Mamás sustitutas, un amor más allá de la sangre

“Madre no es la que engendra, sino la que cría”, esa frase describe de manera precisa a las madres cuidadoras del albergue Chávez de la Rosa, en Arequipa. Tienen a su cargo a 32 niños, a los que con cariño ayudan a sanar ausencias y los forman para enfrentar el futuro. En esta fecha especial les rendimos homenaje.

Ellas son la muestra de que la maternidad es un acto de amor incondicional, que va más allá de la biología.

Por: Brenda Flores Castro Márquez
Fotos: Yván Salcedo

Empieza el día y Belinda Yucra llega a las 7 de la mañana a su trabajo donde la esperan sus seis hijitos, así los llama. El más pequeño de ocho meses y el más grandecito tiene un año y seis meses. Los levanta de sus cunas y los prepara para el desayuno. Hoy tocó huevos y leche, a veces es palta o avena. “Es que ya todos comen ahora, como tienen ocho meses o más. Les damos con cucharita”, nos cuenta.

Los andadores empiezan a correr por toda la sala de juegos. A los dos bebés que ya caminan les asombra todo y el más pequeño intenta aprender a gatear en la colchoneta. Belinda confiesa que verlos empezar a dar sus primeros pasos es de los momentos que más felices.

El reloj marca las 9 de la mañana y es hora de la merienda: fruta picada, cambio de pañales y poco después el almuerzo. Una rutina que le recuerda a sus cuatro hijos cuando aún eran pequeños, siente que revive aquellos días, pero ahora con sus seis hijos de cariño. 

Mientras conversamos con Belinda, uno de los niños la llama “mamá”, una palabra que la emociona, aun cuando ya tiene diez años trabajando en el albergue Chávez de la Rosa. En su paso por este lugar ha criado a más de 40 niños.

“Cuando empiezan a decir sus primeras palabras, me dicen mamá. Eso es algo bonito, ¿no? Bueno, a mí me da ganas de estar más con ellos. De dar todo de mí, darles cariño, amor, afecto”, nos dice conmovida.

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Belinda ha criado a más de 40 niños en una década que trabaja en albergue. Ellos le dicen «mamá».

Belinda es una de las 23 trabajadoras denominadas “madres cuidadoras” en este recinto que refugia a 32 niños, cuyas edades van desde los ocho meses hasta 17 años. Menores en estado de desprotección familiar, abandono o con problemas psicosociales, detalla el director del Chávez de la Rosa, Rodrigo Arce. Ellos reciben alimentación, vestimenta, educación, recreación, pero nada reemplaza todo el afecto de una madre y eso lo encuentran en ellas.

Mamás a tiempo completo

Mientras Belinda está en la hora de juego con los bebés, en otras salas están las mamás Isabel Saavedra y Desiree Ramírez dando el almuerzo a sus hijos, tras regresar del colegio. Isabel tiene cinco niños de 3 y 4 años de edad a su cuidado.

Conversamos con ella mientras lava el servicio. Nos confiesa que no le fue fácil. “Los primeros días me chocó, pero ya me he acostumbrado. Todo es puro movimiento, más con unas gemelas que tengo”, nos dice entre risas.  Hace seis meses ella llegó al albergue.

Un día común es llevar a los niños a unas pequeñas mesas del comedor para el desayuno, pero antes hacen una oración a Dios. Las técnicas que la acompañan le facilitan la labor, ayudando a los pequeños a comer y entretenerlos.

El día puede ser arduo, pero la mejor alegría para Isabel es encontrarse con sus niños tras el colegio.

En tanto, Isabel prepara las cinco loncheras y los lleva al colegio. La labor no se detiene mientras ellos están en clases, porque debe recoger la ropa y acomodar todo para su regreso.  

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“Me he encariñado con ellos que hasta cuando voy a la casa con mis dos hijas, sigo pensando y hablando de ellos. Mis hijas se han puesto un poco más celosas y me dicen: ‘ay mamá, son tus hijos’”, nos relata sonriendo y un poco apresurada porque toca bañar a los niños.

Velando sus sueños

En otro ambiente está Desiree con sus hijos, todos hombres y los más grandes del albergue, de edades entre los 8 y 16 años. Después de almorzar y cepillarse los dientes, es momento de relajarse un poco antes de hacer las tareas, en compañía de tutoría.

Nos cuenta que este domingo, lo pasará con sus niños del albergue. El año pasado también lo celebró con ellos. Lo recuerda con alegría porque los menores la agasajaron cantándole, haciéndole bailar y jugar.

“Ellos te dicen: mamá, hoy es Día de la Madre, hoy tú eres nuestra mamá. Ellos te simbolizan así”, menciona sobrecogida. Su día acaba dejándolos listos para dormir, es cuando regresa a su casa con sus dos hijos.

Desiree celebrará nuevamente el Día de la Madre con sus niños del albergue este año.

Para mamá Miriam Yucra, otra de las cuidadoras, un turno de noche no es descanso, sino de vigilia del sueño de sus pequeños. Cuando llega al albergue a las 7 de la noche, muchos de ellos ya están durmiendo.

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Ocho hijas tuvo esta vez a su cuidado. En medio de la oscuridad a veces unas despiertan asustadas por una pesadilla. Ella esta ahí para darles cobijo y consuelo. “No estas sola, estoy aquí”, les dice hasta que vuelven a cerrar sus ojos.

Miriam reza con sus «hijos» antes de acostarlos y cuida sus sueños.

Muy temprano, a las 5:30 a. m., es hora de despertar. Miriam ayuda a bañar a las más pequeñas y ponerles sus uniformes de colegio. No es fácil peinarlas, pero ya encontró formas creativas de distraerlas lo suficiente. Todas terminan listas con sus cintas rojas en el cabello. Tarea cumplida. 

Miriam reflexiona sobre su papel y lo considera una gran responsabilidad, pensando en su futuro. “Nosotros tenemos que prepararlos para que cuando salgan sean personas de bien. Eso es lo que más deseo”, dice.

Son madres cuidadoras de niños que no trajeron al mundo, pero a quienes crían y protegen como si fueran suyos, tratando de suplir ausencias. Esa compañía muchas veces marca la diferencia entre un futuro incierto y la oportunidad de soñar con algo mejor.

Cifra

23 «madres cuidadoras» rotan en turnos de mañana y noche de 7 a 7, lo que les permite compartir con todos los niños que están en el albergue.

Dato

La Beneficencia recibe donaciones de ropa, juguetes y víveres para los niños. Cualquier ayuda puede entregarla en su local principal ubicado en la Av. Goyeneche 341, en el Cercado de Arequipa.

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