El taxista pisa el acelerador creyendo que más adelante ella le indicará la dirección. Conduce y comienza a preocuparse porque, mientras avanza, la mujer permanece en completo silencio. Algo inquieto.

Por: Jorge Condorcallo
Esta historia no es mía, pero es mi versión personal de la leyenda; la que hice y la que les cuento a mis alumnos en el colegio. A ellos, casi siempre, les fascina.
Una noche cualquiera, un taxista recorre la ciudad a puertas de la medianoche. Piensa ya regresar a casa porque no ha tenido mucho éxito. Quizás encuentre un pasajero más y se vaya a descansar. Va por una larga calle apenas iluminada por la hilera de postes de luz, cuando vislumbra a lo lejos a una mujer.
Antes de detenerse, ella levanta la mano y el taxista nota que lleva puesto un vestido blanco hasta las rodillas; el cabello negro le da un aura majestuosa y una mascarilla le cubre la boca. Nada inusual en estos tiempos pospandemia. El automóvil se detiene y la joven, en lugar de acercarse a la ventanilla del copiloto para indicar la dirección y costear el precio del viaje, abre la puerta posterior y sube al asiento de atrás.
Sin decir una palabra.
El taxista pisa el acelerador creyendo que más adelante ella le indicará la dirección. Conduce y comienza a preocuparse porque, mientras avanza, la mujer permanece en completo silencio. Algo inquieto, y porque se ha encontrado con las más extrañas personas en su trabajo de taxista, decide que en la siguiente cuadra se detendrá para pedirle que se baje, con temor a que se trate de una loca o de alguien que se pasó de copas y que pueda causarle algún problema mayor.
Pero antes de estacionarse, acomoda el espejo retrovisor y, para su suerte (buena o mala), observa con detenimiento a la mujer y nota que tiene unos ojos muy bonitos. Y es que, a pesar de la mascarilla que le cubre parte del rostro, sin lugar a dudas es muy hermosa. Le mira el pecho, la cintura, las piernas, las rodillas, y queda acorralado por su imaginación. Entonces comienza a creer que tal vez ese encuentro podría ser el inicio de una magnífica aventura.
Conduce y ya no se detiene para que se baje; en lugar de expulsarla, le comienza a hablar con afecto de amigo:
—Hola, ¿sabes?, mi nombre es Juan y sabes que no hay Juan malo. Si quieres, podemos hablar. Si tienes algún problema, cuéntamelo. Quizás podamos conversar, ir a otro lugar, tomar algo y conocernos.
Él intenta iniciar una conversación en la rutina que conoce para aproximarse; sin embargo, la mujer de la mascarilla prefiere no hacerle caso ni lo mira.
Mientras continúa maniobrando el volante, vuelve a insistir:
—No soy una mala persona, te lo juro. Conozcámonos. Vamos a otro sitio. Yo conozco un lugar muy tranquilo para escuchar música; podemos tomar algo y conversar. Yo tuve un día muy difícil, pocas carreras, es mi suerte.
Pero la mujer no suelta una palabra.
—No vayas a pensar que soy un aventurero. Soy soltero, sin compromiso, no suelo hacer esto. Te invito a salir. Hoy podemos conocernos, bailar o mirar la ciudad desde el mirador, lo que tú quieras. Además, tú eres la mujer más bonita que ha subido a mi auto.
Pero la chica, desde atrás, no dice ni una frase, ni un monosílabo. Solamente mira la ventanilla, como si estuviera perdida en el paisaje nocturno que descifra con suma atención.
El taxista, descompuesto por la frustración y porque piensa que no va a lograr la candente aventura que tenía en mente, ahora sí está decidido a detenerse en la esquina para bajar, si es necesario a la fuerza, a la extraña pasajera que ocupa la parte posterior de su vehículo y ni siquiera le ha dicho a dónde va.
Pero antes de llegar a ese punto de la avenida escogido por el conductor, por primera vez se oye un murmullo que vuela con debilidad por la cabina y los paneles. Con un hilo apenas perceptible de voz, pregunta a quien atienda:
—¿Crees que soy bonita?
El taxista, de pronto, da un respingo de alegría en su asiento y le responde:
—Sí, ya te dije. Tú eres la mujer más bonita que ha subido a mi taxi. Por eso te decía: vamos a conocernos, salgamos. La noche es joven, podemos hacer miles de cosas. Tú dime.
No obstante, luego de eso la joven vuelve a hacer silencio. El taxista avanza optimista y, unos metros más adelante, la desconocida vuelve a hablar desde la parte posterior del taxi:
—¿Crees que soy bonita?
El taxista vuelve a la carga y declara:
—Sí, ya te dije. Eres la mujer más bella, más hermosa. Eres una princesa. Te soy honesto: ni bien te conocí sentí que te conocía, me flechaste. Dime tu nombre para hablarnos como amigos.
Ya no sabe qué palabras más usar para poder convencerla en su afán de conquistador.
Ella otra vez vuelve a su mutismo. El taxista maneja, esta vez soñando despierto mil y una situaciones que podrían suceder en esa extraña noche que se pone interesante, en ese extraño viernes a medianoche.
Sigue dejando atrás casas, lotes vacíos, postes, escombros y, mientras conduce por la larga y oscura calle, sin que se dé cuenta el taxista, y solamente nosotros, yo que cuento esta historia y ustedes que la escuchan, lo sabemos: la mujer, con sus dedos delicados, se desprende la mascarilla, se suelta las ligas de las orejas. La mascarilla cae y podemos ver su rostro, el cual está marcado por una sonrisa espeluznante, una herida viva que va de oreja a oreja pasando por las comisuras de sus labios.
La boca se abre, las mandíbulas se desencajan en un crack horripilante y pregunta por última vez al taxista que la atiende con deseo a través del espejo retrovisor:
—¿Crees que soy bonita?
Y al hacerlo, al pronunciar las únicas palabras que ha dicho esa noche, se puede ver la hilera de muelas, los dientes y la lengua que serpentea al hacer la interrogante de su maldición.
Aquí no termina esta historia. La historia tiene dos finales, al gusto.
En uno de estos finales, el taxista recupera en el último segundo algo de valor en su corazón y responde en un respiro:
—Sí, todavía eres bonita.
Al hacerlo, de forma automática, como en un cuento, el taxi se detiene, la puerta posterior se abre, la mujer del vestido blanco baja y, sin mirar a nadie, camina por la vereda. Da un paso, dos pasos y, cuando debería dar el tercer paso, desaparece.
En la otra versión, en el otro final de esta historia fantástica pero real, el taxista se queda callado, sobrecogido por la imagen, completamente paralizado por el terror. Entonces aparecen en las manos de la mujer unas enormes tijeras que brillan por el golpe de la luz que viene del exterior y la mujer de la mascarilla le hace los mismos cortes que a ella le desfiguran la cara… ¡Chac… chac…!
Me gusta ver el espanto que provoca y, antes de seguir la clase, les pregunto a mis alumnos cuál de los finales prefieren y ellos siempre me asombran con su elección.
Frase
El taxista, descompuesto por la frustración y porque piensa que no va a lograr la candente aventura que tenía en mente, ahora sí está decidido a detenerse en la esquina para bajar a la extraña pasajera.
Cita
Eres una princesa. Te soy honesto: ni bien te conocí sentí que te conocía, me flechaste. Dime tu nombre para hablarnos como amigos.









