Los resultados preliminares de la segunda vuelta presidencial muestran una elección extremadamente ajustada a nivel nacional. Sin embargo, en Arequipa se consolida una tendencia política particular: el crecimiento sostenido del respaldo a Keiko Fujimori. La región evidencia una transformación electoral que refleja nuevas prioridades ciudadanas vinculadas a la estabilidad económica, la inversión privada y el desarrollo, sin dejar de lado los desafíos sociales pendientes.
La segunda vuelta de las elecciones en el Perú vuelve a mostrar un país profundamente dividido. De acuerdo con el conteo rápido de Ipsos, Roberto Sánchez obtuvo el 50,3 % de los votos, apenas por encima de Keiko Fujimori, que alcanzó el 49,7 %. Se trata de una diferencia mínima, similar a la registrada en procesos electorales anteriores, donde el resultado final permaneció incierto durante varios días.
Sin embargo, estos resultados no deben considerarse definitivos. Según los reportes preliminares de la Oficina Nacional de Procesos Electorales (ONPE), con poco más del 61 % de actas contabilizadas al momento de redactarse esta editorial, Keiko Fujimori mantenía una ventaja parcial. Por ello, cualquier conclusión definitiva deberá esperar el avance del escrutinio y, eventualmente, la resolución de las actas observadas e impugnadas por parte del Jurado Nacional de Elecciones (JNE).
Más allá de quién resulte finalmente vencedor, existe un fenómeno regional que merece especial atención. En Arequipa se viene consolidando una tendencia electoral que habría sido difícil de imaginar hace apenas una década. Keiko Fujimori bordea el 40 % de respaldo electoral en la región, una cifra considerablemente superior a la obtenida en otros departamentos del sur del país.
Mientras en regiones como Cusco y Puno el respaldo al fujimorismo continúa siendo reducido y, en términos históricos, difícilmente supera el 20 %, en Arequipa la votación a favor de Fujimori ha mostrado un crecimiento sostenido. En 2016 obtuvo el 32,4 % de los votos válidos; en 2021 alcanzó el 35,1 %; y ahora vuelve a registrar un incremento, acercándose al 40 %.
Este comportamiento electoral evidencia una transformación política y social que merece ser analizada con detenimiento. Durante décadas, Arequipa cultivó una imagen de región contestataria, crítica frente al poder central y protagonista de importantes movilizaciones sociales. Sin embargo, diversos acontecimientos recientes sugieren un cambio en las prioridades y percepciones de una parte importante de la población.
Las protestas registradas entre diciembre de 2022 y los primeros meses de 2023 no alcanzaron en Arequipa la intensidad observada en otras regiones del sur. Del mismo modo, conflictos sociales más recientes han tenido una capacidad limitada de convocatoria y respaldo ciudadano. Esto contrasta con lo ocurrido en departamentos como Cusco o Puno, donde las organizaciones sociales mantienen una mayor capacidad de movilización y representación.
En ese contexto, el discurso centrado en la estabilidad económica, la inversión privada y el crecimiento ha ganado terreno entre amplios sectores de la población arequipeña. Cada vez son más quienes consideran que el desarrollo económico constituye una prioridad fundamental para garantizar bienestar y oportunidades.
Sin embargo, el crecimiento económico no debería plantearse como un objetivo excluyente frente a otras demandas sociales. El desarrollo sostenible requiere también fortalecer la defensa de los derechos humanos, mejorar el acceso a la salud, garantizar una educación de calidad, promover el empleo digno y ampliar la cobertura de servicios básicos. El verdadero desafío consiste en encontrar un equilibrio entre crecimiento económico y justicia social.
La evolución electoral de Arequipa refleja, en buena medida, el avance de discursos políticos vinculados a sectores de centroderecha y derecha, así como el reposicionamiento de corrientes que priorizan la estabilidad económica como eje central de sus propuestas. Se trata de una realidad política que no puede ignorarse.
Más allá de las preferencias partidarias, el reto para Arequipa consiste en mantener su tradición crítica y vigilante frente al poder, sin renunciar a la defensa de los derechos ciudadanos ni a su histórica vocación de participación democrática. Ser una región diferente no depende únicamente de cómo se vota, sino también de la capacidad de exigir gobiernos eficientes, transparentes y comprometidos con el bienestar de toda la población.
CITA
“El desarrollo económico no debe plantearse como un objetivo excluyente de las demandas sociales”.
DATO
En 2016 obtuvo 32.4 %, en 2021 alcanzó 35.1 % y en 2026 se acerca al 40 %.









