La primera vuelta electoral evidencia una profunda crisis de representación en el Perú, con un electorado marcado por la desconfianza y la supervivencia. La informalidad, la inseguridad y la desigualdad condicionan el voto, mientras la derecha apela al miedo y la izquierda no logra articular una propuesta sólida frente a un país fragmentado.
Por Arturo Salas Vildoso. Abogado y Analista Político
Luego de la primera vuelta electoral, y con 35 candidatos en vitrina sin la capacidad de lograr siquiera una quinta parte del voto electoral, el mensaje resulta cruel y crudo: no hay representación, así como tampoco fiesta democrática. Muy por el contrario, esta jornada electoral ha estado plagada de desconfianza, lo que ha dado lugar a que otra vez tengamos disputándose el poder a Keiko Fujimori, siempre con el voto duro, y a Roberto Sánchez, con muchas posibilidades frente a Rafael López Aliaga, temeroso de no pasar a segunda vuelta, y con él, las élites limeñas de poder.
Mientras los candidatos gritan a viva voz seguridad y mano dura, el Perú real sigue sumergido, con más del 70 % de su economía en la informalidad. Esta cifra aumenta en las zonas rurales, donde la informalidad alcanza el 85 %. Frente a todo esto, ocurre lo lamentable: el voto deja de ser ideológico y se vuelve existencial. Yo voto por quien me prometa sobrevivir mañana; yo, por quien me garantice que nadie me quitará lo que es mío.
Para la derecha queda claro que el miedo, como mensaje electoral, es el más provechoso. Por eso, durante la campaña, los candidatos de derecha no hablaron de desarrollo, ni del modelo, ni de redistribución de la riqueza; hablaron del crimen, de la inseguridad y de penas más severas. Y si se tiene una realidad donde la extorsión y el sicariato son el pan de cada día, la promesa de orden con mano dura funciona muy bien, aunque con ello se evidencie el corte autoritario que los caracteriza.
La izquierda, por su parte, sigue cuestionando el modelo económico excluyente y señalando que el país está fracturado, que la riqueza no llega donde debe llegar. Sin embargo, su mensaje carece de potencia política. Esto ocurre porque la izquierda llega dividida, desconectada de la gente y sin estructura territorial. El “cambiemos la Constitución” ya no es suficiente frente a un país colapsado por la desconfianza, golpeado por la pobreza, la discriminación, el racismo y el centralismo limeño que pretende cuestionar las elecciones según su conveniencia política.
El Perú elige a través de su voto, pero al mismo tiempo ya no cree, no se siente representado, y el proceso electoral termina siendo una especie de juego de azar donde nadie sabe lo que puede pasar. Entonces, el problema no es Keiko, ni Sánchez, ni López; son las contradicciones que, desde que existimos como país, no se resuelven.
Y si en la segunda vuelta tuviéramos a Keiko y López Aliaga, será porque la izquierda fracasó al no ser sólida y unitaria; o porque los cambios estructurales propuestos fueron bloqueados por el poder económico y financiero; o quizá porque el miedo ganó en las calles. Pero el problema seguirá allí, latente, esperando una reacción social en cadena que, tarde o temprano, estallará como una olla a presión, cuando los peruanos, por sobrevivencia y cansancio, griten basta de tanta desigualdad, informalidad, centralismo, exclusión y marginación, para, a partir de ese momento, emitir un voto ideológico hacia un destino diferente.
CITA
«El voto deja de ser ideológico y se vuelve existencial en un país golpeado por la informalidad.”
CIFRA
+ 70 % de la economía peruana se mantiene en la informalidad, condicionando decisiones electorales.
DATO
La campaña electoral priorizó discursos de seguridad y mano dura por encima de propuestas económicas.









