Opinión

Sin Filtro: Keiko Fujimori, cuando la estadística termina derrotando a la narrativa

Por: Karola Lara Manchego. Doctora en Comunicación y Desarrollo

Por años, la política peruana construyó una idea que parecía inamovible: Keiko Fujimori podía llegar a cualquier segunda vuelta, pero nunca ganar una elección presidencial. Esa afirmación, repetida por analistas, políticos y medios durante más de una década, terminó convirtiéndose casi en un axioma. Sin embargo, como ocurre con frecuencia en la ciencia política, las narrativas suelen durar hasta que los datos las desmienten.

El conteo oficial al 100 % realizado por la Oficina Nacional de Procesos Electorales (ONPE) en las elecciones generales de 2026 marca un punto de inflexión en la historia electoral del Perú. Después de tres derrotas consecutivas en segunda vuelta (2011, 2016 y 2021), Keiko Fujimori obtuvo el 50,135 % de los votos frente al 49,865 % de Roberto Sánchez, con una diferencia cercana a 49 600 votos. Corresponde ahora al Jurado Nacional de Elecciones (JNE) realizar la proclamación oficial conforme al procedimiento legal.

Pero el verdadero fenómeno no es únicamente la victoria. Lo realmente importante es comprender por qué ocurrió y qué nos dicen quince años de resultados electorales sobre la evolución del comportamiento político del país.

El reconocido politólogo Giovanni Sartori sostenía que los sistemas de partidos deben analizarse por sus patrones de estabilidad y no únicamente por los resultados de una elección. Bajo esa perspectiva, el caso del fujimorismo constituye probablemente el fenómeno de mayor continuidad electoral del Perú del siglo XXI. Mientras decenas de organizaciones políticas aparecieron y desaparecieron en apenas un proceso electoral, Fuerza Popular logró mantenerse competitiva durante cuatro elecciones presidenciales consecutivas.

Los números hablan por sí solos: 

✓ En 2011, Keiko Fujimori obtuvo el 48,55 % de los votos en segunda vuelta.

✓ En 2016 alcanzó el 49,88 %.

✓ En 2021 consiguió el 49,87 %.

Y en 2026 superó finalmente la barrera del 50 %, alcanzando el 50,135 %. (Reuters⁠)

Desde una perspectiva estadística, estos resultados muestran un comportamiento extraordinariamente estable. En un sistema político caracterizado por una alta volatilidad electoral, mantener durante quince años un respaldo cercano a la mitad del electorado constituye una anomalía que merece ser estudiada más allá de las simpatías políticas.

El primer indicador es la consistencia del voto duro: Mientras otros liderazgos dependieron del contexto económico, de coyunturas sociales o del desgaste de sus adversarios, el fujimorismo mantuvo un núcleo electoral prácticamente inalterable. Esa estabilidad permitió que Keiko Fujimori llegara a cuatro segundas vueltas consecutivas, algo que ningún otro líder político peruano ha logrado en las últimas décadas.

El segundo indicador es la resiliencia electoral: Pocas figuras públicas enfrentaron condiciones tan adversas. Investigaciones fiscales, prisión preventiva, campañas marcadas por una fuerte confrontación política, elevados índices de desaprobación y una intensa exposición mediática no impidieron que conservara competitividad electoral. La literatura sobre comportamiento político reconoce que la resiliencia de un liderazgo se mide precisamente por su capacidad para mantener apoyo pese a escenarios desfavorables.

Un tercer indicador corresponde al denominado techo electoral: Durante años, la principal hipótesis fue que el antifujimorismo constituía una barrera infranqueable. Fernando Tuesta Soldevilla y Martín Tanaka han señalado en distintos trabajos que las segundas vueltas peruanas suelen transformarse en elecciones plebiscitarias, donde el voto contra un candidato pesa tanto como el voto a favor de otro. Esa lógica pareció confirmarse en 2011, 2016 y 2021.

Sin embargo, las elecciones de 2026 demostraron que ningún techo electoral es permanente. Los techos no son leyes naturales; son construcciones políticas que pueden modificarse cuando cambian el contexto, las prioridades ciudadanas y las percepciones del electorado.

El cuarto indicador es quizá el más revelador: la polarización extrema. Las tres últimas segundas vueltas antes de 2026 ya habían mostrado diferencias mínimas. En 2016, Pedro Pablo Kuczynski ganó por apenas 0,24 puntos porcentuales. En 2021, Pedro Castillo lo hizo por aproximadamente 0,26 puntos. En 2026 volvió a repetirse un margen inferior a un punto porcentual. Más que un cambio de preferencias, los datos reflejan un país dividido prácticamente en dos mitades (Reuters⁠).

Este fenómeno coincide con lo que el politólogo Pippa Norris denomina elecciones altamente competitivas, donde pequeñas variaciones territoriales o demográficas son suficientes para modificar completamente el resultado nacional.

Existe además un quinto indicador poco comentado: la institucionalización partidaria. En un país donde la mayoría de las organizaciones políticas desaparecen después de cada proceso electoral, Fuerza Popular logró mantener estructura nacional, liderazgo identificable y presencia parlamentaria durante más de quince años. Independientemente de las opiniones que genere, esa continuidad representa uno de los pocos casos de institucionalización partidaria en el Perú contemporáneo.

No obstante, la victoria electoral no significa el fin de la polarización. De hecho, los propios resultados muestran un país que continúa profundamente fragmentado. La geografía del voto revela diferencias marcadas entre regiones, entre áreas urbanas y rurales y entre el voto nacional y el voto emitido por los peruanos residentes en el extranjero. El desafío del nuevo gobierno será convertir una mayoría electoral mínima en una mayoría política capaz de construir gobernabilidad.

Aquí aparece la principal enseñanza de estos quince años. Durante mucho tiempo se dijo que Keiko Fujimori representaba el pasado. Sin embargo, los resultados demuestran que millones de peruanos siguieron viéndola como una opción electoral viable durante cuatro procesos consecutivos. Al mismo tiempo, millones de ciudadanos continuaron rechazándola. Esa dualidad explica buena parte de la historia política reciente del Perú.

En democracia, ganar una elección es un hecho; consolidar legitimidad es un proceso mucho más complejo. La estadística puede explicar por qué una candidatura termina imponiéndose, pero solo el ejercicio del poder determinará si esa victoria logra transformar la profunda polarización que las urnas volvieron a poner en evidencia.

Las elecciones de 2026 no solo cambiaron el nombre de quien gobernará el Perú durante los próximos cinco años. También cerraron uno de los ciclos electorales más prolongados y polarizados de nuestra historia republicana. La gran incógnita ya no es cómo ganó Keiko Fujimori. La verdadera pregunta es si será capaz de gobernar para un país donde prácticamente la mitad de los ciudadanos votó por una opción distinta.

Porque las elecciones se ganan con votos. La historia, en cambio, se escribe con resultados.

CITA

«Ningún techo electoral es permanente; son construcciones políticas que pueden modificarse», afirma la autora.

CIFRA

49 600 votos: aproximadamente fue la diferencia que separó a Keiko Fujimori de Roberto Sánchez.

DATO

Fuerza Popular alcanzó cuatro segundas vueltas presidenciales consecutivas entre 2011 y 2026.

Evidencia.pe

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