El desplome electoral de Alianza para el Progreso refleja el impacto de la desconfianza en la gestión de EsSalud, donde la percepción de politización terminó pasando factura en las urnas.
Por Lic. Jonathan A. Bárcena Carpio. Periodista
El proceso electoral del 12 de abril dejó varios perdedores. Pero hay uno que destaca con claridad. Un partido que se presentaba como sólido, con estructura nacional, figuras visibles y recursos abundantes, terminó diluyéndose en las ánforas. Hablamos de Alianza para el Progreso, que apenas alcanzó el 1.13 % del electorado, unos 183 mil 641 votos a nivel nacional.
La caída no es casual ni puede explicarse solo por errores de campaña. Hay factores más profundos, y uno de ellos toca una fibra especialmente sensible: la salud pública.
Durante los últimos años, la gestión de EsSalud estuvo marcada por cuestionamientos constantes. Designaciones políticas, falta de meritocracia y decisiones administrativas discutibles instalaron en la opinión pública la idea de una institución capturada por intereses partidarios. Más allá de los nombres, lo que quedó fue la percepción de que el sistema dejó de responder exclusivamente a su propósito: cuidar la vida de los asegurados.
Y en salud, la percepción importa tanto como la realidad.
No se trata únicamente de cargos o estructuras. Se trata de experiencias concretas: pacientes esperando atención, familias enfrentando demoras, tratamientos que no llegan. Cuando la política interfiere en ese terreno, el costo no es abstracto. Es personal. Y esa memoria, silenciosa pero persistente, termina expresándose en el voto.
El electorado puede tolerar muchas cosas: discursos vacíos, promesas incumplidas, incluso escándalos. Pero la salud tiene otro peso. No hay narrativa que compense la sensación de abandono en un hospital. No hay campaña que borre la experiencia directa o cercana de un sistema que no responde.
Alianza para el Progreso apostó por intervenir en ese espacio sin medir las consecuencias. Y cuando regresó a pedir el voto, ya no encontraba un terreno neutral, sino uno minado por la desconfianza.
Seguramente hubo otros errores. Estrategias fallidas, desgaste del liderazgo o desconexión con el electorado. Pero hay una lección que queda clara: jugar con la salud pública tiene un costo político alto.
En Arequipa, varios actores respaldaron ese proyecto, quizá convencidos por promesas o expectativas. Hoy, el escenario es distinto. Si quieren seguir siendo opciones viables, tendrán que tomar distancia de prácticas que el electorado ya sancionó.
Porque al final, el votante puede perdonar muchas cosas.
Pero no perdona que jueguen con su vida.
CITA
“El votante puede perdonar todo, menos que jueguen con su salud”.
CIFRA
1.13 % de votos obtuvo Alianza para el Progreso en estas elecciones.
DATO
La percepción ciudadana sobre EsSalud influyó en el rechazo electoral al partido.









