
Más de 80 hectáreas de cerros áridos de Camaná se han cubierto de vegetación y flores tras las lluvias y lloviznas.
Por: Carlos Vásquez Gonzáles. Periodista
Mientras los medios de comunicación ponen el foco en los trabajos de prevención para afrontar los efectos del Fenómeno El Niño, en Camaná pude observar otra cara de sus primeras manifestaciones. El desierto, que tantas veces asociamos con la aridez y la ausencia de vida, hoy nos recuerda que la naturaleza siempre encuentra una oportunidad para renacer. En la ciudad del arroz, más de 80 hectáreas de cerros áridos se han teñido de verde y cubierto de flores, transformando el paisaje seco de la costa arequipeña en una postal que parece desafiar su propia geografía. Allí donde antes dominaban la tierra reseca y las laderas desprovistas de vegetación, hoy brota un espectáculo natural que sorprende, cautiva y nos obliga a mirar el Fenómeno El Niño desde una perspectiva distinta.
Las lluvias y lloviznas permanentes (no comunes en esta época del año) han permitido que semillas que permanecían dormidas bajo la tierra germinen y devuelvan vida a estas lomas costeras. Es una lección de la naturaleza: incluso en los territorios más áridos existe la posibilidad de renacer cuando las condiciones lo permiten. Sin embargo, esta transformación no debe llevarnos a celebrar sin reflexionar ni a confundir un paisaje hermoso con la ausencia de riesgos.
El Fenómeno El Niño suele asociarse con inundaciones, huaicos, carreteras destruidas y familias que lo pierden todo. Y no es para menos. En Arequipa conocemos las consecuencias dolorosas de las lluvias intensas, capaces de convertir quebradas en trampas mortales y dejar comunidades enteras en medio de la emergencia. Pero los cambios climáticos también pueden producir efectos distintos según el territorio. En determinadas zonas costeras, la humedad favorece el crecimiento temporal de la vegetación y provoca floraciones que permanecían ocultas a nuestros ojos.
Las lomas costeras dependen de condiciones específicas de humedad y temperatura; cuando estas desaparecen, la vegetación puede marchitarse y el paisaje volver a su apariencia habitual. Por eso, estas más de 80 hectáreas no solo merecen ser admiradas, sino también estudiadas y protegidas. No sabemos cuánto durará esta floración, pero sí podemos reconocer el valor de estos ecosistemas frágiles.
Camaná nos ofrece una imagen distinta de la costa arequipeña y una oportunidad para mirar nuestro territorio más allá de las emergencias. Las autoridades deberían impulsar estudios para determinar el alcance de esta transformación, promover el turismo responsable y proteger las lomas frente a las actividades que puedan degradarlas. La naturaleza ha hecho su parte; ahora corresponde a las instituciones y a la ciudadanía evitar que este regalo temporal se convierta en una oportunidad perdida.
CITA
“El desierto, que tantas veces asociamos con la aridez y la ausencia de vida, hoy nos recuerda que la naturaleza siempre encuentra una oportunidad para renacer.”
DATO
Las lluvias y lloviznas han favorecido la germinación de semillas que permanecían dormidas bajo la tierra en las lomas costeras.








