Subversónico | La república del simulacro: Britney Spears, Christina Aguilera y las elecciones imaginarias

Porque Britney y Christina eran, en términos artísticos y musicales, unas perfectas inútiles, no como juicio de valor emocional sino como descripción estructural de dos figuras sin autoría compositiva real, sin propuesta sonora distinguible.

Por: Víctor Miranda Ormachea

Toda cultura produce sus antagonismos predilectos con una regularidad que deja de sorprender en cuanto uno acepta que la necesidad de pertenecer antecede, con holgura histórica, a cualquier objeto sobre el que esa pertenencia pretenda fundarse, y que los contendientes son, en la mayoría de los casos, meros pretextos sobre los que el ritual de la confrontación proyecta una gravedad que él mismo genera y a la vez sostiene. Mozart contra Beethoven, Beatles contra Stones, Schonberg contra Ligeti, Spinetta contra Charly García, Michael Jackson contra Prince, Oasis contra Blur, la lista se extiende no porque los contendientes la justifiquen, sino porque la confrontación posee una lógica propia que trasciende el objeto que aparentemente la convoca, y que en los casos mencionados al menos permite al observador distinguir diferencias formales, trayectorias divergentes, concepciones estéticas que resisten el análisis. La historia de los bandos culturales, sin embargo, ofrece sus versiones más reveladoras cuando la maquinaria del antagonismo se pone en marcha con idéntica solemnidad pese a que los objetos en disputa son, para cualquier examen sostenido, esencialmente el mismo producto emitido desde bocas distintas, con ligeras variaciones de empaque y ninguna de sustancia.

A finales de los años noventa, el mainstream anglosajón entregó una de las ilustraciones más brutales de ese fenómeno: Britney Spears y Christina Aguilera, quienes llegaron al mercado en un intervalo de meses, orbitando los mismos sellos, los mismos productores, las mismas cadenas de radio y las mismas estrategias de marketing orientadas a una demografía adolescente cuya capacidad de discernimiento la industria evaluaba –  con algún fundamento – como escasa, y a cuya generación (sucedánea de la generación X) parecía no interesarle profundizar más allá de lo emo o lo otaku como parangones de la complejidad. Ambas eran teen pop idols en su forma más concentrada, con arquitecturas sonoras concebidas para la rotación inmediata, la obsolescencia programada y la extracción máxima de recursos en un ciclo de vida deliberadamente corto donde la caducidad no era un efecto secundario sino una condición de diseño. El bubble gum, alcanzó con ellas una saturación cuya intensidad resultaba casi experimental, de modo que cinco escuchas de cualquier single del canon de aquel momento bastaban para producir un hartazgo que los años posteriores terminarían transformando en rechazo activo, aunque el revisionismo poptimista de la siguiente década intentaría redimir con el argumento de que la cultura popular merece ser tomada en serio (argumento que tiene plena validez cuando se aplica a Prince o a los Bee Gees pero que se convierte en ejercicio de voluntarismo cuando se extiende a productos cuya única sofisticación radicaba en la eficiencia de su aparato de distribución).

Porque Britney y Christina eran, en términos artísticos y musicales, unas perfectas inútiles, no como juicio de valor emocional sino como descripción estructural de dos figuras sin autoría compositiva real, sin propuesta sonora distinguible, sin ningún elemento que permitiera ubicarlas dentro de una tradición o proyectarlas hacia una evolución, superficies sin arquitectura, objetos sin profundidad de campo. Que la maquinaria de relaciones públicas haya sido eficiente no convierte en arte aquello que promueve, del mismo modo que la eficiencia de una campaña publicitaria no convierte en producto de calidad aquello que anuncia, y por ello ambas terminaron consumidas por la misma industria que las fabricó (espirales de colapso público, redenciones mediáticas de manual, legados sonoros convertidos en gustos culposos), dejando un rastro de exactamente la misma densidad que habían prometido durante su apogeo: ninguna. El patrón, dicho sea de paso, es sorprendentemente frecuente en latitudes donde la industria del espectáculo y la industria del poder comparten no solo la lógica sino también los instrumentos, la figura construida para ocupar un espacio, consumida por ese mismo espacio, reemplazada sin que el espacio note la diferencia.

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Lo verdaderamente revelador, con todo, no era la pobreza del material, porque el mercado siempre ha producido descartables con distintos grados de elaboración y la miseria estética del mainstream no constituye ninguna novedad histórica. Lo revelador era la pasión con que millones de personas se dividieron entre uno y otro producto como si la elección implicara un posicionamiento estético real, como si entre esas dos construcciones corporativas mediara algo más que el nombre y el color de cabello; y esa es la demostración involuntaria de algo que la psicología social había documentado con bastante anticipación, a saber, que la tribu no necesita un objeto genuino para funcionar, sino apenas un signo, cualquier línea divisoria trazada con suficiente visibilidad ante audiencias cuyo aparato cognitivo hará el resto. Henri Tajfel demostró en los años setenta que basta asignar personas a grupos arbitrarios – basados en preferencias estéticas mínimas, incluso en lanzamientos de moneda – para que los integrantes desarrollen lealtades intragrupo y hostilidades intergrupo mesurables e intensas, y que el cerebro humano, moldeado durante centenares de miles de años en entornos donde la pertenencia grupal tenía consecuencias directas sobre la supervivencia, no distingue con eficiencia entre una frontera real y una frontera fabricada, procesando ambas con idéntica seriedad y produciendo sobre ambas las mismas elaboraciones emocionales.

La neurociencia de las últimas décadas ha precisado el mecanismo con considerable detalle, el sentido de pertenencia activa circuitos de recompensa dopaminérgicos que funcionan independientemente de la calidad del objeto al que uno se adscribe, de modo que la adscripción en sí misma produce una recompensa que no está condicionada por ningún mérito intrínseco del bando elegido ni del ídolo que lo encarna, y a eso se suma lo que la psicología cognitiva denomina sesgo de confirmación, por cuya virtud el aparato perceptivo, una vez adoptada una posición, tiende a seleccionar la información que la corrobora y a neutralizar sistemáticamente la que la contradice. La psicología evolutiva añade el dato más duro: los grupos humanos primarios funcionaron durante milenios como unidades de cooperación donde reconocer aliados y adversarios con rapidez tenía valor adaptativo directo, y ese instinto de categorización veloz persiste en cerebros que ahora habitan entornos radicalmente distintos, donde las categorías son fabricadas industrialmente y los adversarios no son más que otros consumidores del mismo mercado, el hardware biológico antiguo procesando la ficción nueva con idéntica intensidad y produciendo sobre ella idéntica certeza subjetiva de que esta vez la diferencia es real, de que esta vez el bando importa, de que esta vez la elección tiene fundamento.

El seguidor de Britney encontraba en Christina evidencias de inferioridad que su propio bando no presentaba, y viceversa, con una simetría tan perfecta que habría bastado para delatar la naturaleza del juego a cualquiera dispuesto a observarla; pero nadie estaba dispuesto, porque la recompensa de pertenecer era considerablemente más inmediata que la incomodidad de descreer, y porque descreer implicaba quedar fuera de ambos bandos simultáneamente, una posición que el cerebro social experimenta como pérdida absoluta. Algo más de objetividad hubiese permitido ver que elegir a cualquiera de ellas era elegir el infierno, claro, aunque ese tipo de conciencia requiere precisamente el distanciamiento que el ritual de la pertenencia está diseñado para impedir.

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El problema estructural, el que convierte este episodio de historia del entretenimiento en algo más que una anécdota generacional, reside en que la ficción del antagonismo construida sobre objetos equivalentes no se limita al consumo adolescente ni a ningún dominio cultural específico, sino que reaparece con desconcertante regularidad en ámbitos donde las consecuencias son considerablemente menos inofensivas, replicando la misma configuración con distintos nombres, distintos colores y distintas narrativas biográficas de los contendientes. Dos productos que comparten premisas, financiamiento y objetivos últimos son presentados como alternativas excluyentes; las audiencias se dividen con fervor proporcional a la vacuidad del contenido real; cada bando desarrolla una elaborada justificación de su elección y una igualmente elaborada impugnación de la contraria; y nadie cuestiona en serio, si las opciones disponibles constituyen realmente una elección. El simulacro encuentra aquí su expresión más tangible, la representación no remite a ninguna realidad exterior porque esa realidad exterior nunca existió; hay dos logos, dos paletas cromáticas, dos biografías cuidadosamente construidas para audiencias distintas – aunque en el fondo intercambiables – no hay dos cosas distintas. Hay países, incluso, donde esta mecánica alcanza grados de refinamiento obsesivos, territorios en los que la oferta se renueva cada cierto tiempo con nuevas caras y nuevos slogans, mientras los incentivos que la organizan permanecen inalterables, y donde la ciudadanía vota con la misma solemnidad con que en 1999 alguien compraba el álbum de debut de Britney o de Christina, convencido de que su elección decía algo sobre quién era.

La dimensión más patética del fenómeno se advierte cuando la ciudadanía – entrenada por décadas de entretenimiento optimizado para el consumo pasivo, moldeada por el algoritmo en la respuesta emocional instantánea y el juicio sin información previa, criada en la cultura del fanbase y la adscripción tribal como forma primaria de construcción identitaria – lleva esos patrones adquiridos a cualquier escenario de elección que se le presente, incluyendo los que el discurso cívico rodea de solemnidad ritual. Y los lleva con la convicción genuina de que esta vez la elección es real, de que esta vez los candidatos son distintos, de que esta vez pertenecer al bando correcto tiene consecuencias sobre algo que importa. Pero estudios de psicología política – entre ellos los trabajos de Christopher Achen y Larry Bartels recogidos en «Democracy for Realists» (2016) – han documentado con consistencia que la identificación partidaria precede y condiciona la formación de opiniones en lugar de derivar de ellas, la mayoría de los votantes no adopta una posición ideológica para luego buscar candidatos que la representen sino que adopta una afiliación tribal y construye después las razones que la justifican, con la misma mecánica con que el seguidor de Britney fabricaba argumentos estéticos para una preferencia que en realidad era solo pertenencia. El votante estándar que se declara de izquierda o de derecha, no está ejerciendo una convicción ideológica sino reproduciendo un gesto de filiación, tan tribal, atávico y tan poco meditado como haber elegido el álbum rosado en lugar del azul en el stand de una tienda de discos.

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El decorado ideológico, además, lleva décadas deteriorándose, y es más profundo de lo que los propios actores del simulacro admiten o entienden; la ideología en el sentido último del término – un sistema articulado de interpretación histórica, análisis económico, propuesta política y horizonte normativo que el individuo interioriza, cuestiona y aplica a su lectura del mundo – exige una dedicación intelectual que el paisaje cultural contemporáneo hace cada vez menos probable, de modo que lo que circula son fragmentos descontextualizados, consignas sin genealogía, colores sin doctrina, declaraciones de pertenencia que usan el lenguaje de la convicción sin haber pasado por el trabajo que la convicción requiere. La izquierda y la derecha sobreviven como etiquetas de filiación, no como programas de comprensión del mundo, y en contextos donde la oferta política está estructuralmente orientada al autobeneficio – donde los candidatos comparten, por debajo de la retórica, los mismos incentivos personales y la misma ausencia de proyecto colectivo verificable – la diferencia entre bandos se vuelve tan ilusoria como la que separaba a Britney de Christina: real para quienes la experimentan, inexistente para quienes la examinan. En sociedades con institucionalidad precaria, donde el Estado es ante todo un recurso a capturar y donde la noción misma de bien público lleva décadas siendo administrada como un slogan de campaña, sostener que uno de los productos disponibles representa genuinamente a los supuestos bandos enfrentados requiere una fe y una ingenuidad que solo la pertenencia tribal puede suministrar, porque la evidencia no alcanza.

Baudrillard lo había descrito antes de que las redes sociales perfeccionaran el proceso: el simulacro no requiere que la realidad desaparezca; requiere únicamente que nadie la eche de menos, y en efecto nadie la echa de menos mientras el aparato emocional de la pertenencia funcione con suficiente fluidez, mientras el bando ofrezca la misma recompensa que ofrecía la fanbase, mientras el ídolo – musical o de cualquier otra naturaleza – cumpla la función de superficie de proyección sin exigir verificación de su contenido. Britney y Christina envejecieron y se desvanecieron y los ejércitos que se habían enfrentado por ellas encontraron nuevas causas con la misma facilidad con que el algoritmo recomienda contenido relacionado, porque las figuras nunca habían sido el centro del problema y eran, por tanto, reemplazables, después de todo, eran dos ineptas – artística y musicalmente hablando – cuya función histórica se redujo a ser las imágenes de presentación de un momento de la cultura de masas del que ya no queda ni la música, apenas el recuerdo de que alguien eligió y de que esa elección le pareció, durante un tiempo, completamente justificada.

Este artículo, como habrá quedado claro a estas alturas, nunca fue sobre música.

Frase

La izquierda y la derecha sobreviven como etiquetas de filiación, no como programas de comprensión del mundo, y en contextos donde la oferta política está estructuralmente orientada al autobeneficio.

Frase

El seguidor de Britney encontraba en Christina evidencias de inferioridad que su propio bando no presentaba, y viceversa, con una simetría tan perfecta que habría bastado para delatar la naturaleza del juego a cualquiera dispuesto a observarla

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