
El recuerdo de Vincenzo permanece en su padre, quien enfrenta la ausencia y aprende a convivir con el dolor de su pérdida.
Lic. Jonathan A. Barcena Carpio. Periodista
Hay ausencias que el tiempo no consigue explicar y pérdidas que ninguna palabra alcanza a reparar. Este Día de los muertos, mientras muchos preparan altares, encienden velas y pronuncian los nombres de quienes partieron, pienso en Vincenzo, mi hijo. Hace 19 meses que se fue, apenas dos días después de llegar a este mundo. No tuvo tiempo de crecer, de jugar, de pronunciar sus primeras palabras ni de conocer la vida que lo esperaba. Y, sin embargo, aquí sigue, ocupando un lugar que nadie podrá reemplazar.
Recuerdo aquella llamada que fulminó mi vida, ¡Tiene que venir al hospital! se oyó del otro lado del auricular. Era el mismo médico quien por la mañana me aseguraba que Vincenzo tenía una mejoría. Mi pequeñito salió de uno, dos, tres, cuatro paros cardiacos… pero su frágil cuerpito ya no aguantaba más.
Perder a un hijo debe ser una de las experiencias más difíciles de comprender. Hay algo profundamente antinatural en despedir a quien apenas comenzaba a vivir. Es aprender a extrañar a alguien con quien no pudiste acumular fotografías de cumpleaños, conversaciones, travesuras o recuerdos cotidianos. Es sentir nostalgia por momentos que nunca ocurrieron, por futuros que quedaron suspendidos y por una historia que apenas comenzaba a escribirse.
Me destrocé al pie de tu incubadora, no podía creer lo que me estaban diciendo, ya no ibas a estar. Toqué fondo, me rompí en mil pedazos mientras veía que tu vida se apagaba. Una enfermera consoló mi llanto y me sugirió un bautizo de auxilio. Me pidió un nombre, ¡Vincenzo dije!, más debía ser bíblico y es así que te fuiste con el nombre de Noé.
El duelo tiene tantas preguntas y tan pocas respuestas. Aparecen los porqués, las culpas silenciosas, las explicaciones que buscamos incluso cuando sabemos que ninguna devolverá lo perdido. La mente intenta encontrar razones donde el corazón solamente reconoce una ausencia. Y uno termina descubriendo que no todas las heridas tienen una explicación que las haga más llevaderas.
Te tomé en mis brazos, bien empaquetadito en un mandil médico azul, ya no podía ver tu carita, ni esa sonrisa que me regalaste la primera vez que te vi. Reposaste inerte en mi brazo derecho y así empezó el camino final de ambos rumbo a ese frío espacio en donde tuve que dejarte. Hay caminos que duelen y ese pasillo hospitalario para mí siempre dolerá en el alma. Hoy te llevo marcado en mi piel, en el mismo lugar donde reposó tu cabecita.
Hoy comencé a comprender que debo soltarte, sin que eso signifique olvidarte, mucho menos dejar de amarte. Significa aceptar, aunque cueste, que hay presencias que ya no podemos abrazar y que debemos aprender a llevar de otra manera. Es dejar de exigirle al pasado que cambie y permitirnos mirar hacia adelante sin sentir que estamos traicionando lo que dejamos atrás.
Este Día de los muertos no quise pensar únicamente en la muerte, sino en lo que permanece después de ella. En esos vínculos que no desaparecen con el último aliento y en la capacidad humana de aprender a vivir con aquello que no podemos cambiar.
Vincenzo ya no está. Pasado rápido 19 meses y todavía hay una historia que no pudo ser. No habrá cumpleaños compartidos, primeras palabras ni fotografías de su crecimiento. Esa realidad no cambiará. Pero tampoco cambiará el hecho de que él existió, de que fue mi hijo y de que su breve paso por este mundo dejó una marca para siempre y que cumplió el cometido encomendando por Dios en esta tierra.
Porque él ya no está, es verdad. Pero eso no significa que nunca haya estado. Hay vidas que, aunque duren apenas un instante, dejan una huella que el tiempo no puede borrar y mensajes que uno debe comprender para volver a empezar. ¡Gracias hijo y hasta pronto mi Vincenzo!, nos seguiremos viendo en el parque…
CITA
“Hoy comencé a comprender que debo soltarte, sin que eso signifique olvidarte, mucho menos dejar de amarte”.
DATO
Vincenzo falleció dos días después de su nacimiento. Durante un bautizo de auxilio, recibió también el nombre bíblico de Noé.








