me dice al mismo tiempo que aprieta mi mano. Yo soy feliz si ella es feliz y su sonrisa y ternura con que me dice eso es todo lo que necesito. Llegamos al encuentro con su tía que es también mi tía y una vez en el óvalo del Avelino, nos disponemos a ir a la avenida Las Convenciones cuando nos aborda una señora que nos dice que tiene un bus listo para salir.
Le advierto que soy reportero y le exijo que me muestre su autorización. Por 80 soles no me voy a arriesgar, responde, pienso que se refiere a los 80 soles que cuesta el permiso provincial. Y en efecto, tiene el maldito permiso y me callo la boca. No han pasado ni diez minutos, el bus se detiene un ratito para recoger a otra señora en paradero del cementerio de La Apacheta, esa muestra de indulgencia y solidaridad le cuesta al conductor la intervención de dos inspectoras de la municipalidad provincial de Arequipa, quienes son incapaces de escuchar y entender que el bus no recogió a todos los pasajeros ahí pues no es un paradero autorizado, solo respondió al llamado casi desesperado de una devota. No entienden, entonces suenan los reclamos, los gritos, las quejas. Decepcionados, nos bajamos.

Son cerca de las cinco de la tarde y el trajín de la tarde que se hace noche nos apura, abordamos otro bus. Esta vez llegamos hasta la entrada de Socabaya, cuando dos pasajeros se bajan porque se enteran de que el bus no va directo a Chapi, sino solo hasta Siete Toldos. El conductor, regresa a dar una vuelta por el Avelino y la avenida Vidaurrazaga, logra llenar su bus y esta vez nos vamos todos por fin a Chapi. En el camino la gente pide que se cambie la música instrumental por los cánticos a la Virgen, para entrar en calor, dicen.
Llegamos a Siete Toldos, nunca había ido. Tenía la idea de que se trataba de un poblado, pero en efecto, son eso mismo, toldos con policías, militares, comerciantes, vendedores de todo, comida, ropa abrigadora, bastones, linternas y demás. Llegamos, nos abrigamos y partimos. Una espectacular luna llena alumbra el camino a cientos de caminantes, peregrinos, fieles, familias, solitarios, todos, como nosotros van a Chapi.
Son las 7pm. Quiero documentarlo todo, pero ello nos atrasaría más, así que solo tomo unas fotos. El camino es agradable. La compañía de tanta gente hace sentir algo de confianza, saber que no estamos solos en ese inexplicable trayecto provee de ánimo y brío a los marchantes. De pronto, de la nada escucho: “Take my whole life, too, For I can’t help falling in love with you”, de Elvis Presley ypienso que esta súbita excursión no tiene que ser necesariamente mala. Ahora no todos escuchan a Elvis. De rato en rato, viajeros con parlantes plegados a sus mochilas nos hacen escuchar a Maná, y hay quien quiere caminar bailando con “Gelatina parece gelatina, la miro y me fascino con su forma de bailar”. Antes de llegar a Tres Cruces mi madre se cansa y decide que nos sentemos sobre unas rocas a comer y beber algo. Un seguidor nos premia con “But I don’t know how to leave you, and I’ll never let you fall, and I don’t know how you do it, making love out of nothing at all”, de Air Supply.
Tres Cruces queda a dos horas a pie desde Siete Toldos, sobre un cerro de piedras se levantan tres cruces hasta donde los peregrinos van y depositan una piedra de variado tamaño según al tamaño del pecado de cada cual. En los campamentos los fieles descansan, comen, se colocan vendas y muchos de ellos arman ruedos con piedras donde al centro colocan sus velitas, un espectáculo de fe muy conmovedor. Desde allí partimos al Santuario de Polobaya.
Tres pendientes pronunciadas llenas de rocas filosas y resbalosas terminan por consumir nuestras fuerzas, caminar en una superficie plana no exprime tanto las energías de alguien, pero caminar en una trocha accidentada como aquella exige una resistencia mayor. Y eso se advierte en la cantidad de fieles apostados descansando en esa segunda parte de la ruta. Muchos optan por sentarse un rato, reponerse y luego seguir, nosotros nos contamos entre ellos. Al culminar ese camino empedrado se vislumbra la carretera. Antes de ingresar a la vía, otra carpa de la Cruz Roja nos recibe con agua y nos ayuda a pasar un salto angosto y estrecho.

Después de cuatro horas de caminata, llegamos al Santuario. Nos detenemos a comer y tomar un ponche caliente que resulta reconfortante y aliviador. Incontables carpas se observan en el Santuario, y no solo eso, hay gente que improvisa sus camas en el piso para pasar la noche, dentro y fuera del lugar. Exhaustos, no juntamos a una muchedumbre que aguarda por entrar a la iglesia. Son las 12am y el coro del Santuario le configura un aura espiritual con sus cánticos al ambiente donde a cualquier lado que se voltee hay feligreses apostados en una masa desconcertante de carpas y tiendas de campaña. De pronto, todo el fervor se quiebra. Una voz pide a los asistentes que ya entraron a la iglesia, que salgan para que los que estamos en el siguiente grupo podamos ingresar. Sin embargo, nadie sale, nadie le obedece, el egoísmo impera, pienso. Así pasan cerca de 20 minutos, hasta un poco más, ni los cantos, ni los rezos, ni la música disminuyen la tensión de la masa, muchos empiezan a gritar: “¡déjenos entrar!”, “¡déjenos entrar!”, “¡déjenos entrar!”. La impaciencia, el tumulto, los gritos.
De un momento a otro veo que dos sujetos aprietan a mi madre así que la protejo abrazándola al mismo tiempo que dos codazos a cuantos se acercan, nada, todo se envilece, se evapora. Abruptamente, sentimos el peso de la muchedumbre en la espalda, todos avanzan, empujándose, arrastrándose, aglomerándose, como una masa deforme sentimos que nos empujan, cubro a mi mamá, quien presa de la angustia, atina a ponerse a un costado, saltar las vallas de seguridad y pasar sobre los fieles que duermen ahí. Y al seguirla pienso que se pueden ir bien a la mierda todos los peregrinos y fieles y hasta el mismísimo Santuario, si asfixian a mi madre y no me la llevo tal y como la traje, intacta.
Mi madre, asustada, ya no quiere entrar a ningún lugar, se quiere ir. Pero pasando la masa asesina, ya todo se disipa, entramos, va a empezar la primera misa, y atónito advierto cómo las mismas personas a las que no les importó empujar, arrastrar y pisar a otros, se persignan, rezan y juntan sus palmas frente a la Virgen. Otros hubieran pagado por ver lo que yo vi. El Santuario es un gigantesco espacio religioso con decenas de bancas largas, un mural artístico dibuja las vicisitudes de la Virgen María. Un estrado amplio acoge una mesa donde los religiosos celebrarán la eucaristía. Nos sentamos un rato, mi madre se duerme, no da más.
Decidimos irnos y para hacerlo, rodeamos el recinto. El paradero de salida es como la contra cara del Santuario, tiendas desaliñadas, comerciantes ambulantes, la pista de trocha, los puestitos descuidados e informales, todo constituye la salida casi andrajosa del colosal monumento. El regreso es más o se siente más rápido. En taxi nos regresamos a casa. Mi primo recoge a mi tía de mi casa. Abrazo a mi madre y le digo que nadie me sacará el recuerdo tan lindo que tengo con ella en el corazón. Me abraza más fuerte y me dice, a mí tampoco.

Cita
Tres Cruces queda a dos horas a pie desde Siete Toldos, sobre un cerro de piedras se levantan tres cruces hasta donde los peregrinos van y depositan una piedra de variado tamaño según al tamaño del pecado de cada cual.









