Alexander, de 24 años, es autista, periodista en formación y modelo. A los 57, Luz Marina Flor Deza, su madre, es su compañera de aula y su mayor defensora. Recorren la universidad, hacen prácticas en radio y televisión, y ella es la muestra de que el amor materno no se puede medir.
Hoy día de las madres, Luz Marina Flor Deza no solo recibe flores y tarjetas, se pasea en medio de guiones de radio, pasarelas de modelaje y aulas de la Universidad Nacional de San Agustín. A sus 57 años, abogada, obstetra y ahora estudiante de periodismo, sigue caminando, estudiando y trabajando por un sueño que no es solo suyo.
Hace más de dos décadas, cuando Alexander, su hijo de 24 años, nació con autismo, dejó el ejercicio del Derecho para dedicarse a él. No se detuvo cuando Alexander decidió estudiar periodismo, ella también postuló a la misma carrera. Hoy, madre e hijo hacen sus prácticas preprofesionales juntos. No es un milagro, es un caso de esos que se construyen con paciencia, exigencia y mucho amor.
Alexander, con poco más de un año de edad, aún no hablaba. Los neurólogos y psicólogos de la época lanzaron un veredicto que aún hoy le eriza la piel a Luz Marina: “Puede que no hable, puede que se quede así”. Los médicos, según relata, a veces se creen dioses con respuestas finales. Sin embargo, ella decidió que el pronóstico no sería el final de la historia. Dejó su carrera como abogada, abandonó el estrado judicial y se volcó a la terapia.
Conoció a la fonoaudióloga Beatriz Ceballos, quien le dio una consigna que se volvería su mantra: «Hay que empujarlo, empujarlo y empujarlo». A los tres años, Alexander entró a un jardín regular de niños, no a uno especial. «Cuando los niños van a colegios especiales, copian conductas», le dijo Beatriz. «Con niños neurotípicos, el entorno los jala hacia adelante». Y así ocurrió.
El tiempo, el trabajo y una crianza sin sobreprotección dieron frutos. Alexander creció, aprendió a leer, a escribir, a tocar piano, a modelar y a hablar inglés y francés. Descubrió que el cine y la televisión eran su refugio, memoriza fechas, elencos, personajes y detalles con una precisión asombrosa. Por eso, cuando llegó el momento de elegir carrera, no dudó: periodismo. Y Luz Marina, sin pensarlo dos veces, postuló con él. «Él ingresó primero, yo después», ahora recuerda.

Desde entonces, comparten las mismas aulas, los mismos libros y las mismas prácticas. En el camino, han roído estereotipos. “Algunos dicen, no parece que tenga autismo”, dice Luz Marina. “Pero detrás de ese ‘no parecer’ hay un trabajo fuerte. Él es autista, nació así y morirá así. No es una enfermedad, es una condición. Un cerebro que piensa y siente diferente”, prosigue.
Ella es un ejemplo
El cuerpo de Luz Marina ha pagado un precio silencioso. Tiene ambos meniscos rotos, camina sin dolor aparente y, el año pasado, le detectaron un tumor estomacal, tras la operación logró recuperarse. «Los doctores se asombran de cómo sigo de pie», dice. No obstante, la herida más honda no fue física, sino espiritual. En la iglesia, un sacerdote que, sin conocerla, le repitió: «Usted ha dicho: ¿por qué a mí me ha mandado este niño?». Ahí se quebró. «Lloré todo el día. Nunca había dicho eso a alguien». Ese llanto, sin embargo, no la detuvo; al contrario, le dejó una lección que ahora comparte con otras madres: «Uno nunca debe decir ‘por qué a mí’. Hay que aceptar y seguir adelante. Nadie nace con un manual para ser madre. Tus hijos sacan lo mejor de ti».
La crianza no solo transformó a Alexander, también moldeó a Yazmín, su hija menor, de 23 años. Criada en un hogar donde la diferencia no se escondía, sino que se trabajaba, Yazmín fundó la Organización Belleza Sin Límites, programa que brinda talleres de modelaje, etiqueta social y autoestima a jóvenes con síndrome de Down, autismo y discapacidad motriz. «Les falta mucha confianza, porque la gente los mira como si fueran extraterrestres», explica Luz Marina.
Yazmín, que estudia Psicología, les enseña a caminar con la cabeza en alto. «No tienen por qué esconderse», dice. El ejemplo de una madre se convirtió en el piso para que otra generación levante alas.

Motor vital de Luz Marina
El caso de Luz Marina no es solo un acto de sacrificio. Es un proceso de adaptación humana excepcional. «Es capaz de cambiar de dirección para hacerse cargo, no solo de atender, sino de conducir a su hijo», explicó el psicólogo Adalberto Ascuña Rivera. «Lo admirable es que va descubriendo otras vías de disfrute y satisfacción. No se ha olvidado de sí misma; se ha encontrado a sí misma en posibilidades que nunca imaginó».
El profesional también destaca cómo el dolor físico y emocional se transforma cuando la prioridad es el futuro del hijo. «La responsabilidad y la motivación la llevan a desarrollar una tolerancia al dolor que la ciencia apenas comienza a comprender». Y añade: «Hay una retroalimentación constante. Los logros del hijo impulsan a la madre, y la madre, al hijo. Es un sistema de apoyo que, aunque no está libre de obstáculos, se vuelve un motor vital».
Hoy, madre e hijo hacen prácticas en Radio San Martín. Luz recuerda una entrevista a un candidato a la presidencia, en la que Alexander alzó la mano y preguntó con voz firme: «Soy un periodista con autismo. ¿Qué piensa hacer por las personas con discapacidad?». El silencio que siguió fue elocuente. Su historia, sin embargo, tiene un contexto más amplio. La OMS estima que 1 de cada 100 niños está en el espectro autista. En el Perú, en 2024 se atendieron más de 91 mil 884 casos con cerca de 630 mil 974 atenciones.

En Arequipa, solo en abril de 2026, los centros de salud mental de la UNSA registraron más de mil 100 casos mensuales de Trastorno del Espectro Autista. Son números que hablan de una realidad que necesita más empatía y menos juicios. «A las madres les digo, sean fuertes. No lloren en los rincones. Tienen que ser el empuje», aconseja Luz Marina.
Luz Marina y Alexander siguen trabajando. No por fama, ni por reconocimiento. Lo hacen porque la vida, con todas sus dificultades, les enseñó que el amor no se demuestra con palabras, sino con presencia. «Mi mamá es una buena persona, inteligente, respetable, pero sobre todo valiosa», compartió Alexander. «Me ayuda a creer en mí mismo y a inspirarme. Estoy agradecido con Dios porque me la mandó». Y quizás esa sea la verdadera historia, no la de una madre que lo dio todo por su hijo, sino la de una mujer que, al caminar junto a él, descubrió que el camino también la llevaba a sí misma.
Cita
«Yo le diría (a mi hijo) que siempre confíe en él, que es valioso. Lo principal es que confíe en Dios. Eso es lo que yo le diría». Luz Marina Flor Deza
Dato
Luz Marina conoció al padre de sus hijos —hoy su esposo— mientras ejercía como abogada. Se casó a los 33 años.








