Hiromi fue su primer y único amor. Como un adolescente ilusionado, dedicaba gran parte de su día a beber la ilusión de sus ojos, acariciar la seda de sus ropas en cada abrazo y besar sus labios de mariposa con inocencia.

Por: Jorge Condorcallo
El día anterior a la caída de la bomba sobre Hiroshima, el abnegado Hiroshi conversó con el recuerdo de su madre. Fue una noche tranquila, a diferencia de noches anteriores, de luces ominosas y estruendos. El cielo en la guerra es un avispero que espanta los sueños, pero en la hora en que se reunieron solo los siguió la luna redonda, que ceñía con su luz las paredes blancas de la casa de papel y bambú.
Juntó las manos y ella escuchó el corazón de su hijo, separado del suyo solo por la flama de la vela, envueltos en el aroma santo del incienso. Hiroshi había cumplido veinticinco años en julio y vivía en la casa que heredó de sus padres; no tenía hermanos ni otros familiares en la ciudad. En su plegaria confesó que estaba enamorado de la hermosa Hiromi, que tenía cinco años menos que él y correspondía a sus sentimientos con igual devoción.
—Mañana le propondré matrimonio; el amor no entiende de guerras, solo sabe de esperanza —contó, y ofreció una promesa para que el día siguiente fuera ideal y el mejor de su vida.
Antes de separar las manos, agradeció su buena fortuna en medio de las noticias veladas por la muerte que azotaban al país, hizo una reverencia y dejó el rincón de las fotografías de su veneración.
Se acostó, pero no pudo dormir por la ansiedad de ver llegar el amanecer. Vigilaba el espacio entre la puerta y el techo para encontrar un rizo del sol y, cuando apareció el disco de oro, realizó su jornada matutina con prisa. Después fue a visitar a Hiromi, como acostumbraba, y conversaron mientras paseaban por el sendero de piedras del bosque, donde se perdían los jóvenes enamorados para dedicarse palabras dulces.
Hiromi fue su primer y único amor. Como un adolescente ilusionado, dedicaba gran parte de su día a beber la ilusión de sus ojos, acariciar la seda de sus ropas en cada abrazo y besar sus labios de mariposa con inocencia.
Ambos se veían radiantes de felicidad en el paseo. Llegaron a un melocotonero en flor. Él estaba listo para pedirle a Hiromi que fuera su esposa. Antes de hacerlo, le llamó la atención el repentino silencio del mundo: no se escuchaba el piar de los pájaros en los árboles ni la sinfonía de las cigarras en la hierba alta.
Hiroshi la miró a los ojos. Estaba listo. Hiromi adivinó la sorpresa y apretó la alegría vibrante de su alma con un puño sobre su pecho. Sus corazones latían al unísono y, en un latido, todo cuanto los rodeaba desapareció.
No pudieron saber lo que sucedió: fue repentino; desaparecieron en un instante blanco y sordo.
La bomba los evaporó, junto con sus ropas y huesos; sus anhelos entrelazados se dividieron en millones de átomos que se dispersaron. No quedó rastro de su amor; en su lugar creció una nube descomunal de tormenta.
Después de la destrucción llegó la paz y el nuevo mundo los olvidó sin compasión, hasta que un niño contó una historia de miedo: que, cuando el viento levanta las hojas secas de los árboles y se hace muy tarde para regresar a casa por el camino del bosque, en medio de la naturaleza que resuella y sopla entre los arbustos se pueden oír las suaves voces del pasado, perpetuadas en la fuerza del deseo y del amor, distantes una de la otra por el destino trágico. Perdidas en el bosque, se reclaman los espíritus en la vastedad de la noche callada:
Doko ni iru no… aitai…
(¿Dónde estás…? Quiero verte…)
El clamor es un eco que resonará por el resto de la eternidad.









