Más de 150 actores recrearon 57 pasajes bíblicos ante miles de fieles. Entre lágrimas y devoción, la vida, pasión y muerte de Jesucristo vuelve a regocijar a un distrito lleno de tradición
Las calles de Paucarpata se transformaron en un sendero de fe donde cada huella parece cargar siglos de memoria. Como cada Semana Santa, el murmullo de las oraciones se mezcla con el roce de las túnicas y el peso invisible de la devoción, mientras la multitud avanza con total solemnidad.
El último viernes 3 de abril, más de 150 actores se desplegaron como un ejército silencioso para dar vida a una de las representaciones más persistentes de Arequipa: la escenificación de la vida, pasión y muerte de Jesucristo, que este 2026 cumple 47 años sin interrupciones en la jurisdicción de los andenes floridos.

Historia y fe
Todo comienza en la Alameda del cementerio de Paucarpata. No es casual. Allí, donde el panteón es un paisaje cotidiano, aparece Juan el Bautista, solitario en el desierto, anunciando lo que vendrá. Su voz —áspera, profética— anuncia la llegada del Mesías, interpretado por Elvio Maura, 29 años.
Su bautismo en el río Jordán, escenificado en el manantial del panteón, marca el tránsito de lo humano a lo divino, mientras el agua cae simbólicamente sobre su cabeza. El público guarda silencio. Algunos se persignan, mientras que otros elevan la mirada al cielo en señal de arrepentimiento.
Desde ese instante la escenificación despliega, paso a paso, los pasajes que forjan la vida de Jesús: los milagros que despiertan asombro y las palabras que convocan multitudes. Cada escena se detiene lo suficiente para dejar sentir lo que alguna vez fue la venida de Cristo.
Así, entre voces y miradas atentas de los asistentes, la historia avanza hasta ese umbral decisivo, justo antes de su entrada a Jerusalén, donde la fe y el destino comienzan a entrelazarse.

El Vía Crucis
Antes de ingresar a la Plaza de Paucarpata, donde se interpreta la antigua ciudad de Nazaret, Jesús proclama su misión. Habla de liberar a los oprimidos y de dar vista a los ciegos. La entrada a Jerusalén marca el inicio del Vía Crucis, una secuencia de dolor que avanza hasta el cerro San Lucas.
Entre el público, las historias personales se entrelazan con la representación. Josefina Vela llega desde la parte alta del distrito de Mariano Melgar, como cada año desde hace más de una década. Empezó cuando sus hijas eran niñas, cuando esta tradición se abría paso entre tantas otras costumbres de antaño.
“Es tradicional venir todos los años. Participo desde que mis hijas tenían 7 años, ahora ya pasan los 20. Es algo que conmueve y hay que recordarlo siempre”, cuenta. Para ella, no es costumbre: es una forma de encontrar calma y seguir viviendo bajo los preceptos de Dios.
Más atrás, Julio Amésquita se aflige junto a sus dos hijos menores. Su esposa murió años atrás y busca consuelo en esta Semana Santa. “Vengo para reconfortarme en Cristo y que Dios la tenga en su gloria”, dice, mientras la cruz empieza a pesar sobre los hombros del Cristo arequipeño Elvio Maura.
La crucifixión ocurre al final del recorrido, en el cerro San Lucas. El sol ya no quema igual. Hay cansancio, pero nadie se va. Algunos rezan. Otros solo miran. Las pantallas LED instaladas en la plaza principal ayudan a seguir cada detalle, pero lo esencial está en la experiencia compartida.
Así, entre devoción, lágrimas y teléfonos en alto, Paucarpata vuelve a representar la historia más repetida del cristianismo. No es sólo repetición. Es una actualización constante de la fe, la reflexión y la esperanza. Y quizá por eso, 47 años después, nadie deja de venir a regocijarse en el recuerdo de Jesús.



Dato:
La significación es dirigida por jóvenes del grupo parroquial Jesús Nazareno.
Dato:
Aproximadamente 12 mil espectadores acuden a presenciar la vida, pasión y muerte de Jesús.









