
El taller del maestro Franco se encuentra en los portales de la Plaza de Armas.
Agosto para Arequipa es más que un mes, representa la identidad y el recuerdo de una historia que nació entre volcanes y tradiciones. No solo hablamos de su fundación, también nos referimos a los oficios y costumbres que le dieron alma y carácter a lo largo de los siglos. Siendo así la talabartería arequipeña esencial para la vida ecuestre, el comercio y la vestimenta de antaño. Sin embargo, en la actualidad, dicho arte corre riesgo ante la industrialización y la falta de personal especializado. De ese modo, sus últimos cultores ahora son considerados como verdaderos guardianes de un patrimonio vivo que lucha por sobrevivir.
Franco Francisco Achire Leandro es un maestro talabartero y sus manos se han empeñado en este arte donde el protagonista es el cuero. Su vida es un puente entre dos ciudades andinas. Nacido en la comunidad cusqueña de Yauri, llegó a Arequipa a los ocho años para acompañar a su primo, pero fue el taller de su tío Claudio Leandro donde terminó alojándose.
Lejos de limitarse al juego infantil, el entonces pequeño Franco se sumergió en el trabajo del cuero, pintando filos y trenzando retazos. Fue en esos primeros años cuando, reciclando las mermas (restos) que otros desechaban, fabricó sus primeros llaveros. Dichos productos, los juntaba para venderlos en Navidad, sembrando sin saberlo la semilla de un emprendimiento que hoy es orgullo regional.

La trayectoria de Don Franco desafía lo común, pues combinó desde joven la destreza manual con la formación técnica. A los diecisiete años inauguró su propio taller mientras estudiaba la carrera técnica de contabilidad. Esta dualidad le permitió no solo sobrevivir, sino expandirse, llegando a tener múltiples locales y generando empleo para varios arequipeños. Su taller se convirtió así en un ecosistema productivo donde la tradición se sostiene.
Sin embargo, su mayor aporte trasciende su productividad, se encuentra en su defensa de la técnica tradicional arequipeña. El maestro advirtió con preocupación que muchos jóvenes optan por el prensado mecánico, abandonando el laborioso proceso del tallado y repujado a mano que define la identidad de la talabartería local. Para él, innovar no significa borrar la historia; por ello, adapta los saberes ancestrales a nuevos formatos como fundas para laptops o morrales para motocicletas, demostrando que la artesanía puede ser contemporánea sin perder su esencia ni su factura manual.
Dicha vocación se manifiesta en su taller. Para Don Franco el conocimiento del cuero solo se transmite trabajando, entre herramientas, fallas y aciertos. Sus puertas permanecen abiertas para cualquiera que desee aprender, manteniendo un modelo de enseñanza basado en la observación, la repetición y la convivencia. De sus manos han surgido nuevos talleres liderados por sobrinos y aprendices, asegurando que nuestra tradición no se quiebre y que el oficio más que un trabajo se convierta en una escuela de vida.

Un arte con historia
La talabartería arequipeña tiene sus raíces en la época virreinal y se consolidó con la ganadería y el transporte a caballo. Para el historiador Rommel Arce, este oficio fue motor económico de la región durante siglos, aprovechando la calidad del cuero curtido en la ciudad. Al mantener viva esta práctica, Don Franco no solo fabrica productos, sino que conserva una memoria material que conecta a la Arequipa del siglo XXI con sus orígenes hispanos y andinos.
Su vínculo con la tierra que lo acogió alcanzó su punto más alto cuando fue condecorado como “Arequipeño del Bicentenario”, un reconocimiento reservado usualmente a los nacidos en la ciudad. Este gesto oficializó un sentimiento que él ya llevaba décadas cultivando: la certeza de ser arequipeño por adopción y por devoción. Don Franco siente que la ciudad lo hizo su hijo y que él, a cambio, le entrega diariamente su arte como prueba de gratitud.
La figura de Franco Achire nos recuerda que la identidad arequipeña no es una pieza de museo, sino una práctica cotidiana que exige esfuerzo y pasión. Su historia es la de un migrante que encontró en el cuero, la forma de expresarse y comunicarse. Celebrar a Arequipa es también celebrar a quienes, como él, mantienen vivo los oficios de antaño, recordándonos que la verdadera tradición no es sólo recuerdo, es trabajo.
Dato
Franco Francisco con su taller “Francos” representa la garantía de que la talabartería arequipeña es un legado vigente capaz de adaptarse a los nuevos tiempos sin traicionar su origen.






