
En bosques cercanos a zonas de minería ilegal, hasta el 75 % del mercurio presente en el aire puede provenir de esta actividad.
El oro puede salir rápidamente de los territorios amazónicos. El mercurio, en cambio, queda. En Laberinto y Mazuko, dos centros poblados de Madre de Dios vinculados a la actividad minera, el aire revela una parte menos visible de la cadena del oro: los vapores de mercurio liberados durante el procesamiento del metal.
Los registros más extremos fueron encontrados en Laberinto. Cerca de establecimientos dedicados a la compra y venta de oro se alcanzaron concentraciones de hasta 5000 nanogramos de mercurio por metro cúbico de aire (ng/m³). La cifra contrasta con el valor de referencia de 1 ng/m³ para el hemisferio sur.
No se trata únicamente de un problema situado en los puntos donde se extrae el mineral. El contaminante también aparece allí donde el oro llega para ser procesado y vendido.

El mercurio llega al aire
Después de extraer el oro, una parte de la cadena continúa en los centros poblados. Allí funcionan establecimientos donde el mineral es procesado antes de su comercialización. Uno de los procedimientos utilizados es el refogado, mediante el cual se quema la amalgama para separar el oro del mercurio. Si los vapores no son capturados mediante sistemas adecuados, el metal tóxico pasa directamente a la atmósfera.
Ese proceso ayuda a explicar por qué los mayores niveles registrados en algunos puntos aparecen cerca de las tiendas de compra y venta de oro.
Los análisis sintetizados por el Centro de Innovación Científica Amazónica (CINCIA), en colaboración con la Universidad de Toronto, estiman que en los centros poblados mineros donde existen estos establecimientos, la actividad minera aporta cerca del 93 % del mercurio presente en el aire.

En Mazuko, las mediciones también encontraron concentraciones elevadas: hasta 270 ng/m³ cerca de los establecimientos de comercialización de oro.
La diferencia respecto de Laberinto es grande, pero el patrón se repite: la contaminación no termina cuando el oro abandona la zona de extracción.
El bosque recibe el contaminante
El recorrido del mercurio tampoco termina en los centros poblados. En los bosques cercanos a áreas donde se desarrolla minería ilegal, los investigadores encontraron que hasta el 75 % del mercurio presente en el aire puede provenir de esta actividad.
La vegetación cumple entonces un papel inesperado dentro de este ciclo. Puede capturar hasta el 30 % del mercurio presente en el aire, convirtiéndose en un receptor del contaminante que se libera durante las actividades mineras.
Así, una emisión producida en torno a la extracción o procesamiento del oro puede terminar afectando espacios que se encuentran fuera de la zona donde originalmente se realizó la actividad.
Una factura que no se ve
El mercurio es solo una parte de una cadena de impactos mucho más amplia. La minería ilegal transforma el territorio, degrada ecosistemas, afecta la biodiversidad y pone en riesgo los medios de vida de las poblaciones que dependen de los recursos amazónicos. A esto se suman los problemas asociados a las economías ilícitas y la inseguridad que acompañan a esta actividad en diferentes zonas de la Amazonía.

La campaña “La Factura de la Minería Ilegal”, impulsada por el Observatorio de Minería Ilegal (OMI), busca reunir evidencia sobre estos costos y colocarlos en la discusión pública.
En Madre de Dios, el oro puede convertirse rápidamente en dinero y salir del territorio. El mercurio liberado durante ese proceso deja una huella diferente: invisible a simple vista, capaz de desplazarse y permanecer en el ambiente mucho después de que el oro ya no esté allí.
Cifra
135,000 hectáreas de bosque perdidas por minería de oro en Madre de Dios.
Dato
La minería ilegal ha devorado más de 17 mil hectáreas en territorios pertenecientes a comunidades nativas y ha expandido nuevos focos agresivos en la zona de amortiguamiento de la Reserva Nacional Tambopata.






