UHF | Retablo

La puerta colosal de la catedral estaba entornada. Entré. Desde la antesala vi la nave con ornamentos coloniales y el altar recubierto con pan de oro. Los santos parecían observarme recelosos. No estaba Rosalía. Iba a llamarla y a recriminar su comportamiento cuando llegó un mensaje.

Por: Jorge Condorcallo

Rosalía eligió Ayacucho con una insistencia que llamó mi atención para pasar nuestra semana de recién casados en su tierra. En esta nueva vida tuvimos nuestra primera disputa en la cama por una frivolidad: discutimos el programa del día siguiente; yo quería fotografiar la Pampa de la Quinua y ella recorrer la plaza y el cementerio del centro de Huamanga. Se ovilló en su lado, resentida por no haber cedido a su deseo; apagó la lámpara y me dejó con el disgusto avinagrándose en la boca.

—Mañana hablamos, buenas noches —me volví y dormí con sueño de viajero cansado.

Al despertar, de mejor ánimo, quise darle el gusto aceptando su itinerario, pero la impaciente Rosalía se había marchado. Encontré en su almohada una nota: «Buenos días, te espero en la recepción; en la habitación me sofoco, ni la radio funciona. Desayunamos y vamos a caminar».

Me di un duchazo rápido —alalau— y me vestí; el agua me devolvió la felicidad de pensar en la maravillosa semana que tendríamos. Bajé las gradas de dos en dos para no hacerla esperar. La había conocido en una feria cultural: ella buscaba, como un tesoro perdido, una novela de misterio en el cerro de libros en remate; yo di con el ejemplar apachurrado por el uso y lo ofrecí a cambio de una cita.

En la recepción, la campana del llamador y las llaves de bronce en la repisa del mostrador parecían reliquias. En la sala del recibidor encontré otra nota junto al florero; la letra bien dibujada delataba a la autora: «Te demoras mucho, voy a la plaza de armas; nos encontramos en la catedral, voy a rezar por tu alma de saqra…», anotó como solía hablar para hacerme reír.

Sorprendido por la dinámica de nuestra comunicación, deslicé la puerta corrediza y me encaminé hacia la plaza central. Me cautivó su iniciativa y pensaba en los hábitos de mi mujer y los míos que quizá colapsarían como dos estrellas en esta vida compartida que empezamos, por lo que no le di importancia a la calle mojada por la lluvia, sin autos, y a las veredas vacías donde soplaba una niebla luminosa, como humo de incienso de procesión, que se perdía en la blancura de la mañana.

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Junto a una señal de tránsito comenzaron mis preocupaciones, porque avanzaba entre negocios cerrados y oficinas deshabitadas. Me orienté hasta dar con la avenida que apuntaba a la plaza. El monumento al mariscal Antonio José de Sucre me impresionó; sin embargo, en mi pecho un miedo crecía ante la ausencia de gente. El silencio de ritual secreto no cedía a mis pasos.

La puerta colosal de la catedral estaba entornada. Entré. Desde la antesala vi la nave con ornamentos coloniales y el altar recubierto con pan de oro. Los santos parecían observarme recelosos. No estaba Rosalía. Iba a llamarla y a recriminar su comportamiento cuando llegó un mensaje: «Estoy en el templo de Santo Domingo, te espero, no te vayas a extraviar…», con un dibujo que indicaba el lugar para que no me pierda como sonso.

No la llamé, no quería incomodarla con mis reclamos. Al cruzar el portón de maderas macizas, reforzadas con herrajes, creí ver una figura humana que deambulaba: una manga de bruma espesa la engulló. Me tranquilizó saber que no era el único sobreviviente de una maldición inca; responsabilicé de estas imaginaciones a mi afición desmedida por la ciencia ficción.

En la iglesia, frente a la plazoleta, no encontré el rastro de mi esposa.

Llamé, insistí, nada.

Estuve a punto de volver al hotel para calmar mis nervios frente al televisor y olvidar este escenario inhóspito, ordenar mis ideas y esperar el regreso de mi compañera, cuando descubrí, en la pared lateral del templo, un aviso hecho con pintura roja; los trazos de la pinta delataban vehemencia: «Oré por ti, por mí, date prisa, nos encontramos en el cementerio. Rosalía».

No me considero escéptico ni religioso; sin embargo, el miedo sobrenatural me atravesó porque no podía eludir la autenticidad del mensaje, tan real como sobrecogedor.

Seguí el mapa de un panel turístico que señalaba la ruta hacia el cementerio general. No estaba lejos. Me interné en la blanca espesura que olía a tierra removida.

En el trayecto intenté comprender el enigma que me acosaba. Había estudiado cinco años en la universidad y no podía descifrar ese laberinto de notas y calles muertas. Rosalía, por su experiencia como psicóloga escolar, siempre fue más centrada… ¿fue? La idea me estremeció.

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A una cuadra de mi destino, el teléfono vibró en el bolsillo y contesté para despertar del trance:

—¿Dónde estás? Estoy en la puerta del cementerio. Te busqué por todas partes, ¿a qué juegas? —reclamé para recuperar la tranquilidad y la normalidad de mi vida ordinaria.

Rosalía no emitió una respuesta; se guareció en el silencio de su respiración. Al fin, su voz apareció casi desvanecida:

—Ven… estoy cerca…

Me dio las señas de un sector remoto del camposanto y cortó.

Sospechando que se acercaba el final de mi recorrido, memoricé el croquis de la ciudadela que se exhibía en la entrada y avancé.

El cementerio, de una arquitectura mestiza desgastada por el tiempo, era una extensión del paisaje exterior: veredas angostas, vegetación agreste y una neblina sólida que arañaba con frío los huesos. Caminé con cuidado para no tropezar con losas rotas y no alcé la mirada para evitar las formas que serpenteaban en los postes bajo un cielo de tormenta. El entorno parecía torcerse. Me sostuve de una escultura de San Miguel arcángel. Sentía que las piedras milenarias se quebraban y me hundía en sus grietas.

Caí de rodillas frente a la tumba que había imaginado con angustia, la que Rosalía señalaba con su mano abierta como una alegoría de la hermosa muerte.

Sobre la sepultura estaba extendida una lliclla colorada con wawas, frutas y hojas de coca. Ella, sentada sobre el borde de la tumba contigua, me miró con sus ojos rebeldes para decirme, en su felicidad contenida:

—Me hiciste esperar, ¿dónde estuviste?

Y recordé.

«Ayacucho significa “rincón de los muertos”», me explicó Rosalía con afecto por su terruño, en nuestra inolvidable noche de recién casados. «Esta tierra recibió la sangre de patriotas que ofrendaron su vida por la victoria del Perú. Y, siglo y medio después, otra guerra regó con terror las páginas de su historia».

Detrás de Rosalía se levantaba una cruz amarrada con alambres y marcada con el aviso del Ministerio Público: NN. Restos sin nombre porque eran los despojos y harapos que sembró Sendero Luminoso en sus masacres como castigo y advertencia para las autoridades y los civiles.

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Este año habríamos celebrado nuestras bodas de oro, pero desapareciste sin dejar una nota de despedida. Te esfumaste cuando volviste a ver a tus padres y decirles que eras feliz y pronto lo serías más; les darías la buena noticia.

Tu nombre no se borró, permaneció en mí; no permití que se deshiciera entre mis dedos, que encallecieron firmando oficios para comisarías y hospitales; te busqué toda mi juventud y envejecí en el dolor de no volver a acariciarte.

Entendí y la revelación se abrió en el cielo serrano de noviembre como un retablo armado con detalle de maestro: colores vivos, figuras en movimiento, músicos y danzantes que contaban mi desventura por la habitación del hotel, la plaza y el cementerio. En el escenario principal, mis hijos y mis nietos rezaban sobre el altar de ofrendas. Y, junto a ellos, en el mismo nivel, la tierra amontonada de una tumba perdida, cuidada por la figura de una mujer en cuyo rostro pequeñito no cabía la emoción.

Fuiste tú quien me dictó el deseo: que me entierren en la ciudad donde naciste y nació el Perú libre, donde pasamos nuestra luna de miel. No fue coincidencia que me sepultaran a tu lado; tú lo decidiste para encontrarnos, para que me cantes en nuestra primera noche qué te pasó y olvidarlo el resto de la eternidad que nos debemos.

—Creo que fue un infarto… ya estaba muy viejo —dije, tomando su mano fría.

—Te demoraste —respondió—. Te extrañé.

La banda de músicos interpretó un huayno viejo y alegre, el réquiem andino de esta región de tradición y fervor religioso. Rosalía se recostó a mi lado para escuchar mejor mi voz en medio de la fiesta de nuestro primer día de difuntos.

Cita

Caí de rodillas frente a la tumba que había imaginado con angustia, la que Rosalía señalaba con su mano abierta como una alegoría de la hermosa muerte.

Cita

Este año habríamos celebrado nuestras bodas de oro, pero desapareciste sin dejar una nota de despedida. Te esfumaste cuando volviste a ver a tus padres y decirles que eras feliz y pronto lo serías más.

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