Chocolate amargo: El Perú y sus 35 apóstoles

Una mirada crítica a las elecciones 2026 en Perú cuestiona la calidad de los candidatos, sus promesas y la falta de propuestas reales. El electorado enfrenta una campaña marcada por la desconfianza, la demagogia y la ausencia de visión de Estado.

Candidatos presidenciales enfrentan críticas por promesas vacías y falta de propuestas concretas.

Lic. Jonathan A. Barcena Carpio. Periodista.

En el proscenio del Jurado Nacional de Elecciones la historia se repite con una precisión litúrgica: treinta y cinco figuras se presentan ante el país como los redentores de una nación que, por años, está en crisis y parece haber agotado su fe. Estamos en las vísperas de las Elecciones Generales 2026 y, en una suerte de “Semana Santa” electorera, los candidatos desplegaron sus mejores túnicas de cordero para ocultar, en la mayoría de los casos, el colmillo del lobo y la bolsa de monedas del traidor.

La última cena está servida, pero no es un banquete de sacrificio, sino de ambición, con un evangelio improvisado. Basta con revisar los planes de gobierno y los recientes debates presidenciales para que quede claro que este “apostolado” político está fracturado entre la demagogia y el olvido.

Los Judas de la traición técnica

Encontramos, en primera fila, a los Judas que entregan al país por menos de treinta monedas. Son aquellos candidatos que, con planes de gobierno cargados de tecnicismos vacíos, prometen el destrabe de proyectos como si de un milagro se tratase. Olvidan, convenientemente, que muchos de ellos —o sus agrupaciones políticas— fueron los mismos que permitieron leyes procrimen o aquellas normas que propiciaron y avalaron la “bendita” corrupción.

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Su traición no es solo política; es ética, al proponer una supuesta gestión eficiente cuando sus cuadros técnicos viven en la sombra de la corrupción que hoy mantiene en vilo a todo un país. Son los mismos que hoy hablan de institucionalidad mientras que ayer propiciaron afiliaciones indebidas y firmas falsas en su inscripción; es decir, traicionaron antes de gobernar.

Esos candidatos son los Judas que besan la democracia mientras en sus cabezas maquinan cómo la hipotecan. Son los que ofrecen transparencia y, sin embargo, detrás de ellos hay una pesada mochila de hechos oscuros que los hace caer más de una vez en el camino al sillón de Pizarro.

Los Pedro de la política

Están también los que niegan todo antes de que el gallo cante tres veces. Candidatos que hoy desconocen sus vínculos con gestiones corruptas o que aseguran, con una frescura envidiable, que los procesos judiciales en su contra son solo persecución política. Niegan crisis económicas, minimizan la inseguridad que aterra al país, relativizan la corrupción y buscan su propio beneficio. Son expertos en evadir: cambian preguntas por discursos y reemplazan datos por consignas.

En los debates del JNE vimos cómo algunos aspirantes de partidos tradicionales intentan lavar sus manos —al estilo de un Pilatos moderno— frente a la inseguridad ciudadana y la crisis de salud, como si no hubieran sido ellos quienes, desde el Congreso o gobiernos regionales, dejaron las escuelas abandonadas y los hospitales en cuidados intensivos, solo por mencionar dos temas. Hubo también aquellos de partidos nuevos que pidieron perdón, buscando su redención política.

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Los apóstoles de la pura promesa

Por supuesto, abundan los que viven de la pura promesa, predicando un evangelio improvisado. Son los que hablan de una revolución educativa o seguridad tecnológica sin explicar de dónde saldrá el presupuesto en un país que pierde 24 mil millones de soles al año por corrupción.

Sus planes de gobierno parecen más parábolas de ciencia ficción que documentos técnicos. Prometen convertir al Perú en la despensa del mundo, mientras las regiones del sur siguen clamando por servicios básicos. Es la retórica del hambre saciada con palabras. No hay planes de gobierno integrales, sino listas de deseos. No hay políticas públicas, sino eslóganes. No hay visión de Estado, sino marketing electoral.

Entre el Gólgota y el voto

El Perú llega a la recta final de este 2026 electoral cargando una cruz de desconfianza. Los 35 candidatos —desde los rostros ya conocidos de Fuerza Popular, Alianza para el Progreso o Renovación Popular, hasta las nuevas figuras de Ahora Nación, Venceremos o el Partido Morado— tienen el deber de dejar de lado el guion de la “campaña santa”.

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No necesitamos más apóstoles que se golpeen el pecho en los debates y lancen puyazos a sus contendores, autodenominándose los paladines de la justicia, para luego vender el futuro del país al mejor postor o hipotecarlo con el pago de favores políticos.

El electorado ya está cansado de este vía crucis institucional; ya no busca milagros, sino verdades y soluciones. Si la voluntad política continúa como un término vacío y la identificación de políticas públicas queda al libre albedrío de la autoridad de turno, el 12 de abril no será el día de la resurrección, sino un nuevo entierro de nuestras esperanzas.

La historia nos enseña que, en política, muchos de los que hoy se sientan a la mesa prometiendo el paraíso, mañana serán los primeros en señalar el camino hacia el calvario.

CITA
“El país no necesita más promesas, sino soluciones reales y una verdadera visión de Estado”.

CIFRA
S/ 24 mil millones al año es lo que pierde el Perú debido a la corrupción en el sector público.

DATO
Un total de 35 candidatos compiten en una elección marcada por fragmentación y desconfianza ciudadana.

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