septiembre 12, 2026
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Así, Keiko Fujimori entendió que en tanto el antifujimorismo persistiera en recordar, marchar y manifestarse, cualquier intento de llegar al poder era un esfuerzo condenado al fracaso. Emprendió así una maquinaria de censura para adulterar el registro histórico y negar lo que fue.

Por: Jorge Luis Quispe

Seguramente muchos hemos visto con hastío y hasta con benevolencia a muchos confundidos censurar el “Conflicto Armado Interno” para decir que fue solamente “terrorismo”. En vano es explicarles el artículo III del Convenio de Ginebra respecto al Derecho Internacional Humanitario que incluye, supone, encierra, incorpora o adjunta el terrorismo, al aclarar que el Perú sufrió un Conflicto Armado No Internacional o Conflicto Armado Interno. No. En esa pelea superficial en apariencia, subyace un interés capitalizado por el fujimorismo y la extrema derecha. Rechazar que hubo un conflicto para decir que hubo solamente terrorismo despoja convenientemente de toda responsabilidad penal a las múltiples y sistemáticas violaciones a los derechos humanos ejecutadas por las Fuerzas Armadas.

Este interés por reescribir la historia debida y abundantemente comprobada y registrada en los hechos y documentos, es estudiado y escudriñado por los historiadores José Ragas y Charles Walker en el ensayo “Las guerras de la historia. El uso político del pasado en Perú”, editado y publicado por La Siniestra Ensayos. El libro se divide en cinco capítulos que explican cómo la derecha radical a instrumentalizado el pasado manipulándolo para justificar sus políticas orientadas a priorizar el beneficio económico centralizado sobre el bien común nacional y de esta manera imponer una narrativa que deriva en validar a cualquier costo la impunidad para las Fuerzas Armadas.

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El texto ha tenido la virtud saludable de reconstruir y traer a la memoria del lector cómo y por qué el fujimorismo no se hizo del poder desde el 2011, como cuando el exministro de Educación y vocero naranja confesó, sin escrúpulos y en cadena nacional, que “nosotros [el fujimorismo] matamos menos”. Así, Keiko Fujimori entendió que en tanto el antifujimorismo persistiera en recordar, marchar y manifestarse, cualquier intento de llegar al poder era un esfuerzo condenado al fracaso. Emprendió así una maquinaria de censura para adulterar el registro histórico y negar lo que fue. El primer paso fue acusar de “terrorista” a todo aquel que recordase abiertamente los crímenes cometidos por la dictadura fujimorista. El “terruqueo”, una maniobra hiperviolenta que busca estigmatizar y criminalizar a quien cuestione la falsa narrativa del fujimorismo se normalizó peligrosamente al punto de convertir en irreconciliable cualquier vínculo entre los adeptos de la dictadura y sus críticos. Así, el terruqueo invalida las ideas de la oposición, invisibiliza al otro y controlan la disidencia.

En este punto, el libro ofrece al lector las pistas para comprender cómo la intervención del pasado permite validar regímenes autoritarios e incluso ganar elecciones. La mayoría del Congreso puede decidir qué se enseña, qué se cambia o qué se omite en los textos escolares, puede hacer proselitismo desde las publicaciones oficiales y con dinero público pueden financiar escuelas de adoctrinamiento para propalar una historia distorsionada del pasado. En “Las guerras de la historia”, Ragas y Walker explican que para manipular el pasado, el fujimorismo necesitaba referentes. En el Perú, durante las manifestaciones de noviembre del 2020 se reivindicó las figuras de Túpac Amaru y Micaela Bastidas como representantes de los sectores postergados junto a Juan Velasco Alvarado, un recordatorio perenne de los “peligros” de un gobierno socialista y de un estado fuerte y con poder.

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El capítulo donde se aborda el Lugar de la Memoria es de especial interés. A la luz de los datos incontrovertibles de la Comisión de la Verdad y la Reconciliación, que concluye que la cifra más probable de víctimas fatales de la violencia es de 69,280 personas (de las cuales el Partido Comunista del Perú – Sendero Luminoso fue responsable del 54%); el LUM ha sufrido ataques constantes de los sectores más conservadores y arremetidas del fujimorismo el cual desea impone un relato único del pasado reciente donde se omitan los crímenes de la dictadura de los 90. El fujimorismo niega su historia delictiva y por ello desprestigia y ahora pretende cerrar el LUM, ya que este espacio rompe la narrativa naranja que se precia falsamente de haber derrotado a la subversión.

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La derecha radical mira al pasado no solo en Perú, no es un fenómeno privativo o excluyente del Perú, sino que está ocurriendo a nivel mundial. En distintas partes del orbe se reivindica los partidos o movimientos radicales y autoritarios. Por esa misma razón, resulta trascendental e imperativo conservar y transmitir la memoria histórica para evitar que se repita el dolor y la barbarie. Lectores del presente y del futuro advertirán en “Las guerras de la historia”, un documento extraordinario de nuestros días y arrancar de sus páginas consecuencias y enseñanzas de interés capital.

Cita

El capítulo donde se aborda el Lugar de la Memoria es de especial interés. A la luz de los datos incontrovertibles de la CVR, que concluye que la cifra más probable de víctimas fatales de la violencia es de 69,280 personas.

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