En Jachaña, a casi 5 900 metros de altitud, el frío extremo no solo cobra la vida de alpacas recién paridas: también desnuda la precariedad de salud, educación y vías que arrastran las comunidades altoandinas. Los convenios mineros incumplidos y la ayuda estatal insuficiente mantienen abierta una herida estructural que amenaza su supervivencia.

Por: Carlos Vasquez González. Periodista
La imagen es silenciosa, pero contundente: una alpaca recién parida muerta por el frío. La escena se observa en Jachaña, a casi 5 900 metros de altitud, en la provincia de Caylloma, donde las temperaturas descienden hasta los 18 grados bajo cero. El invierno no solo golpea el paisaje, sino también la economía y la supervivencia de más de 300 estancias ganaderas; solo de este centro poblado.
Para las familias altoandinas, la crianza de alpacas no es una actividad secundaria, sino su principal fuente de sustento. La pérdida de crías y hembras reproductoras significa la reducción directa de ingresos y la amenaza de un empobrecimiento progresivo. Prueba de eso es su alicaído sistema de salud, calamitosas carreteras que las unen y centros educativos a merced de las inclemencias del clima.
Siete empresas mineras de mediana y gran escala, entre ellas Bateas, Crespo y Buenaventura Tambomayo, trasladan su producción por estas vías deterioradas. El alcalde de Jachaña, Mauro Yucra, reclama el incumplimiento del convenio marco que Bateas mantiene con el distrito de Caylloma, el cual contempla 2 millones de soles para obras en salud, educación y recursos hídricos. Fondos que no terminan de traducirse en mejoras concretas para el principal centro poblado, Jachaña.
Desde el Estado, el Ministerio de Desarrollo Agrario y Riego, a través de Agro Rural, ejecuta el Plan Multisectorial ante Heladas y Friajes. En Arequipa, unas 5 mil familias han recibido kits veterinarios, semillas y cobertizos. Sin embargo, las cifras resultan insuficientes frente a una realidad donde la mortalidad de camélidos puede alcanzar hasta el 50% en temporadas críticas, especialmente entre crías.
El problema no es solo climático. Es estructural. La ayuda llega tarde, cuando las pérdidas ya están consumadas. La dispersión geográfica complica la intervención, pero no puede justificar la ausencia de planificación sostenida ni la falta de articulación entre Estado y sector privado.
Para las autoridades, las heladas siguen asumiéndose como emergencias pasajeras, y no como un desafío permanente que exige inversión, prevención y presencia real en los territorios más alejados. En Jachaña, el frío no solo mata alpacas, también expone las fallas de un sistema que no termina de integrar a quienes viven en la zona.









