octubre 31, 2026
Gemini_Generated_Image_ocp6o9ocp6o9ocp6
Sobre su escritorio había tres expedientes, dos recibos vencidos y una carta del propietario del local exigiéndole el pago de cuatro meses de alquiler. En la pared colgaba su título de abogado. El marco estaba torcido. Julián lo miró con una mezcla de vergüenza y rabia.

Por: Abog. Jorge Gonza

Prólogo: El abogado que luchaba por la ley

Culminaba el mes de enero y comenzaba el período de vacaciones del Poder Judicial. Esa misma tarde empezó a llover en Arequipa como si el cielo quisiera lavar los pecados de una ciudad que había aprendido a ocultarlos bajo sus muros de sillar blanco.

Eran las once y cuarenta y siete de la noche de un jueves de enero, último día de enero, cuando Julián Valdivia Salazar, abogado de treinta y ocho años, cerró por última vez aquella semana la puerta de su pequeño estudio jurídico, situado en una calle estrecha a pocas cuadras de la Plaza España de Arequipa.

Sobre su escritorio había tres expedientes, dos recibos vencidos y una carta del propietario del local exigiéndole el pago de cuatro meses de alquiler.

En la pared colgaba su título de abogado. El marco estaba torcido.

Julián lo miró con una mezcla de vergüenza y rabia.

Él había estudiado Derecho con la convicción de que la inteligencia, el esfuerzo, los buenos valores y la honestidad bastaban para triunfar. Durante años había defendido a trabajadores despedidos injustamente, madres que reclamaban alimentos para sus hijos, ancianos despojados de sus propiedades y pequeños comerciantes perseguidos por deudas.

Había ganado algunos procesos. Pero los ganadores nunca tenían dinero para pagarle.

Los clientes con recursos preferían abogados que conocieran a los jueces por su experiencia, ponencias jurídicas, reuniones en el club del abogado, que almorzaran con los fiscales, que pudieran levantar un teléfono y conseguir una audiencia antes que los demás.

Julián no tenía contactos. No tenía apellido importante. No tenía dinero. Y, sobre todo, no tenía poder.

Aquella tarde, saliendo de la Corte de Justicia, ese jueves, había perdido un caso que consideraba imposible de perder. Su cliente, un anciano acusado de falsificar una escritura pública, había terminado condenado pese a que existían documentos que contradecían la acusación del fiscal.

Julián había salido de la audiencia escuchando las risas de los abogados de la parte contraria y la mirada del representante del Ministerio Público, que con sus ojos decía otro caso de victoria.

TAMBIEN PUEDES LEER  Chocolate amargo: ¿Vacancia política?

Uno de los abogados de la parte agraviada, que actuaba como actor civil, le había susurrado al oído:

—Doctor, en esta ciudad no basta con tener la razón. Hay que saber quién decide cuándo la tienes.

La frase le ardía en la cabeza, hasta llegar a su oficina.

Enojado, además de que su traje mejor conservado estuviese mojado, de cólera guardó los expedientes en su armario, apagó la luz y salió a la calle, para encontrar un cigarrillo y calmar su cólera.

Fue entonces cuando vio a un hombre vestido de negro, lo esperaba bajo el balcón de una casona colonial de la calle Mercaderes.

Llevaba un traje impecable, zapatos brillantes y un bastón con empuñadura de oro. Su rostro parecía el de un caballero de otra época, aunque sus ojos tenían algo extraño: eran tan oscuros como la noche.

—Doctor Valdivia —dijo el desconocido con una confianza como si lo conociera de tiempo—. Qué noche tan apropiada para un hombre que acaba de perder la fe en la justicia.

Julián se detuvo.

—¿Nos conocemos? —preguntó Julián.

El hombre sonrió.

—Todavía no.

Capítulo I: El trato

Caminaron hasta una cafetería antigua que, para sorpresa de Julián, seguía abierta a pesar de la hora. En su interior no había camareros ni clientes. solo una mesa junto a la ventana y dos tazas de café humeante.

El desconocido se sentó sin pedir permiso.

—He seguido su carrera, doctor. Usted es inteligente. Conoce el Código Civil, domina el proceso penal y tiene una virtud que hoy resulta casi exótica: trabaja de verdad.

—Si ha venido a burlarse de mí, puede ahorrarse el tiempo.

—Al contrario. He venido a contratarlo.

Julián soltó una carcajada amarga.

—¿Para qué asunto?

—Para el asunto más importante de su vida.

El desconocido sacó de su bolsillo una tarjeta negra. No tenía dirección, número telefónico ni nombre de estudio jurídico. solo tres palabras escritas en letras doradas:

JUSTICIA – PODER – ETERNIDAD.

—¿Quién es usted? —preguntó Julián.

—Puede llamarme señor Montenegro.

TAMBIEN PUEDES LEER  La voz red: El Perú nuestro de cada día

—¿Y a quién quiere contratar?

El hombre inclinó ligeramente la cabeza.

—Usted.

Durante varios segundos, Julián creyó que se encontraba frente a un demente.

Montenegro abrió una carpeta que apareció sobre la mesa, aunque Julián habría jurado que no la había traído consigo.

Dentro había fotografías de edificios, documentos judiciales, nombres de empresarios, políticos, magistrados y funcionarios públicos. También aparecía una fotografía suya, tomada desde la ventana de su propio estudio.

Julián sintió un escalofrío.

—¿Qué significa todo esto? —preguntó Julián.

—Significa que conozco sus frustraciones. Sé que quiere sacar a su madre de la casa alquilada en la que vive. Sé que tiene deudas. Sé que, hace tres noches, lloró solo en su despacho después de que un cliente le dijera que prefería contratar a un abogado que sea más influyente porque al menos ese sí conseguía resultados.

Julián apretó los puños.

—¿Qué quiere de mí?

Montenegro cerró la carpeta.

—Nada que usted no desee darme.

Entonces pronunció la frase que cambió la vida de Julián Valdivia.

—Puedo convertirlo en el abogado más influyente y reconocido de Arequipa.

No le ofreció solamente dinero. Le ofreció victorias.

Casos que parecían perdidos terminarían con resoluciones favorables. Los clientes más poderosos llamarían a su puerta. Los jueces escucharían sus argumentos. Los fiscales medirían sus palabras antes de enfrentarlo. Los empresarios le confiarían sus secretos y los políticos necesitarían su consejo.

Su nombre sería pronunciado en los pasillos del Poder Judicial con respeto.

O con miedo.

—¿Y qué debo hacer a cambio? —preguntó Julián.

Montenegro sonrió, como si hubiera esperado esa pregunta durante siglos.

—Cada abogado entrega algo de sí mismo cuando acepta defender a otra persona. Usted entregará algo más.

—Sea claro —exclamó Julián.

El desconocido acercó su rostro.

—Su alma.

Julián se levantó de golpe.

—Está loco.

—Naturalmente. Esa es la primera conclusión de cualquier hombre razonable cuando se encuentra con el diablo.

El silencio cayó sobre la cafetería.

Julián volvió a sentarse lentamente.

—¿El diablo? —preguntó Julián.

—Uno de los nombres con los que los humanos me llaman —dijo el señor Montenegro.

TAMBIEN PUEDES LEER  Umbral de Historias Fantásticas (U.H.F.): 8:15 AM

—Esto es una broma.

—Entonces márchese, doctor. Regrese mañana a su estudio. Siga perdiendo casos. Siga explicándole a sus clientes que la justicia tarda, mientras ellos descubren que la pobreza no puede esperar. Envejezca rodeado de expedientes y muera convencido de que hizo lo correcto.

Montenegro se levantó.

—Pero si acepta, antes de que termine el año habrá abogados que crucen la calle para saludarlo.

Julián miró sus manos. Pensó en las deudas, en las humillaciones, en los años desperdiciados. Pensó en los hombres que había visto triunfar sin tener la mitad de sus conocimientos.

—¿Y si me arrepiento? —preguntó Julián.

Montenegro dejó sobre la mesa una pluma estilográfica negra.

—El arrepentimiento es una institución moral. No tiene competencia en este contrato.

Por primera vez, Julián sintió miedo de verdad.

Pero el miedo no fue suficiente para detenerlo.

Tomó la pluma.

—aceptó.

El desconocido extendió un documento. No estaba escrito en latín ni en ningún idioma que Julián conociera. Sin embargo, al leerlo, comprendió cada palabra.

En la última cláusula encontró una frase que le pareció extraña:

«El beneficiario podrá conservar todos sus bienes, honores y facultades profesionales, pero la última causa que acepte en vida será de libre elección del acreedor.»

—¿Qué significa esta cláusula?

—Una formalidad —respondió Montenegro—. Todo contrato necesita una cláusula de cierre.

Julián firmó.

La tinta se volvió roja.

En el mismo instante, todas las luces de la cafetería se apagaron.

Cuando volvieron a encenderse, estaba solo.

Sobre la mesa quedaba una última cosa: una moneda antigua con una inscripción en latín.

Fiat iustitia.

“Que se haga justicia”

Julián guardó la moneda en el bolsillo y salió a la calle.

No vio que, detrás de la ventana, una figura parecida al tallado en la catedral de Arequipa, con sus cuernos proyectaba su sombra sobre los muros de sillar blanco de Arequipa.

Cita

—Doctor, en esta ciudad no basta con tener la razón. Hay que saber quién decide cuándo la tienes.

Sobre el autor

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *