En la necedad natural de mis dieciséis años pensaba que aquello sería un paseo entre chistes, una noche de libertad absoluta sin control de padres ni profesores, y no escuché las advertencias de quienes sabían del gran sacrificio físico que podía significar semejante aventura para un colegial como yo

Por: Jorge Condorcallo
“¡Vamos a Chapi!”, escuché dos veces en la voz cantarina de mi amigo Carlos, aquella invitación que me empujaba a caminar hacia el santuario de la Virgen. La primera fue cuando aún éramos estudiantes de uniforme plomo y camisa blanca de colegio paraestatal; la segunda, cuando terminamos la secundaria y yo atravesaba mi efervescente rebeldía contra los dioses y las religiones, en un alarde de cachimbo que quería leerlo y conocerlo todo.
Movido por su entusiasmo, capaz de ofrecer solución a cualquier problema que se le planteara, decidí recorrer ese camino tormentoso en dos ocasiones que aún sobreviven grabadas con aprecio en mi memoria, cada una con sus propias anécdotas. Y si me equivoco al contar mis recuerdos, espero que Carlos, que alguna vez leerá este testimonio, me corrija para enmendar el relato y precisar los detalles que quizá dejé escapar entre las preocupaciones de mi vida adulta. Al iniciar esta confesión sobre el papel me he preguntado: ¿volverías a ir a Chapi a pie? Y me he respondido: no lo sé; quizá cuando termine de escribir lo sepa, al revisar lo sufrido en aquellas dos noches, me confiese frente al teclado y dé con una respuesta.
Era noviembre —no recuerdo la fecha exacta—, un viernes hacia las seis de la tarde, cuando nos encontramos para sumarnos al numeroso grupo de muchachos entusiastas que peregrinaría a la capital de la fe arequipeña: Chapi. Yo llevaba lista mi mochila de jean, con todo lo que en mi inexperiencia creía indispensable para afrontar la crudeza del desierto. También cargaba los zapatos menos indicados: parecían botas, gruesos y poco flexibles, y serían la causa de mi fracaso. Nos invitaron integrantes de una comunidad de la Universidad Católica Santa María, y aceptamos. Éramos los dos únicos estudiantes de nuestro estricto colegio 7 de Agosto. Carlos fue convincente, porque yo, que odiaba las dos horas semanales de educación física, había firmado para participar en aquella caminata nocturna de noviembre.
En la necedad natural de mis dieciséis años pensaba que aquello sería un paseo entre chistes, una noche de libertad absoluta sin control de padres ni profesores, y no escuché las advertencias de quienes sabían del gran sacrificio físico que podía significar semejante aventura para un colegial como yo: sin hábito deportivo y con sobrepeso. El punto de reunión de la excursión fue una casona por Umacollo, donde un hombre mayor, organizador del peregrinaje, dio recomendaciones a las filas de jóvenes que esperábamos la orden de partida. Nos aconsejó seguir juntos, no dárnoslas de valientes, no hacer tonterías que nos perdieran ni meternos en problemas, e indicó paternalmente que, si teníamos algún percance, bastaba con buscar la carretera y esperar en la vera, porque una camioneta subiría y bajaría del santuario para auxiliar a los peregrinos durante toda la noche.
Y comenzó la aventura: olor a incienso santo, a campamento adolescente y a penitencia de la sed. El primer tramo fue tan tranquilo que pensé que el resto sería pan comido. Recorrimos Sabandía y Characato hasta Yarabamba cantando y orando. Nuestro guía responsable era un universitario de la Católica, tan alto como pálido; había momentos en que parecía tener luz propia, con la que nos orientábamos en la oscuridad del viaje. Su conversación y su apariencia anunciaban una juventud entregada a la fe; es probable que terminara ordenado sacerdote o profesor de religión.
La rudeza del cuero de mis zapatos molió la piel que cubre el tendón de Aquiles. Lamentaba no haber llevado un calzado más cómodo. Luego el zapato atacó la planta del pie y sentí crecer las ampollas sin piedad. Cada descanso era un respiro para mis dolores, y yo aprovechaba para atragantarme con largos sorbos de gaseosa. Había llevado una botella enorme que en Yarabamba ya había vaciado, y compré otra de Kola Real que, por recomendación de mis compañeros, bebí a sorbos pequeños.
Continuamos. Cada paso se sentía como caminar sobre piedras ardientes, y notaba nuevas ampollas inflamarse bajo mis pies. Con orgullo y vergüenza aguanté el dolor, afirmando a mi preocupado amigo y al guía que estaba bien. Ellos avanzaban como eximios excursionistas, mientras yo era apenas el lastre de su competencia contra otros grupos. No podía seguirles el paso. Me rezagaba para volcar la botella en mi boca; no me importaba si se terminaba y moría de sed: era la única medicina que paliaba mi sufrimiento amarrado con pasadores.
A las diez de la noche, mientras atravesábamos un paraje oscuro donde solo podíamos ver los círculos que dibujaban nuestras linternas, mi andar era el martirio del mismo San Francisco; no, peor aún: yo era Cristo con la cruz en los zapatos rumbo al Gólgota, porque en cada paso mis pies se hundían en alfileres ardientes que me obligaban a reflexionar y expiar mis pecados. Arrepentido, pensaba en lo bien que estaría en mi cama viendo televisión si no hubiera aceptado participar en aquella travesía. Carlos me animaba a continuar cuando le confesé:
—Aquí me quedo.
Fracasé. Y antes de la medianoche me rendí, abrazando mi mochila y mi hazaña inconclusa en una curva de la carretera.
Seguido de una polvareda que fue señal de milagro, porque llegué a creer que nadie me recogería, apareció el vehículo: una camioneta con agua y maletín de primeros auxilios. En la caja de carga iba otro muchacho, mayor que yo, que me saludó desde su propia queja. A ambos nos rescataron de nuestra imprudencia y, luego de atravesar buena parte del camino que debimos hacer caminando y con fe, nos dejaron en un lugar desolado donde no había carpa de atención alguna, solo una construcción olvidada o recién levantada; no podía distinguirlo, porque apenas nos alumbraban la luna y las estrellas. A primera vista era una iglesia, aunque mejor diría una capilla. Entramos en aquel recoveco donde nuestras pisadas hacían eco y nos sentamos en el suelo de cemento a esperar que amaneciera y mejorara nuestra situación. Según entendí, estábamos muy cerca de ese punto que es fiesta para los peregrinos agotados: Siete Toldos. De ahí a Chapi era cosa de nada.
El muchacho, cuyo nombre lamentablemente he olvidado, y yo conversamos hasta la madrugada en aquel recinto que cualquier aficionado al terror habría escogido para contar historias de fantasmas: hornacinas, altar y una ventana sin cristales por la que entraba la luna y dibujaba rectángulos en el piso. Si un aparecido se hubiera acercado para unirse a la charla, no nos habría sorprendido; nosotros éramos quienes desentonábamos con el escenario. Allí nos quedamos porque no podíamos hacer más. Mi compañero llevaba los talones y los tendones en peor estado que los míos: su falta de pericia le había hecho escoger unas auténticas botas mineras que lo habían destrozado durante horas.

Cuando el agua que compartíamos nos bautizó en la fraternidad de los mártires de las ampollas, decidimos que nuestra insignia sería el zapato roto o la botella de gaseosa que mejor nos representaban en nuestra humillación. En confianza, él, animado por la ridiculez de dos soldados de Cristo derrotados por viles ampollas antes de pelear por su dios, me contó desde sus veinte años sus innumerables experiencias amorosas. Yo escuchaba y, aunque al principio di por hecho que alardeaba, inventaba y se jactaba, la forma en que relataba terminó por convencerme, en mi inocencia de escolar hambriento de todo eso, hasta hacerme pensar: ¡Qué bacán, qué envidia, yo quiero vivir lo mismo o el doble!
Una de sus historias acabó en un silencio incómodo, porque debí decirle algo al terminar. Me habló de una chica que lo buscaba: se había enamorado de él, pero él tenía novia. Se embriagaron; ella estaba borracha y él pudo aprovecharse de eso. Jamás lo sabría, y si llegaba a darse cuenta, igual quería hacerlo, solo que había tomado demasiado. Pero no fue un patán: la cuidó. No pude entonces, pero debí reconocerlo —porque creo que lo merecía—: bien, amigo, hiciste lo correcto.
No quería dejar el nido lúgubre que nos había cuidado y salvado nuestras arrolladas vidas, pero yo ya me sentía mejor y él podía avanzar despacio. Antes de que clareara el sábado salimos de nuestra guarida y reiniciamos la caminata con parsimonia de enfermos, cojeando y dando pena a la naturaleza que se erguía con los rayos del sol. El resto del trayecto seguimos hablando de todo cuanto pueden hablar un joven resuelto en contar sus más febriles encuentros y un adolescente curioso por conocer lo que puede hacerse cuando se es universitario.
Al divisar el templo de Chapi a la distancia, no me pareció el oasis que Dios creó en medio de la nada, como lo habían descrito quienes lo conocían. Para mí era una iglesia de arquitectura colonial agrietada y puertas grandes. No recuerdo si recé al llegar, y si lo hice, no recuerdo qué pedí en mi oportunidad de hablar con el Todopoderoso. Me despedí de mi compañero, le deseé suerte y él hizo lo mismo. Le perdí el rastro; me habría gustado hacerme su amigo de verdad.
Luego, tras avanzar y buscar entre los grupos, pude encontrar a Carlos, que se veía descompuesto por el cansancio y se reponía de la mala noche. Por la tarde volvimos a la ciudad de Arequipa; los campeones se solazaban de su indoblegable fuerza humana para tan exigente aventura, y los vencidos los admirábamos en silencio.
Lo que más lamenté fue no poder contarles a los de mi clase de quinto de secundaria la hazaña de haber llegado caminando a Chapi.
“Sí se puede, ¡vamos a Chapi!”. La segunda vez que fui a Chapi fue en mayo, al año siguiente de terminar el colegio. Estaba rapado y contento porque había ingresado a la universidad, y mi buen amigo Carlos me animó a volver a intentar la caminata. Él estaba seguro de que esta vez lo conseguiría. Yo no estaba de acuerdo, y tenía buenas razones: seguía con sobrepeso, no practicaba más deporte que el de los videojuegos —que endurecen los músculos de los dedos y cansan la vista—, y todavía el fútbol no me cautivaba. Sin embargo, a última hora me decidí y alisté mi mochila, la compañera gastada de jean y manchas de plumón. Esta vez elegí un calzado adecuado y no llevé mucha ropa de abrigo, por temor a cargar demasiado peso y quedarme rezagado.
Como tomé la decisión muy tarde, no tenía forma de avisarle a Carlos que me apuntaba a su clan. Aún los celulares no existían o, si existían, solo los poseía la gente con mucha plata. Fui a su casa y su mamá apenas me dijo que había salido, que no estaba segura de adónde; así era Carlos. Me daba vergüenza explicar que no iría porque no encontré a mi amigo, que solo no podía ir ni a la esquina. Con mucha fe en que lo hallaría en el camino, partí de mi sala con determinación o absoluta imprudencia. Ni en la ruta, ni en Chapi, ni de regreso encontré a Carlos. Días después di con él que no sabía de mi marcha solitaria: estaba bronceado y me contó que sus amigos, más creyentes en la botella de ron que en la Virgen, habían desistido de caminar hacia el desierto y prefirieron la playa; allá se fueron, con mayor devoción.
Mi meta estaba a cincuenta kilómetros, más o menos. Difícil no parecía: solo tenía que seguir a los cientos de personas que iban en peregrinaje, aunque todos marchaban por lo menos en pareja. Si me retrasaba, no tendría a quién pedir ayuda. Y si me perdía, yo tendría la culpa de mi suerte y de mi muerte, así de fatalista era. Pensaba en la tragedia y en helicópteros buscando mis restos; sería el dueño de esos huesos escondidos entre piedras que nadie encontraría.
En Yarabamba me abastecí de gaseosa y cigarros en un descampado donde habían armado puestos de venta. La vendedora, luego de entregarme el vuelto, me despidió con preocupación de madre, no sé si real o fingida. Esa noche fumé como un irredimible adicto a la nicotina; tanto humo entró en mis pulmones que un mes después una radiografía diagnosticó una neumonía y la acusación directa del doctor:
—Usted fuma.
Lo negué tres veces como Pedro, porque mi madre, con incredulidad, observaba a su hijo, que juraba ser más sano que una ensalada de frutas.
—Cuídese, joven. Que Diosito lo guíe y lo haga llegar bien —me dijo la buena comerciante, alumbrada por un foco para no equivocarse con los billetes y las monedas.
Conforme avanzaba sentía el cuerpo endurecido por el esfuerzo de la caminata. El viento frío de la sierra me azotaba el pecho con rigor. Ojalá no pesque un resfrío, rogaba, porque mi ropa de abrigo eran apenas unos pantalones jean que se habían puesto fríos con la caída de la temperatura, un polo y una polera extra delgada. Aun así había ganas, emoción y desafío: estaba solo y lo lograría por mi cuenta.
Luchaba contra lo que se apareciera en mi rumbo. En un punto del camino, para avanzar, tenía que subir por altos andenes que en la noche parecían los muros de una fortaleza que no se dejaba atravesar. Para ello se necesitaba la ayuda de otra persona que ofreciera la mano y asegurara la llegada al siguiente nivel. Veía cómo las familias y las parejas de enamorados se apoyaban; parecían hormigas que trepaban y jalaban unas a otras por solidaridad con los suyos. Alguien me vio solo y, sin que se lo pidiera, me tendió el brazo. Hasta hoy se lo agradezco, porque no soy de pedir ayuda; seguro me habría rasgado la ropa y maltratado el cuerpo esforzándome por ascender.

Caminaba charlando con mi conciencia con absoluta franqueza, haciendo promesas: que iba a estudiar y acabar la carrera sin distracciones, que buscaría trabajo, que me convertiría en escritor. Y con mi espíritu presente cada vez que me sentía agotado o pesimista: esta vez tienes que llegar, sí se puede. Apuntaba con el foco de la linterna el sendero confuso de aquella remota noche sin luna. Me sentía bien y optimista porque no percibía ninguna molestia en los pies que pudiera rezagarme. Solo en la mano con la que llevaba la linterna palpaba una viscosidad inexplicable que limpiaba en los pantalones y volvía a aparecer. Fue una hora después, al ver aquella mancha oscura en mi palma, que comprendí lo sucedido: la linterna tenía en el mango un soporte magnético con tres líneas de imanes para acoplarse y, al haberla sujetado con fuerza, me había cortado. La viscosidad que sentía era mi propia sangre. No me asusté; limpié la herida y en la fatiga la olvidé.
Bajaba por una ladera empinada cuando recibí otro castigo. Un prójimo, hijo de Dios bendito, soltó sin cuidado la rama que sostenía, por cortesía, para facilitar el descenso de su enamorada, y yo recibí el ramalazo que me mordió con sus espinas. La planta se clavó en mi brazo y en mi hombro como una trampa mortal. Varias malas palabras reventaron en mi cabeza, pero no salió ninguna queja de mi boca. Qué dirían las estrellas que me observaban.
Lo estaba haciendo muy bien. No había molestia en mis tobillos ni señal de ampollas inflamándose en la piel. Y al llegar la madrugada, la claridad me invadió como una sorpresa de bienvenida. Me sentía como el jugador que ha llegado sin ayudas a la fase final de la competencia, aunque del triunfo pasé al desconcierto: la llegada del día me desorientó por completo. No sé cómo ocurrió, pero me vi solo y perdido entre cerros, enormes rocas y hectáreas de cactus. Veía el mismo paisaje desértico al este, oeste, norte y sur. No sabía por dónde seguir y no había rastro de camino que me guiara.
Usé mi mejor estrategia: buscar y subir a la parte más alta, aunque me costara agotamiento, para ver mejor el panorama. Si tenía que regresar, lo haría, pero no podía perderme o, peor aún, desesperarme. Empecé a escalar. No fue fácil, porque no había sendero limpio en la falda del cerro y, en cada metro que vencía, me atacaban brotes de espinos que se enrollaban con rabia a mis piernas, royendo mis pantalones, mientras otras plantas me pellizcaban con sus flores puntiagudas. Con enojo arrancaba las armas de mis enemigos para devolverlas a la tierra.
Al llegar a lo más alto del agreste escenario me di cuenta de dos cosas, una peor que la otra.
Tras la cima se abría un extenso horizonte de montañas que parecían abarcar lo que faltaba del mundo. El mensaje era claro: ¡regresa!
Al volver el cuerpo para descender, y en la reveladora claridad, encontré la segunda tragedia. Una familia formada por el esposo, la esposa y un niño pequeño —los tres adoloridos por las plantas que los pinchaban con insidia— me había seguido creyendo que ese muchacho que iba solo y resuelto sabía mejor que ellos el camino correcto.
Al conocer la verdad, al ver que regresaba de la cima porque estaba más perdido que ellos, volvieron sobre sus pasos renegando contra mí. Hasta donde estaba escuché sus maldiciones y, algunas veces, cuando se me calienta la oreja, pienso que deben ser ellos, entre otros humanos, quienes todavía me siguen dedicando sus quejas y carajos.
Había perdido mucho tiempo, así que tuve que caminar más rápido. En Siete Toldos compré una gaseosa de medio litro y más adelante recogí la piedra que representaba mis pecados, la cual cargué por cumplir con el ritual que tantos otros hombres hacían. El resto del camino me pareció una cuesta abajo, una extensa gradería hasta Chapi. El peregrinaje se convertía en paseo.
Al hacer cálculos mirando mi reloj descubrí que había demorado más del tiempo promedio en completar el recorrido. Eran las ocho de la mañana cuando ingresé al área del santuario. Llegué cubierto de sudor, empolvado hasta los cabellos y con los pies agarrotados por el cansancio de más de doce horas de camino sin descanso.
Soy sincero, ¿para qué te voy a contar lo que no es? No me arrodillé para saludar a mi creador ni ofrecerle un rezo en la puerta de su castillo. Pasé de largo frente al portón de la iglesia, donde la multitud se apretaba para alcanzar el vestido de la Virgen, y fervorosamente me entregué a la sombra de un kiosco donde compré una Néctarín y bebí el líquido color frambuesa hasta que la vida volvió a mí.
Busqué a Carlos, creyendo posible encontrarlo en esa muchedumbre de borrachos, devotos y turistas. Yo no sabía que a esa hora estaba en Mollendo ofreciendo su cuerpo al dios Poseidón, que llegaba en forma de ola y lo revolcaba.
Me aburrí de no poder hacer más que mirar las lágrimas de los creyentes y la cera derretida de las velas. El reto estaba hecho, así que compré el boleto de regreso, porque no era un sádico para volver a pie, y abordé un bus, uno de los últimos carros que hacían la ruta de Antiquilla, de esos con las tradicionales franjas amarillas y negras. Ocupé mi asiento y estaba tan cansado que no pude ver el paisaje que el velo de la noche me ocultó, porque me quedé profundamente dormido.
Al despertar encontré el paisaje urbano; esa no fue la mayor sorpresa. Lo fue descubrir que mi cabeza descansaba sobre el hombro de un desconocido que me veía con temor y de soslayo. Yo había dormido plácidamente, pero él de seguro rezó a la Virgen para que algún milagro despertara a este inconsciente que le babeaba la casaca sin pena.
Llegué a mi habitación como si hubiera regresado de la guerra: malherido, pero vivo. Comí con hambre de hijo prodigo, me bañé, aunque sentía un punzante frío en los huesos por la mala noche y mamá me aconsejó que no lo hiciera para no enfermarme de pulmonía. Luego intenté ver una de las películas de Dragon Ball que en esos años pasaban en televisión todos los domingos, pero no resistí al sueño y dormí como muerto.
Esas fueron las dos únicas veces que fui caminando a Chapi. Que si volvería a ir: sí, pero no por el milagro que los creyentes dicen se cumple para quienes acuden tres veces hasta los pies de la Virgen. Iría, honestamente, para ver otra vez la procesión de linternas en la noche interminable; por la devoción de la multitud que se solidariza con quienes comparten sus creencias; por la convicción que lleva a miles de hombres, mujeres y niños a cumplir con la ofrenda del dolor por un deseo que nadie más que Dios conocerá; por esas historias de incomparable fe, y por el sabor de la Néctarín helada en medio del desierto.
Cita
Y comenzó la aventura: olor a incienso santo, a campamento adolescente y a penitencia de la sed. El primer tramo fue tan tranquilo que pensé que el resto sería pan comido.
Cita
Llegué a mi habitación como si hubiera regresado de la guerra: malherido, pero vivo. Comí con hambre de hijo prodigo, me bañé, aunque sentía un punzante frío en los huesos por la mala noche y mamá me aconsejó que no lo hiciera para no enfermarme de pulmonía.









