Umbral de Historias Fantásticas (UHF): Chamba es chamba

Y volví a perder la sensatez cuando respondieron mi llamado y presencié cómo la forma de una anciana cadavérica traspasaba la pared como la niebla y me saludaba con un alarido que oscureció la tarde.

Por: Jorge Condorcallo

–¿Urbanización San Jerónimo?

–Jamás escuché esa dirección, hijito. Más arriba quizás sea. Hay una vendedora de frutas que puede saber, pero todo esto es avenida El Sol; desde el puente peatonal hasta allá, pasando el cementerio, la granjita, el colegio, hasta el óvalo. Hasta ahí.

Le di las gracias a la señora del puesto de periódicos, aunque ya había recorrido cuatro veces las ocho largas cuadras de la avenida y no encontraba la urbanización, pasaje, malecón, jirón o lo que fuese San Jerónimo. Me puse en la sombra del paradero de combis, cansado y frustrado, para esperar mi carro y revisé el aviso recortado por enésima vez:

“Acompañante de señora mayor, horarios flexibles, sueldo básico más pasajes, todos los beneficios de ley. Dejar el curriculum vitae en San Jerónimo 203, Av. El Sol, de 4 a 5 p. m.”.

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Oí un chasquido, como de giro de tuerca, en mi cabeza. Había descifrado el enigma de la sección empleos. Subí la cuadra abanicándome con el fólder, crucé el arco simbólico, me acerqué a las palmas de piedra que sostienen el croquis del magno cementerio y, como había deducido, existía un pabellón con ese nombre.

Era una construcción antigua y escondida por la maleza. Lo constaté al ver las fechas en los nichos y, al estar todos enumerados, logré dar fácilmente con el número 203 antes de las cinco. No tenía grabada la información del difunto y toqué el cemento como quien toca la puerta de una casa: primero con temor, luego con la insistencia de no fallar con la hora. Lo hice porque me dejé gobernar por la fuerza ineludible que nos empuja a hacer lo prohibido y porque necesitaba el trabajo con una urgencia que no medía la naturaleza del oficio al que postulaba.

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Golpeé más fuerte y recuperé, mientras insistía, el sentido común, aunque fuera el más desesperado de los desempleados.

«¡Qué carajos estoy haciendo!».

Y volví a perder la sensatez cuando respondieron mi llamado y presencié cómo la forma de una anciana cadavérica traspasaba la pared como la niebla y me saludaba con un alarido que oscureció la tarde. Solté el alma y los documentos, perdí la poca valentía que tenía y huí de la entrevista de trabajo. Salí corriendo como… como… como si hubiese visto un fantasma.

No se lo conté a mi mujer ni a nadie. Se reirían de mí. Aunque me he dicho que lo aluciné, confieso que tengo dos grandes miedos desde entonces: el primero es el terror a ser encontrado por la señora del otro mundo en mis pesadillas, que a veces son momentos de la vida misma que sufro despierto; y, cuando aprieta la necesidad y hace falta el dinero, mi temor más grande es que no lo haga.

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Pensándolo bien, es una gran oportunidad. Esperaré la decisión de la empleadora, que quizás vio alguna cualidad en mi inocencia y en mi buen físico para el escape. Para mi mala suerte y mejor fortuna, ella tiene todos mis datos en el expediente que dejé a los pies de su tumba.

En fin, como decía mi abuelo, que en paz descanse: el trabajo dignifica y chamba es chamba.

Cita

Y volví a perder la sensatez cuando respondieron mi llamado y presencié cómo la forma de una anciana cadavérica traspasaba la pared como la niebla.

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