
La riqueza cultural de los pueblos va más allá de los estereotipos utilizados en la política.
Por: Sarko Medina Hinojosa. Periodista
Cada campaña electoral trae la misma escena: el candidato en poncho, con un chullo prestado, sonriendo para la foto entre comuneros que lo miran como lo que es: un extraño de visita. Después viene el discurso sobre «nuestros hermanos del campo» y «los más pobres del Perú», como si vivir en una comunidad andina, en un pueblo amazónico o en un caserío costeño fuera sinónimo de carencia absoluta, de una vida incompleta, de un ciudadano de segunda esperando que alguien baje de Lima a salvarlo.
Lo que ninguno de esos candidatos entiende es que el problema no es que esa gente sea pobre. El problema es que el Estado nunca ha sabido potenciar lo que ya tienen.
Un comunero que maneja sistemas de riego ancestrales, que conoce los ciclos agrícolas de su territorio mejor que cualquier ingeniero agrónomo de escritorio, que habla dos idiomas y se desenvuelve entre dos culturas simultáneamente, no es un pobre al que haya que darle un bono. Es un ciudadano al que el Estado le debe infraestructura, conectividad, acceso a mercados justos y el reconocimiento de sus saberes como un capital real, no como folclore para la foto del Día del Campesino.
La narrativa electoral reduce todo a la carencia. Si no tiene un iPhone, es pobre. Si vive lejos de Lima, es atrasado. Si habla quechua, necesita que le expliquen el mundo. Esa mirada no solo es ignorante; es la misma que, durante siglos, ha justificado el abandono sistemático de la sierra, la selva y los pueblos costeros que no forman parte del circuito económico central.
Arguedas lo vio hace décadas: la riqueza cultural andina no es un patrimonio muerto para museificar, sino una fuerza viva que evoluciona, se mezcla, se transforma y persiste. Lo que hoy suena en los carnavales arequipeños, en el huayno electrónico, en la literatura de los escritores regionales o en el arte urbano cusqueño no es una sobrevivencia nostálgica, es una cultura que se niega a desaparecer porque nunca dejó de estar viva.
El político que llega con su diagnóstico de pobreza, calculado en metros de distancia a Lima o en la ausencia de señal de celular, no está describiendo una realidad. Está exhibiendo su propia ignorancia sobre los procesos reales de las comunidades que dice querer gobernar.
Hay una diferencia enorme entre garantizar una vida digna y reducir la dignidad a tener lo mismo que tiene quien vive en la ciudad. Entender esa diferencia es el primer requisito para gobernar un país tan diverso como el nuestro. Usted decide.
CITA
“El problema no es que esa gente sea pobre; el problema es que el Estado no ha sabido potenciarla”.
DATO
Siglos de abandono: Los políticos han excluido históricamente a sectores del territorio nacional.







