noviembre 7, 2026
KNM
La propuesta tenía interés musical y ofrecía una oportunidad poco frecuente para escuchar en Arequipa un repertorio de estas características, interpretado por una agrupación especializada, ello no significa que necesariamente el resultado sea siempre extraordinario.

Por: Víctor Miranda Ormachea

El jueves 5 de noviembre, el Teatro Municipal de Arequipa recibió al Ensemble KNM Berlin para el concierto inaugural del Hay Festival 2026, la presentación, titulada «Crippled Symmetries: Escuchando mundos invisibles», reunió cuatro obras de música contemporánea en las que instrumentos acústicos, electrónica y video intervenían sobre la percepción habitual del sonido. El recinto estuvo lleno y esto amerita atención, aunque debe interpretarse con cautela, porque un auditorio concurrido acredita capacidad de convocatoria, pero no dice mucho sobre las razones que llevaron a esas personas hasta el teatro, su relación con la música presentada o la experiencia que tuvieron durante el concierto.

El programa incluyó «Wavering» y «The Frequency of Flowers», de Ana María Rodríguez; «Manto II + III», de Giacinto Scelsi, y «Deriva», de Theo Nabicht y Jonathan Heilbron. Las piezas trabajaban con resonancias, variaciones tímbricas, superposiciones acústicas y electrónicas, registros instrumentales poco habituales y relaciones entre imagen y sonido. En «Wavering», el clarinete bajo, el violìn y el contrabajo se integraban con procesamiento electrónico y material audiovisual; la interpretación de Scelsi, por su parte, proponía en «Manto II+III» una exploración concentrada de la sonoridad del violín y la voz en una escucha que exigía una disposición sumamente abierta, dado lo perturbador del acto, sin melodías reconocibles, progresiones armónicas o estructuras de canción; por otro lado «Deriva» proponía una turbulenta contienda entre dos instrumentos de registro grave. La selección, en general, reunía procedimientos y sensibilidades diferentes, aunque compartía un interés por las relaciones entre materia acústica, alteración electrónica, imagen y percepción, por lo que la audición demandaba atender a la transformación del sonido, a sus densidades y a sus variaciones internas en cadencias que no siempre conducen hacia una resolución identificable.

Por supuesto, la propuesta tenía interés musical y ofrecía una oportunidad poco frecuente para escuchar en Arequipa un repertorio de estas características, interpretado por una agrupación especializada, ello no significa que necesariamente el resultado sea siempre extraordinario, la experimentación tampoco está exenta de problemas de composición, reiteración o eficacia expresiva, la complejidad de los procedimientos y la novedad de los materiales no garantizan por sí mismas una experiencia estética lograda. Sin embargo, el concierto del Ensemble KNM Berlin, fue incontestable y sumamente solvente y permitía acercarse a formas de creación musical que rara vez encuentran espacio en la programación local y que requieren, por parte del oyente, cierta familiaridad con otros modos de escuchar, pues es música que deja de respaldarse en la expectativa de un tema que regresa o de una melodía que organiza el recorrido y debe conceder mayor importancia a la evolución interna del sonido, a sus relaciones con el espacio y a la manera en que una fuente acústica puede prolongarse, alterarse o confundirse con otra. Esto demanda una familiaridad que no es espontánea y que solo se adquiere mediante experiencias reiteradas, conocimiento de ciertos lenguajes y una disposición a conceder atención a materiales que, bajo otros criterios, podrían parecer inmóviles, extraños o incluso carentes de dirección.

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Precisamente, por ello, durante la presentación, el público también ejecutó su propia performance, se oyeron conversaciones interruptoras, risas contenidas, señales de aburrimiento e incluso algunas personas abandonaron la sala antes de concluir el programa, pero sería arbitrario convertir estas actitudes en un diagnóstico general del público arequipeño o atribuir a todos los asistentes una motivación semejante, pues la curiosidad, el interés genuino por la música contemporánea, la compañía a otras personas y la asistencia por el atractivo general del festival son explicaciones perfectamente posibles. Aun así, la concurrencia y las reacciones observadas permiten plantear pertinentemente la siguiente pregunta: ¿Qué porcentaje de la asistencia a determinados acontecimientos culturales responde al interés por su contenido y qué porcentaje al valor social que adquiere el hecho de participar en ellos?

En «Las Formas del Capital» (1986), Pierre Bourdieu ofrece herramientas para examinar esa relación, distingue el capital económico, el social y el cultural, y explica que este último puede presentarse en estado incorporado (disposiciones, conocimientos y competencias adquiridos), objetivado (bienes culturales) e institucionalizado (títulos y credenciales que certifican determinadas competencias). El capital simbólico aparece cuando las mencionadas formas de capital obtienen reconocimiento y legitimidad dentro de un espacio social, entonces, si bien asistir a un concierto, adquirir un libro o frecuentar una institución cultural no produce automáticamente conocimiento ni sensibilidad estética; esas prácticas pueden funcionar, en el fondo, como señales de posición, pertenencia y reconocimiento.

El Hay Festival posee precisamente una capacidad de legitimación que precede a cada actividad de su programación, su marca internacional, la presencia de escritores, científicos, artistas e intelectuales reconocidos y la asociación con una determinada idea de cultura confieren valor anticipado a los acontecimientos que incorpora, el público no llega a todos ellos casualmente, el nombre del festival ya comunica prestigio, y ese prestigio puede trasladarse tanto a los invitados como a quienes participan de sus actividades. En el caso del Ensamble KNM Berlin, la trayectoria internacional del conjunto y su vinculación con circuitos especializados de música contemporánea añadían otra credencial, por lo que la propuesta adquiría una legitimidad institucional que podía despertar interés incluso entre personas sin experiencia previa con ese repertorio.

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La historia del propio Hay Festival en Arequipa muestra una expansión considerable de su capacidad de convocatoria. En 2015 registró 15,205 asistentes; en 2016, 18,230, y en 2018 alcanzó los 27,500 participantes, según los informes y balances publicados por la organización y la prensa; son cifras que documentan el crecimiento de un acontecimiento cultural que consiguió instalarse en la agenda de la ciudad, pero no permiten determinar, por sí solas, qué proporción de ese público desarrolló nuevos hábitos de lectura, amplió sus conocimientos o mantuvo un interés posterior por las disciplinas presentadas, la asistencia constituye un indicador de participación, no una medida de suscripción cultural, consumir un acontecimiento cultural y apropiarse de su contenido son experiencias que pueden coincidir, pero no necesariamente lo hacen. Una persona puede asistir a una conferencia sin seguir sus argumentos, visitar una exposición sin detenerse a apreciar las obras o acudir a un concierto cuya propuesta desconoce; nada de ello invalida automáticamente la experiencia, la curiosidad también se forma mediante encuentros ocasionales y exposiciones a lenguajes desconocidos, pero no significa que la presencia física en un espacio legitimado se pueda presentar como prueba suficiente de formación cultural, como si la fotografía de la asistencia certificara aquello que la experiencia quizás no produjo.

La distinción social vinculada al consumo cultural tampoco es exclusiva de los festivales, en Arequipa puede observarse un mecanismo semejante en determinados restaurantes, bares, discotecas y establecimientos de ocio cuyo atractivo incluye, además del servicio ofrecido, la imagen de exclusividad que proyectan. El precio, la ubicación, la decoración, la clientela y la reputación del lugar contribuyen a construir una experiencia cuyo valor social puede exceder ampliamente el producto consumido; se paga por bienes o servicios, desde luego, pero también puede pagarse por frecuentar un espacio asociado a cierto estilo de vida y obtener el reconocimiento que esa asistencia proporciona. La cultura funciona de manera equiparable cuando el prestigio de una institución o de un invitado se convierte en un bien que el asistente incorpora a su propia presentación social e incluso a su propia autopercepción.

Esto no significa que todos quienes acuden al Hay Festival lo hagan por vanidad, ni que el interés intelectual sea una coartada para obtener reconocimiento, las motivaciones humanas rara vez admiten una explicación única, y sería intelectualmente pobre reducir una actividad cultural a una maniobra de distinción, el festival realmente ha contribuido a acercar a la ciudad autores y propuestas que difícilmente habrían encontrado otro espacio de difusión, además de generar encuentros y actividades que pueden tener consecuencias culturales tangibles, aún así, ello no extingue la posibilidad de que el prestigio institucional termine funcionando como sustituto de una relación más exigente con aquello que se presenta.

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En Arequipa la actividad cultural suele concentrarse en circuitos pequeños y ciertamente delimitados, numerosas expresiones musicales y artísticas permanecen fuera de los espacios de mayor visibilidad, esto tiene consecuencias pues la legitimación de una propuesta artística o cultural no debería depender exclusivamente de su procedencia internacional, de la reputación de sus participantes o de la institución que la incorpora a su programación y tampoco tendría sentido descalificarla por esos mismos motivos. El concierto del Ensamble KNM Berlin merecía su difusión y espacio, así como ameritó ser escuchado y discutido por sus propios resultados musicales, por las decisiones compositivas e interpretativas que puso en juego y por las posibilidades de escucha que abrió, y no solamente por haber sido el concierto inaugural del Hay Festival.

Probablemente el indicador más relevante de una política cultural no sea la cantidad de personas que consigue reunir durante unos días, aunque esa cifra tenga importancia, sino la repercusión que obtiene cuando concluye el acontecimiento, es decir, qué obras vuelven a escucharse, qué discusiones continúan, qué conocimientos se incorporan y qué iniciativas encuentran condiciones para desarrollarse. Una ciudad puede incorporar a su imaginario cultural los nombres, las instituciones y las credenciales que circulan en los grandes circuitos internacionales, y obtener de esa proximidad una cierta distinción, mientras sus propias prácticas artísticas continúan desarrollándose en condiciones de precariedad con escasa visibilidad, mínimo reconocimiento y poca articulación. El prestigio de un festival puede conferir a Arequipa una apariencia de centralidad cultural durante unos días, pero su alcance efectivo tendría que medirse también por la huella que deja en la formación de públicos, la circulación de las obras y el desarrollo de sus propias escenas artísticas; de lo contrario, la ciudad corre el riesgo de convertirse en una consumidora diligente de legitimidad ajena, bastante más familiarizada con los nombres que la acreditan que con la producción cultural que tiene lugar en su propio entorno.

Cita

En «Las Formas del Capital» (1986), Pierre Bourdieu ofrece herramientas para examinar esa relación, distingue el capital económico, el social y el cultural, y explica que este último puede presentarse en estado incorporado.

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