Delfina Torres lidera a 36 artesanas de Pampa Cañahuas que elaboran prendas de alpaca en medio de carencias básicas. Sin agua, desagüe ni electricidad estable, estas mujeres del ande arequipeño trabajan para preservar su cultura con resiliencia y empoderamiento.
Escribe: David Flores
Fotos: Yvan Salcedo
Son las tres de la mañana en Pampa Cañahuas. El reloj no hace falta; el frío de la madrugada en esta zona altoandina arequipeña es un despertador implacable. Delfina Torres López se levanta en la oscuridad. No hay luz eléctrica que ilumine su dormitorio, solo la penumbra que conoce bien. Se alista, alumbrada por velas prepara el desayuno para los suyos para luego comenzar una caminata de quince minutos que se repite, invariable, todos los días.
Recorre el sendero que une su hogar con el anexo Pampa Cañahuas, perteneciente a la comunidad de Tambo. A pesar de estar en la jurisdicción de Yanahuara, uno de los distrito más turísticos y que agrupa a la élite económica de Arequipa, este rincón parece vivir en un tiempo distinto. Delfina llega a la plaza San Lorenzo. Frente a ella, se alza el Centro Artesanal Sumaq Mate Inca. Allí no va a descansar, va a trabajar.
Delfina Torres tiene 50 años. Los cumple cada 25 de diciembre, como un regalo de Navidad que comparte con la esperanza de cada fin de año. Es la presidenta de la Organización de Mujeres Campesinas Artesanas «Los Milagros», un cargo que ostenta con orgullo desde hace tres años, liderando a 36 mujeres activas que han decidido que el abandono no será su destino.

Su historia es la de muchas mujeres andinas, marcada por la resiliencia temprana. Delfina cursó solo la primaria. La muerte de su padre, Miguel Carlos, llegó a muy temprana edad, (cuando estaba en tercero de primaria). Miguel, puneño de nacimiento, viajó a estas tierras por trabajo. Tras el repentino deceso, Delfina quedó bajo el amparo de su madre, Zoraida López, quién se convirtió en el pilar de cinco hermanos.
«Mi mamá decía: una mujer tiene que saber todo. Tenemos que saber tejer, salir de la pobreza», recuerda Delfina. Esas palabras se grabaron a fuego. Aprendió a trabajar la fibra de alpaca antes de saber escribir párrafos completos. Hoy, posee diez alpacas propias, pero su labor va más allá de lo que produce su ganado; compra lana a sus vecinos, transforma la materia prima y la convierte en arte.
Lleva entre 15 y 20 años dedicada a la artesanía. Al principio, tejía «al ojo», sin clasificación de fibra. Hoy, gracias a capacitaciones de algunas instituciones, las prendas que elabora junto a otras mujeres son más finas, más valoradas. «Antes no sabíamos la clasificación. Ahora salen más delgadas, más finitas», explica mientras muestra el procedimiento que enseña a las más jóvenes.


Mujeres que luchan en medio de la carencia

El centro artesanal donde trabaja no fue un regalo. Fue una conquista. Antes de la pandemia, alrededor del año 2018, un grupo de 40 mujeres decidió que ya no bastaba con vender al paso a los turistas que se dirigen al Cañón del Colca. «Nos hemos organizado. Entre mujeres nos hemos sacado préstamo, hemos puesto cuotas. Y nuestros esposos nos han ayudado a construir este local», relata. El piso, las paredes, el esfuerzo, es de ellas. Agradecen el apoyo de instituciones y haber ganado el concurso Procompite del gobierno regional que les otorgó maquinaria para poder confeccionar su artesanía. Sin embargo, las máquinas llegaron, pero la electricidad, no.
«Nos han llegado (las máquinas), pero funcionan con electricidad, no hay luz. Ahora nos va a llegar recién el panel», dice, con la paciencia de quien sabe que las cosas en la sierra toman su propio tiempo. Vivir en Pampa Cañahuas implica una paradoja constante: la producción de belleza en medio de la carencia. No tienen agua potable, no tienen desagüe y la luz es un lujo intermitente que depende de motores o velas. «Nadie sabe cómo se vive sin luz. Nosotros vivimos con velitas… En cualquier rato nos levantamos, velita tenemos que prender», confiesa.
La naturaleza también es exigente. En febrero, la granizada afectó la zona; parte de la iglesia se cayó y tuvieron que resguardar a la «Virgencita de Familia». El gas escasea y deben viajar hasta Arequipa para conseguirlo, al igual que todos los insumos básicos, desde el arroz hasta el azúcar. «Aquí la lluvia es muy intensa, viene la granizada, a veces vienen los huaicos, todo eso nos afecta».

A pesar de esto, Delfina no pide limosna, pide oportunidades. Su reclamo principal es un espacio en la ciudad de Arequipa para vender sus productos auténticos, lejos de la competencia desleal de quienes venden fibra sintética etiquetada como alpaca en el centro de la ciudad. «En Arequipa venden (prendas de) alpaca más barato, nosotros cobramos lo que trabajamos, ahí dicen que es de alpaca, pero no siempre es», crítica con la franqueza de quien conoce el valor de su trabajo.
«Siempre le decimos a nuestros hijos que no pierdan esta cultura de nuestras madres, es un arte», afirma. Ella quiere que las niñas de su comunidad, que ahora tienen más oportunidades de estudio, no olviden de dónde vienen.
En pleno Día Internacional de la Mujer, su mensaje no es de lamento, sino de acción. «Saludarles y felicitarles, seguir adelante, luchando día a día. Porque trabajando es la forma en que se puede salir adelante», sentencia.

Cuando cae la noche en Pampa Cañahuas, a las seis de la tarde, la oscuridad es total. La mayoría ya está en cama. Pero en la casa de Delfina, es probable que aún brille una vela. No solo para iluminar la habitación, sino para seguir tejiendo, punto a punto, el futuro de una comunidad que se niega a ser olvidada. Delfina Torres, así como todas las integrantes de su comunidad, no esperan que la luz llegue sola; ellas las encienden con sus manos.
DATO
Las organizaciones que apoyan en la comunidad son Perurail, Descosur, CiteArequipa y La Reserva de Salinas y Aguada Blanca.
CIFRA
36 damas del ande arequipeño conforman la Organización de Mujeres Campesinas Artesanas «Los Milagros».









