La crisis que enfrentan miles de productores de arroz revela las debilidades estructurales del sector agrario peruano. Mientras los costos de producción aumentan y los precios en chacra caen, los agricultores denuncian que el esfuerzo de producir alimentos ya no garantiza una vida digna.
Por: Karola Lara Manchego. Doctora en Comunicación y Desarrollo
Hay algo profundamente injusto en la crisis que hoy atraviesan miles de productores de arroz en el Perú. Después de meses de trabajo bajo el sol, de invertir en semillas, fertilizantes, agua, maquinaria y mano de obra, muchos agricultores descubren que producir más no significa vivir mejor. Por el contrario, terminan vendiendo su cosecha a precios que apenas cubren los costos de producción y, en muchos casos, con pérdidas significativas. La paradoja es tan absurda como dolorosa: quienes garantizan uno de los alimentos más importantes de la mesa peruana son, al mismo tiempo, quienes menos se benefician de él.
El paro anunciado por productores de nueve regiones del país no debería sorprender a nadie. Lo verdaderamente sorprendente es que la protesta haya tardado tanto en llegar. Durante años, los agricultores han advertido sobre los problemas que afectan al sector: costos crecientes, escaso acceso al financiamiento, limitada capacidad de almacenamiento, dependencia de intermediarios y una competencia internacional frente a la cual se sienten desprotegidos. Sin embargo, como suele ocurrir con los problemas del campo peruano, las alertas fueron escuchadas cuando la crisis ya estaba instalada.
El arroz tiene una importancia estratégica para el Perú. No solo porque forma parte de la dieta cotidiana de millones de ciudadanos, sino porque detrás de cada hectárea cultivada existe una familia que depende de esa actividad para subsistir. Según cifras oficiales, más de 74 mil productores participan en esta cadena productiva. Son agricultores distribuidos principalmente en Piura, Lambayeque, San Martín, Amazonas, Cajamarca, Tumbes, La Libertad, Loreto, Arequipa y otras regiones donde el arroz representa mucho más que un cultivo: representa empleo, identidad y permanencia en el territorio.
Sin embargo, el debate público suele simplificar el problema. Algunos sostienen que el desplome de los precios responde únicamente a una sobreproducción. Otros culpan exclusivamente a las importaciones. Ambas explicaciones contienen parte de verdad, pero ninguna explica por completo lo que ocurre.
La verdadera pregunta es otra: ¿por qué el Perú sigue enfrentando los mismos problemas agrícolas de hace veinte o treinta años, pese a los avances tecnológicos y al crecimiento económico que ha experimentado el país?
La respuesta parece encontrarse en una debilidad histórica del Estado peruano: su incapacidad para planificar el desarrollo agrario a largo plazo. Se habla constantemente de libre mercado, pero se olvida que los mercados agrícolas poseen características particulares. Los agricultores toman decisiones de siembra varios meses antes de la cosecha, sin conocer con precisión cuál será la demanda futura ni cómo se comportarán los precios. Cuando miles de productores actúan de manera aislada, sin información oportuna ni mecanismos de coordinación, los ciclos de sobreoferta resultan inevitables.
Lo preocupante es que el Estado suele intervenir cuando el conflicto ya ha estallado. Entonces aparecen las mesas de diálogo, las promesas de compras públicas, los anuncios de créditos o los compromisos de apoyo temporal. Son medidas necesarias, pero insuficientes. Funcionan como analgésicos frente a una enfermedad estructural que permanece intacta.
Tampoco puede ignorarse el impacto de las importaciones. Los productores sostienen que el ingreso de arroz extranjero ejerce presión sobre los precios nacionales. El Gobierno responde que restringir esas importaciones podría perjudicar a los consumidores. Ambos argumentos son legítimos. Sin embargo, la discusión no debería plantearse como una elección entre agricultores y consumidores. Un país serio necesita proteger simultáneamente a quienes producen y a quienes consumen.
Lo más preocupante es que el agricultor continúa siendo el eslabón más débil de toda la cadena. Mientras el precio en chacra se desploma, el consumidor no observa una reducción proporcional en los mercados. Entre ambos extremos existen intermediarios, molinos, distribuidores y agentes comerciales que capturan gran parte del valor generado. El resultado es una sensación creciente de injusticia: quien asume el mayor riesgo obtiene la menor recompensa.
La crisis del arroz también revela una fractura más profunda entre el Perú urbano y el Perú rural. En Lima, el debate suele centrarse en el precio final del producto. En las regiones agrícolas, la preocupación es mucho más básica: cómo pagar las deudas de la campaña, cómo sostener a la familia o cómo evitar abandonar la tierra que durante generaciones ha sido fuente de subsistencia.
Por ello, el problema del arroz no puede reducirse a una discusión sobre toneladas producidas, aranceles o precios internacionales. En realidad, estamos hablando del modelo de desarrollo que el país desea construir: uno donde la agricultura familiar sea considerada un actor estratégico o uno donde los agricultores sean recordados únicamente cuando bloquean carreteras para hacerse escuchar.
El Perú necesita una política agraria moderna, capaz de anticipar problemas y no solo reaccionar frente a ellos. Necesita información de mercados, planificación de siembras, infraestructura de almacenamiento, fortalecimiento de cooperativas y mecanismos transparentes de comercialización. Pero, sobre todo, necesita reconocer que la seguridad alimentaria comienza en el campo y que ningún país puede aspirar al desarrollo si quienes producen sus alimentos viven permanentemente al borde de la incertidumbre.
La protesta de los arroceros es, en el fondo, una advertencia. No reclaman privilegios. Reclaman algo mucho más básico: que el esfuerzo de producir alimentos permita vivir con dignidad. Y esa demanda, lejos de ser sectorial, debería interpelarnos a todos como sociedad.
CITA
“Producir más no significa vivir mejor para miles de agricultores peruanos”.
CIFRA
+ 74 mil productores participan en la cadena productiva del arroz en el Perú.
DATO
El arroz constituye una actividad clave para el empleo y la economía rural de varias regiones.









