Las lluvias no son el problema. Tampoco las torrenteras. El verdadero origen del desastre está en decisiones acumuladas durante décadas: invasiones toleradas, autoridades omisas y una ciudad que avanzó sobre el peligro hasta convertir fenómenos naturales en tragedias evitables.
Por Sergio E. Mostajo C. Periodista
Seguir escribiendo sobre el escenario dantesco que han dejado las lluvias intensas y el violento ingreso de las torrenteras, dejando una estela de muerte y dolor, es ocioso y repetitivo.
Las causas son harto conocidas, los responsables somos todos, aunque las autoridades lo son más. No solo las de ahora, sino las de los últimos 30 años, quienes nunca prestaron atención a la cruel realidad que hoy nos enrostra.
Son tan culpables quienes ocuparon zonas de riesgo, como quienes las permitieron y las promovieron con acciones irracionales; y hablo de dirigentes invasores.
Nuestra historia está llena de desastres antrópicos (causados por la mano del hombre) que convierten en eso a fenómenos naturales como son las lluvias intensas, terremotos, deslizamientos, vientos fuertes y otros que ocurren persistente y cíclicamente en la región.
Mi madre con 88 años a cuestas me cuenta que en Arequipa siempre llovió fuerte, que los aguaceros empezaban, incluso en noviembre, pues iba a la escuela en plena lluvia. También me dice que las torrenteras o llocllas ingresaban y eran todo un espectáculo al que asistían los pobladores que vivían, no en los cauces como ahora sino en las inmediaciones. Me dice que, ocasionalmente, ocurría un accidente fatal de alguien arrastrado por las turbulentas aguas por acercarse demasiado.
¿Qué ha pasado desde entonces hasta ahora? ¿Por qué las lluvias y el ingreso de las torrenteras causan tanto daño?
Todos los sabemos, las perversas invasiones y el crecimiento anárquico de la ciudad nos han puesto contra la pared. Las nacientes de las torrenteras, en las faldas de los volcanes, tienen un ancho mínimo de 30 metros que al ingresar a zonas urbanas han sido reducidas hasta llegar a ¡¡3 metros!!.
Los cerros que circundan la ciudad antes absorbían el agua de lluvia, se reabastecían los acuíferos y la napa freática. Hoy producto de las perversas invasiones están sobrepoblados, sus tortuosas calles han sido asfaltadas casi íntegramente, sin drenajes pluviales y cuando ocurren las lluvias el agua desciende con fuerza y furia a las partes bajas, causando destrozo y medio.
En mi título, cuando hablo de “extirpar el mal de raíz”, me refiero a dejar de lado los paliativos, las medidas de emergencia, las obras a medias, para dar paso a soluciones definitivas y estas pasan por DEMOLER toda edificación construida en zonas de riesgo. En especial aquellas que, de forma absurda, se yerguen desafiantes al borde e incluso en el cauce mismo de torrenteras y ríos como ese hotel en el otrora puente del diablo. No soy partícipe de pasar por alto la irresponsabilidad de quienes son propietarios y las habitan poniendo en riesgo sus vidas, las de sus familias y de todos nosotros.
Paralelamente, se deben entablar procesos de desalojo y denuncias penales contra los dirigentes de las mafias que promueven las invasiones. E igualmente contra las malas autoridades que se hicieron de la vista gorda. Y no solo eso, sino que consolidaron la ocupación otorgándoles servicios, pistas y veredas con un claro interés político.
Nunca más debemos asistir a un desastre de esta magnitud, urgen medidas radicales.
CITA
“No enfrentamos un fenómeno natural, sino un desastre creado por decisiones humanas acumuladas.”
CIFRA
30 metros de ancho tenían los cauces de las torrenteras y fueron reducidos hasta apenas 3 metros en zonas urbanas.
DATO
Las lluvias intensas han ocurrido siempre, pero el daño actual responde al crecimiento urbano desordenado.









