Cultura

UHF | El aprendiz

Por: Jorge Condorcallo

Con mi quinto año de universidad me alucinaba una promesa del periodismo escrito y cronista en despegue al éxito. Ese año del recuerdo me enviaron a Pauza como premio por mi trabajo ad honorem de practicante en el diario de mayor circulación en Huamanga. Tenía la voluntad y el tiempo que me hacían el reportero ideal para cubrir el auspiciado certamen de deportes de alto riesgo en el distrito, al cual llegué con mi endeble fisonomía, sin saber que me enamoraría como un recién nacido de la teta, yo, un risueño contador de historias.

En la recepción de bienvenida, con el cuerpo destrozado por el viaje interminable, me codeaba con mis colegas de la prensa local a los que conocía de la chamba y miraba con veneración a los ejemplares de la capital que traían cámaras de última tecnología que avergonzaban a los camarógrafos del departamento que seguían montando sobre sus hombros reliquias analógicas con cinta VHS.

—¡Qué rica está la Estefanía! —Pablo me saludó con la mano abierta. Se presentó como el eximio redactor de la sección Deportes del segundo diario más leído de Huamanga. Él notó que también yo miraba con deseo a la curvilínea reportera del canal del Estado, que se veía el triple de hermosa en persona.

La comisión organizadora del evento nos dio habitaciones para dormir las dos noches. La habitación la compartí con Pablo y dos canotistas de Lunahuaná. El resto del día me aventuré por la plaza y fotografié la iglesia colonial que ostentaba una arquitectura misteriosa. Cuando el día se fundió con los colores de la tarde, me encaminé hacia la cruz del cerro desde donde miré el cielo deshacerse en las volutas de humo de mi cigarro de poeta en trance. El pueblo era un mestizo de tradición y modernidad: se miraban enfrentados los balcones de madera y las antenas de comunicación sobre el dios de roca verde.

Al volver a la habitación encontré a Pablo, que decidió ser mi amigo porque necesitaba uno, a fuerza.

—Oye, te llamas Lizandro, ¿verdad, colega? Conocí a una jermita en la tienda y quedamos para vernos esta noche. Va a llevar a una amiga, hazme el bajo, estás ganado. Hoy por mí, mañana también por mí, hazte la taba, manito —no pude negarme a su súplica. Pablo tendría tres años más que yo y estaba bendecido con el don de la palabra y las bromas brotaban de su ser con naturalidad.

Antes de entrar al parque de la cita me pidió diez soles, extendí el cheque sin chistar, compró ron con gaseosa y llegamos a la banca donde nos esperaban Miriam y Diana. Los ojos verdes y lánguidos de Diana me conquistaron sin esfuerzo.

Conversamos y celebramos con brindis por el aniversario de Pauza y al buen Pablo, en el calor de la broma y el doble sentido, se le ocurrió proponer el juego de la botella borracha. Recogió la botella a medio acabar y la puso en el suelo; las chicas rieron y aceptaron.

—¡Uyuyuy, esto se va a poner requetelindo! —celebró mi amigo.

Pablo preguntó por la virginidad de Miriam y en la cuarta ronda la besó en castigo. En un guiño del ojo de mi compañero entendí. Dijo jacarandoso, con el pico señalándome:

—Dianita, besa a mi amigo, con toda tu pasión ayacuchana.

Yo esperaba que se rehusara, pero Diana me llevó de la mano bajo la copa de un árbol que nos protegió del frío y de la luz delatora de los faroles. Luego sentí su voluptuoso abrazo y la suave caricia de sus labios. Cómo explicarle a esta mujer que a mis veintiún años ese era mi primer beso de amor, o del juego del amor, cómo hacerlo. Saboreé su boca, el aroma de sus mejillas y el resplandor castaño de sus cabellos. En la inexperiencia, no sé, puse mi mano en su pecho y ella doblegó mi diestra para que volviera mansamente a su cintura.

Al finalizar el reto volvimos con Pablo y Miriam, que se besaban porque supuse habían seguido jugando sin nosotros. Miriam, en el alboroto del licor en su sangre, entendió que podría acabar encamada con ese desconocido y se excusó con que tenía que recoger a su hermanito. Diana la siguió obediente y en un fogonazo de los fuegos artificiales estábamos los dos solos en medio del parque.

—¡Pendejas! Quieren, pero seguro tienen novio y pueden verlas, es pueblo chico. ¿Tú tienes enamorada, estimado Lizandro?

—No, por ahora no —respondí—, para no evidenciar lo que saltaba a la vista.

Mano, te pasaste, querías agarrarle todo, tienes que controlarte, pasito a pasito —me educó en el arte de la pendejada.

—¿Y tú tienes flaca? —pregunté para cambiar de tema.

—No, no, yo soy un hombre casado y feliz —infló el pecho al responder.

—¿En serio?

—Sí, ¿no se nota? Soy casado ante la ley y ante Dios, mi esposa y yo tenemos un niño de dos años. Ella no es periodista, es contadora. Por ahora no está trabajando —contó con espontaneidad, como si no hubiera pasado lo de Miriam y no me atrevía a cuestionar su moral. Tampoco me explicó por qué se comportaba como un soltero suelto en plaza. Noté que era su forma de ser: la conquista y el coqueteo eran su esencia y no podría disimularla ni ocultarla.

—¡Vamos a la fiesta!, ¿qué hacemos aquí como cojudos?

Esa noche me emborraché hasta las últimas. En cada vaso de vino, pisco y cerveza estaba el beso abrasador de Diana. A no sé qué hora el mundo se me hizo una vorágine de leños encendidos y estrellas que reían. Recuerdo que salí del caserón donde celebramos los periodistas y caminamos por las calles trastabillando. Nos metíamos a las casas antiguas cuyas colosales puertas no estaban aseguradas por la costumbre y nos enredábamos en los cordeles con ropa colgada. Caminamos sin rumbo hasta hacernos amigos de un dúo de hermanos guitarristas que, menos borrachos que Pablo y yo, daban serenata a la luna y cantamos hasta que nos quedamos sin alma.

Qué dolor de cabeza al despertar. Se abrió la consternación al mirarme en el espejo: vi a un monstruo de cuento de terror. Tenía el rostro desfigurado por el golpe duro contra lo desconocido que me infló el lado izquierdo de la cara, irreconocible con la costra que me enmascaraba como un antifaz grotesco, y lo peor es que no recordaba qué sucedió.

Pablo se acercó para reír sin pena de la desgracia de su compañero de aventura que se tanteaba el dolor y los recuerdos.

—Lizandro, tú no sabes tomar, hay que cuidarse. Menos mal tienes a tu pata que se preocupa por ti. Tropezaste y fuiste de cara contra la acequia, sangrabas como pilón de agua. Menos mal estuvimos tomando con los policías de rescate y te atendieron —yo escuchaba como si contara una película que jamás había visto—. ¿No te acuerdas? Tú y el de TVPerú se pasaron de bomba. El huevón se metió calato al lago y tú, bailando, le dijiste al jefe de los tombos: “Diana, te amo… qué rico besas, bésame…”. Te lo querías chapar, te pasaste de maricón —y coronó la anécdota con un beso que me mandó volado como miss en certamen de belleza.

¡Qué vergüenza! En la inauguración, pasaba entre los cámaras y reporteros cabizbajo. Escuchaba que murmuraban sobre mí y no había forma de negarlo porque llevaba en la piel la marca de la ignominia grabada con un pedernal.

El día fue infinito; corrijo: fue una tortura infinita. Me sentía un leproso. Incluso Pablo se apartó para hacer sus reportes. La inauguración fue apoteósica. Le dediqué mi atención para olvidar mis penurias y redacté el reportaje que envié en borrador a mi jefe por correo electrónico. La respuesta del profesor fue por llamada telefónica y me fulminó:

—¿Qué estás haciendo? Solo eso en dos días, huevón: publicidad de la municipalidad. ¿Eres periodista o qué? Ve a la posta, ve a la Defensoría, a la UGEL, busca la noticia, carajo. ¡Mierda! Mándame algo para publicar, no cojudeces de practicante. No estás de vacaciones —yo creí que sí porque ni me pagaban por mi tiempo, doce horas los siete días de la semana, qué vivazos.

A ponerle pilas a esta vaina, me dije. Hice mi chamba con apasionamiento de escritor profesional e hice mis envíos, que aprobó mi jefe del diario en el tercer día.

Cuando llegó la tarde para volver a la ciudad, no me importaban los murmullos y bromas que me acosaban. Me quedé sorprendido al ver que a la despedida de la prensa se sumaron tantas personas. Entre ellas vislumbré a Diana, que llevaba a un niño pequeño en brazos. No tuve que buscarla porque ella se acercó y me observó con compasión.

—¿Qué te pasó? —habló con ternura.

—Creo que me caí —respondí confundido y feliz en el tumulto. —¿Es tu hijo? —pregunté con miedo de su respuesta.

—Es mi hermano —sonrió y lo alzó para que lo salude—. ¿Parezco mujer con hijos? —se quejó en broma.

Y conversamos. En un momento dejó al niño libre para que juegue y ella acarició la herida en mi rostro de hombre derrotado.

—La próxima vez te llevaré a conocer lo bonito de mi tierra —prometió con una sonrisa que abrió el cielo sobre mí.

Con dudas de primerizo me acerqué y ella me obsequió un segundo beso que esta vez no maltraté con el deseo en vilo de mis veintiún años. Pedí el favor a Pablo, que pasaba, y nos sacó una foto con mi cámara. “Te la mandaré”, le dije, y nos despedimos.

Pablo, acomodado en el asiento contiguo al mío, me felicitó.

—Campeonaste, colega, y te pasaste de perro. Estoy seguro de que ese chibolo es su hijo. Acá todas tienen hijos a esa edad. Y la pendeja adornó a su marido frente a todos. ¿Quién será el cojudo? Menos mal nos fuimos, si no te sacan la mierda en mancha. Diana se pasó de puta —y dolió la conclusión de Pablo.

—No creo, además no puedes juzgarla de esa forma, y si es cierto qué cagado si tiene hijo y no sabe respetar a su familia, gente de mierda —Pablo giró todo su cuerpo hacia la ventana, no volvimos a hablar en las doce horas de viaje, ni en los días siguientes ni nunca más.

A la semana Diana me escribió un correo. Leí que estaba enamorada, que nunca antes le había pasado y quería verme. Yo le repuse que también estaba enamorado y loco por verla. No obtuve respuesta y caí en la desesperación. Planeaba viajar a Pauza para buscarla. No fue necesario: me llamó y abandoné la clase para ir a su encuentro. Estaba en mi ciudad, trabajaba desde hace un mes en el terminal terrestre.

Esperé a su hora de salida de las oficinas. Me ofreció un saludo gélido que me descuadró y caminamos bajo la garúa con dirección a la casa donde vivía. En el frío de una esquina mal iluminada me confesó el clamor de su pecho.

—Estoy enamorada…

Y llenó mi corazón hambriento con sus súplicas y desventuras. Estaba llena de amor, pero no por este estudiante universitario sin trabajo ni por el padre de su hijo, sino por otro hombre, un chofer de bus interprovincial que le había pintado pajaritos en el cielo serrano. Pero el matrimonio del afortunado era más fuerte que su deseo por Diana, Diana era su pasatiempo, por lo que ella aprovechó la inocencia del bisoño redactor para sacarle celos al amante que observaba y retorcía el timón con sus manos.

Me prometí no volver a verla, pero volví noche tras noche a recogerla de su trabajo y la acompañaba a su casa para escuchar su desventura una y otra vez en mi deseo de ver sus ojos de luna que me cuidaban de la soledad. Como si con este peregrinaje constante y devoto se torciera su voluntad y, ay, un día, su amor, recapacitara: “me di cuenta de que a ti es a quien amo”. Y me satisfacía con la ilusión y el papel que interpretaba, el de amigo sin reproches, de confesor sin voz.

Con mis patas de la universidad quedamos para juntarnos a tomar al final del semestre. De pronto recordé que tenía que recoger a mi Diana. Mis amigos, que pensaban que era mi flaca, me mandaron a la mierda por pisado. Creo que la idea de que estaba haciendo el personaje del imbécil en esta novela me llegó al pincho, me hizo reflexionar y me fui con ellos a juerguear. Me emborraché como un loco. Le conté a mi pata Rodolfo mi situación con lágrimas y él me palmeó como lo haría con un perro abandonado: “no seas cojudo, ahí no es, tantas mujeres y llorando por la que no te quiere”.

No regresé y por muchas semanas me causó una tristeza enorme imaginarla esperando a su paño de lágrimas, que llegue puntual al terminal y yo no aparecía y ella caminaba sola con su angustia, llorando por su amor lejano y feliz con otra, la firme.

—Qué será de ella, mi hermosa Diana…

Lo recordé de pronto porque limpiando la casa, Ofelia encontró la fotografía arrugada que jamás le di, donde estamos Diana y yo. Ella carga a su hijo, yo sonrío a pesar de la lástima que es mi cara y cualquiera que la vea podría pensar que somos un matrimonio joven y feliz.

Cita

Esa noche me emborraché hasta las últimas. En cada vaso de vino, pisco y cerveza estaba el beso abrasador de Diana.

Cita

Me prometí no volver a verla, pero volví noche tras noche a recogerla de su trabajo y la acompañaba a su casa para escuchar su desventura una y otra vez…

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