Usted decide: Odiamos a Mario Vargas Llosa

Sarko Medina realiza una reflexión personal donde revive las elecciones de 1990 y cuestiona cómo el país pasó del debate político al enfrentamiento superficial. Medina revalora la figura de Vargas Llosa y critica la degradación del debate electoral.

Reflexión sobre Vargas Llosa y el deterioro del debate político en el Perú.

Por Sarko Medina Hinojosa. Periodista

En las elecciones de 1990, mi abuela Hilaria tenía su tienda en mi barrio de Mariano Melgar. Luchaba por sobrevivir luego de que Sendero reventara Cotahuasi, su pueblo natal, en 1988. Las elecciones significaban debates con el panadero que traía los costales llenos de pan tres puntas con su vendaje; con el que traía el kerosene por galón; con el de las gaseosas en jabas y el cervecero, a ganancia de dos botellas por caja de doce. La economía no estaba bien tras Alan García y su desastrosa aventura política treintañera.

Mi escritor de literatura mayor, como determiné luego de leer las primeras páginas de La guerra del fin del mundo en mi libro Saltamontes, se postulaba y tuvo el magnífico error de ser honesto. Un ingeniero agrónomo, con rasgos chiferos, pero que decían era japonés, avanzaba. Un día, después de ir al mercado —una de las últimas veces que se aventuraría a ir por su rodilla malita—, mi abuela regresó con la novedad de que votaríamos por “el Chino”. En sus conversaciones destruyó los pocos afectos que me quedaban por el APRA, partido al que mi padre aún era simpatizante.

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Nada de derechas, nada de izquierdas: era la imagen del humilde chinito en su tractor frente a los carteles triunfalistas de mi paisano escritor. Puro populismo frente a sesudos discursos de economía y cambio de rumbo, acompañados de despidos masivos en el aparato estatal y la promesa de bajar la hiperinflación de golpe.

Terminamos pensando mal del arequipeño crecido en Piura. Me quedé en Arequipa para la primera vuelta. Mario y Alberto pasaron a segunda vuelta y yo me fui con mi mamá, Liliana, a Villa Rica, pueblo cafetalero reventado a cada rato por los terroristas. Vivimos allí la segunda vuelta, el debate donde se dieron —alturadamente— de alma ambos contendientes, las imitaciones de Carlos Álvarez y la nefasta aseveración del popular Augusto Ferrando, apostando el alma por el autor de La casa verde.

Algo se me revelaba por dentro, pese a las ganas de votar por el chinito al que el poder oculto —sí, ya desde entonces se hablaba del poder tras el poder— trataba de aplastar. Y era que veía a mi paisano ser sincero, de verdad. No sentía que mintiera. No era un personaje más de sus cuentos, como en Los jefes, tratando de detentar un pequeño poder escolar, de pandilla o delincuencia; era un hombre que estaba sufriendo una transformación al darse cuenta de una realidad: en este país se vota con el hígado.

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Luego lo odiaron otros, por razones menos electorales y más políticas. Yo ya no. Me reencontré con él en la universidad, al secuestrarme yo solito con La guerra del fin del mundo, esta vez completa: una semana para leerlo todo y quedar deslumbrado. Ese hombre sí comprendía el poder, pero nunca le dimos la oportunidad de equivocarse como se la dimos, queriendo o no, a tanto desventurado y desventurada que vino después.

Mi abuela Hilaria se fue defendiendo a su Chino, quien, pese a reventarle por unos meses la tienda con el “Fujishock”, detuvo —según ella— al desgraciado barbón que destrozó su pueblo.

Nada ha cambiado, en realidad, y eso no es ficción. Somos un país de contrastes, sostenido por el hilo de la terquedad de no hundirnos más, porque somos resilientes. Fuimos, a mi parecer, malos con Varguitas, en muchos sentidos: le dimos la espalda en las urnas y hoy pisoteamos su tumba literaria con insultos que cada uno deberá asumir.

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Lo que sí, y eso es lo que me lleva a montar en hígado, es que ya no veo esa discusión sesuda que tenía mi abuela, con tercero de primaria, junto a sus proveedores —también, asumo, no formados profesionalmente—, a quienes, con solo preguntarles “¿por quién vas a votar?”, arrancaban sendos debates de ida y vuelta. Buenos discursos.

Ahora nada de eso queda. Solo insultos en redes, poco seso y más ataque ad hominem, terruqueos, insultos a la fe, etcétera. Eso sí ya es irrecuperable: el nivel de la fiesta política es ahora un lodazal de memes.

Usted decide continuar con el camino del facilismo o entrar, de manera responsable y con altura, a la última semana de elecciones.

CITA
“En este país se vota con el hígado, dijo Mario Vargas Llosa”.

DATO
Las elecciones de 1990 marcaron un quiebre político que aún influye en el Perú actual.

DATO
Mario Vargas Llosa perdió la elección de 1990 frente a Alberto Fujimori en segunda vuelta.

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